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Edipo rey: tabú, política y violencia

Cuando en las obras de la literatura clásica antigua, o en las narraciones míticas de prácticamente todas las culturas, se narran hechos de violencia parricida, magnicidios o linchamientos de personas poderosas o con alta asignación simbólica en una comunidad, es que algo efectivamente violento ocurrió allí, para ser posteriormente codificado e incluso ritualizado por la comunidad


Así explica René Girard, en términos generales, la función del mito: procesar y llevar a la ritualización, es decir, a la repetición simbólica e institucionalizada, de un evento fundador que parte, casi en todos los casos de las culturas antiguas, de un hecho violento en el que se sintetiza la violencia sacrificial, la cual se dirige a la construcción de una víctima, también sacrificial, que en realidad es, en cada caso, un chivo expiatorio.

Edipo es, según Girard, el “asesino de la diferencia”, pues actúa, en la magistral obra de Sófocles -considerada así por Aristóteles-, no solo como un regicida, sino también como un parricida; ese n ese sentido, un aniquilador de las dos figuras simbólicas que en mayor grado representan el principio diferenciador en las sociedades arcaicas -y en no pocas modernas-: el rey y el padre.

En la misma lógica, Edipo es el transgresor por definición del orden cultural y civilizatorio, pues además de ser un homicida, es al mismo tiempo un personaje que fractura la prohibición del incesto: al cohabitar con su madre, Yocasta, Edipo se convierte involuntariamente en el peor elemento disruptor por excelencia en la sociedad: regicida, parricida e incestuoso. Un criminal sin límites.

La resolución trágica se Sófocles es comprensible: Edipo debe ser desterrado y ejecutado; Yocasta, por su parte, se suicida ante lo monstruoso que le resulta enterarse que ha cohabitado con el asesino de su esposo y que, por si fuera poco, es además su hijo.

La compleja trama plateada por Sófocles no debe llevarnos, sin embargo, a engañarnos, nos advierte Girard; pues detrás de lo monstruoso que puede ante los ojos de la sociedad, Edipo en realidad es el ejemplo más acabado de una víctima propiciatoria.

Para comprender lo anterior es preciso, antes, recordar el inicio de la tragedia de Edipo: un oráculo le advirtió a Layo, rey de Tebas, que no debía procrear con Yocasta, pues cualquier hijo que tuviese con ella, terminaría por asesinarlo. Layo no comunica en principio este oráculo a Yocasta y la rechaza sin darle explicaciones; ella, ofendida, lo embriaga y le seduce, logrando quedar embarazada.

Pare a Edipo, y Layo, de manera cruel, le perfora los pies, se los ata, y lo abandona. Es sólo la compasión de un desconocido, quien encuentra a Edipo, lo que le salva la vida.

Cuando regresa a Tebas, luego de una larga estadía en Corinto, Edipo asesina en una escaramuza, sin saber de quién se trata, a Layo, su padre. Llega a Tebas, la cual se encontraba azotada por la peste, y la salva; conoce a Yocasta, se enamora de ella y la desposa, sin saber que es su madre.

Pero la peste regresa, como un castigo de Apolo, quien ha puesto sus ojos furiosos encima del asesino de layo. Y advierte que, sólo cuando el asesino de Layo sea castigado, entonces cesará el castigo y los sufrimientos que agobian a la ciudad.

Es interesante observar pues, que Edipo es sanador y, al mismo tiempo, causa de la desgracia de Tebas, pero siempre de manera involuntaria, siempre víctima de un destino no elegido, y siempre acusado y sancionado por actos que desarrolla de manera involuntaria, pues ni sabe que Layo es su padre ni sabe que Yocasta es su madre, ni mucho menos sabe que su destino está sellado por fuerzas mucho más allá de su control.

