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De profundis

“Ámame dos veces por si no te vuelvo a ver”. Esas fueron las últimas palabras de Analuz antes del orgasmo. Sabía que su encuentro con aquella aparición duraría apenas unas horas, y habría dado con gusto los años que le quedaran de vida por un sólo minuto más entre sus brazos.

Todo lo que pueda decirse para narrar lo sucedido sonará poco creíble, porque ésta, es una historia en un paralelo del mundo.

Corría el mes de noviembre y ya el aire empezaba a enrarecerse con el aroma del cempasúchil. Analuz  nunca imaginó las fuerzas que estaba a punto de desatar a través de ese ritual de sangre. Esa tarde sin rumbo, perdida entre los puestos de flores, un estado hipnótico la condujo a las puertas del “Más allá”. Compró una rosa roja pensando en ofrecerla a alguno de los insomnes difuntos. Entró en el camposanto interrumpiendo el descanso de los muertos con el ondear de su vestido y su cabello indómito.

Caminó por el sendero que se vislumbraba infinito y rodeado de blancas tumbas. Aquel silencio envolvente y la casi imperceptible ráfaga de viento que la recorrió deliciosamente por entre las piernas, le hicieron emitir un gemido de placer. Con una mano aplacó su vestido levantado por la brisa y sintió la humedad de su sexo. Inmersa en un instinto salvaje se guareció dentro de una cripta que revelaba el mayor de los abandonos. La puerta estaba entreabierta, así que Analuz entró rápidamente, presa del deseo. Avanzó hasta el altar. No había crucifijos ni íconos religiosos, sólo la fotografía color mate de ese hombre antiguo. Hombre elegante, cabello envaselinado, traje a rayas, bigote fino. Se arrodilló en el desvencijado reclinatorio que estaba al pie del altar, abrió una pierna y comenzó a masturbarse sin dejar de mirar los ojos del hombre del retrato. Al pie de la imagen podía leerse un nombre con letra manuscrita: Alfonso. Así, sin más, Alfonso, sin apellidos.

Analuz empezó a invocarlo como hembra en celo. Con la rosa en una mano y la otra dentro de su vagina, ella tuvo su primer orgasmo. Le ofrendó su virginidad a ese muerto desconocido. Se incorporó con una sonrisa de satisfacción, y tras depositar un beso, pasó la mano bañada en sangre por toda la foto. Dejó la rosa en el altar y salió sin mirar atrás.

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Regresó todas las tardes para repetir el mismo ritual. Más de una vez estuvo tentada a llevarse consigo el retrato; pero eso, sabía, rompería su vínculo con el muerto. Una tarde  lluviosa Analuz llegó empapada a su refugio preferido, decidida a pasar la noche con su amante de ultratumba. Su rostro quedó perplejo al notar la ausencia de la fotografía. El marco estaba vacío.

Por primera vez sintió miedo de estar ahí. Miedo incontenible. Miedo a la muerte que la separaba de él. Rompió en llanto y, derrotada, se dejó caer sobre el reclinatorio. La perfumada vela roja que llevaba para alumbrar su noche de delirio rodó por el piso partiéndose en dos.

“Si mi vida pudiera arrebatarte de la muerte, toda te la entregaría; si mi sangre pudiera hacer latir nuevamente tu corazón, te la daría a beber. Y no es que los muertos no regresen de la tumba, sino que tú no quieres volver a la tuya, y tu rumbo es incierto. Vas sin gravedad, sin proyectar sombra, y la mía se fue tras de ti, bajo un conjuro de pasión”.

Llamó al muerto hasta casi perder la voz y su cuerpo quedó paralizado al escuchar el rechinido de la oxidada puerta de la cripta. El corazón de Analuz latía rápidamente, sus uñas arañaron la madera del reclinatorio, sus piernas se tensaron; pero se resistía a atisbar. Escuchó justo cuatro pasos aproximarse atrás de ella. Uno y jaló aire por la boca. Dos y cerrando los puños se los llevó al regazo. Tres y sólo una lágrima escurrió del ojo derecho. Cuatro y la piel del cuello se le erizó al sentir esa gélida respiración tan cerca, en la nuca. Pero esta última sensación venció su miedo que, transformado en punzante deseo, se alojó en su recién desvirgado sexo.

Sin pensar, en un espasmo de su ser, se entregó, llena de vida, a la dulce muerte. El amor imposible de la muerte y la vida, condenadas a no poder reunirse jamás, esa noche se tornó una realidad. Analuz y su aparición fueron el vínculo. La muerte acariciando a la vida, la vida cabalgando la muerte, efluvios confundidos.

Los amantes incendiaron de vida el fiambre lugar. Aquella noche en el cementerio ningún muerto tuvo paz.

*Publicado originalmente como “De Profundis”, en LÍNFERA. Periodico quadrimestrale per la Neorinascenza della letterattura. Año I. Núm. 0. Italia 2006. pp.8.

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