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1968: 50 años de ruptura

El año de 1968 marcó un hito en nuestra historia reciente, fue sin duda, escenario de crítica, de cuestionamiento de todo, de apertura de todo: voto para las mujeres, inclusión legal de las minorías étnicas; revolución sexual, revuelta estudiantil: una espiral histórica cuyo desenvolvimiento todavía no concluye


En el ámbito intelectual, se acreditó lo incompleto de la idea relativa a que “no hay nada nuevo bajo el sol”: surgió el ritmo bit y la psicodelia en la música; aparecieron el pop y el optical art en la pintura, con personajes tan disímbolos como Warhol y Pollock; Marcuse, Deleuze y Guattari, Foucault y Chomsky en la filosofía; Paz, Günter Grass, Borges, Böll, Camus y Beckett en la literatura, entre muchos otros, se constituyeron como los agentes portadores de la crítica

Una crisis debe entenderse como una ruptura de los cimientos que dan orden y estabilidad a un sistema, y eso es lo que ocurrió en 1968, como fecha emblemática de la implosión del sistema-mundo imperante. No es que en ese año se haya resuelto tal crisis, sino que en ese año pueden identificarse sucesos que han determinado el devenir de las cosas hasta nuestros días.

Una crisis genera, sobre todo, grietas, espacios por donde se filtran nuevos elementos que, a la larga, habrán de dar pie a nuevas formas y procesos civilizatorios, que no, necesariamente, siempre han sido para “mejorar”, sino que también han dado pie al colapso de sociedades y formas de entender al mundo y la vida.

Por eso es legítimo plantear que estamos insertos aún en la enorme fisura histórica y cultural que se abrió en 1968, y pensarlo así, permite interpretar y comprender, incluso, fenómenos como la presencia de Trump en la Presidencia de Estados Unidos como un intento, ojalá fallido, de regresión hacia un pasado nacionalista y protofascista que luego de 1945 se ha resistido a desaparecer.

En efecto, una de las grandes paradojas que deben señalarse a los 50 años de distancia del 68, es que la reacción de las élites ante la crisis, consistió en la radicalización del modelo capitalista, que logró imponerse a escala planetaria bajo el nuevo ropaje del capitalismo neoliberal.

En nuestro país, 1968 representa una ruptura generacional de alcances mayores: se aspiró por primera vez, de forma auténtica desde la clase media, a una democracia capaz de proteger al estado de bienestar que se buscaba construir. Se perfilaba un país que aspiraba a justicia social cobijada por la libertad y el pluralismo político. Se quería un país de derechos y un país con la capacidad de transitar por primera vez a una ruta de desarrollo con la posibilidad de incluir a todos.

El año 1968 inició una crisis que aún no logramos superar, y que se expresa en la ruptura con la ética y en el extravío de los ideales de libertad sexual, política, religiosa, económica e intelectual que lograron expresarse con una fuerza inédita hace 50 años, se trata de una búsqueda que debemos reconducir y recuperar, para encaminarla, quizá, hacia una ruta de bienestar generalizado.

Si algo nos enseñó la generación de 1968 fue la necesidad de escuchar a todos, de garantizar la libertad de creencias y de pensamiento, la libertad de expresión y el derecho al disenso de las minorías y, por ello, hoy el grito de “fuera”, ante quien sea, se manifiesta como un hecho bochornoso que nos regresa, justamente, a lo que ya no se quería desde hace cinco décadas: la exclusión y la imposición de un pensamiento que se asume legítimamente único.

Rememorar 1968 implica, ante todo, recuperar la vocación de disenso; la vocación de habla y de escucha; la vocación de transformarnos siempre a favor de los que menos tienen. De poner a la historia del lado de los desposeídos.

En esas estamos.

@MarioLFuentes1 Barack Obama presentó su último “discurso a la nación” el pasado marte

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