En el mito de Edipo se encuentran entonces tres grandes núcleos: el del tabú del incesto, tal y como lo describirían tanto Freud como Levi-Strauss, y el cual es considerado quizá el tabú universal, respecto del cual, incluso algunos genetistas han considerado que se podría asumir, en una de sus vertientes interpretativas, como una clase de “mecanismo de defensa” de la especie, pues es un hecho que procrear entre familiares puede generar consecuencias negativas para la salud.

Así, lo que explican Graves, Vernant, Dumezil y el propio René Girard, es que los mitos vinculados a la prohibición del incesto, tienen la función simbólica de mantener el principio diferenciador de la sociedad; es decir, el mantenimiento de las relaciones de poder, dominio y obediencia, requiere de elementos de diferenciación claros, por lo que su ruptura es sancionada con los más altos castigos morales y físicos, incluida la muerte.

En la obra de Sófocles, también se sintetizan los más claros elementos de la violencia mimética; es decir, de la unificación de la conciencia colectiva en torno a la convicción unánime de que sólo un sujeto es culpable o responsable de la desgracia colectiva.

Cuando se da esta identificación y condena unánime, entonces toda la crisis social y las contradicciones que se han acumulado en una colectividad, pueden ser “expiadas” a través del sacrificio de la víctima propiciatoria. Esto es, en momentos de crisis social, que en los mitos se expresan en forma de hambrunas, pestes, derrotas militares, sequías, etc., las comunidades buscan una explicación unánime que permita la salvación universal de la colectividad, sus valores y procesos de significación e identificación.

Ante las crisis sociales, la colectividad reacciona, primero, de manera violentamente recíproca; los crímenes aumentan, la tensión se profundiza, y los males parecen infinitos; esta situación, si no cesa, puede llevar a la crisis total; y es entonces cuando surge el elemento cohesionador: la aparición de un “chivo expiatorio” sobre el cual se centran todas las condenas, porque de él provienen todos los males.

Como lo ha mostrado Girard, todos los mitos fundacionales narran ambos procesos: el antecedente, consistente en uno o varios episodios de crsisi; y su conclusión, en la identificación de un factor de disolución social que debe ser exterminado para “curar” los males socialmente padecidos.

La fundación de Roma, de Teotihuacán, la pervivencia de Tenochtitlán, la fundación de Esparta, la propia pervivencia de Tebas, son ejemplos de cómo los momentos de crisis, o la búsqueda de la estabilidad social, exigen la existencia de víctimas propiciatorias, que representan la fractura de los principios diferenciadores.

La violencia y el tabú, en los términos aquí apuntados, parecieran dos dimensiones inconexas en la cultura. Sin embargo, hay un nexo que las ata de manera potente y de hecho, pareciera que es la “súper estructura” que las determina y da cause institucional.

El poder religioso sólo surgió cuando hubo una organización social y procesos, aun incipientes, de complejas estructuras culturales que dieron pie a la organización política de las sociedades.

De hecho, hay ejemplos recientes que permiten pensar en cómo, de muchas maneras y en varios sentidos, nuestros días siguen siendo testigos de complejos procesos de violencia sacrificial, y de la construcción de víctimas propiciatorias. El caso del recientemente elegido Donald Trump, no podría entenderse si no se analiza a profundidad la construcción discursiva de un gran “chivo expiatorio”, llamado México, y cuya expresión concreta se presenta en la figura de “los migrantes.

A ellos, a los “invasores”, debe extirpárseles del cuerpo social: ellos roban empleos, violan, trafican, generan procesos de descomposición social. “Nos traen sus problemas a casa”, ha sostenido el presidente de la todavía considerada la nación más poderosa del mundo.

El tabú, la violencia y la política, forman pues una poderosa triada sobre la que debe seguirse pensando, y ante la cual no podemos continuar asumiendo que es, por aun, que debe seguir siendo, la forma “natural” de organización de nuestras sociedades.

En el fondo, la víctima propiciatoria es siempre inocente, al menos de los cargos que le son imputados en los procesos de violencia sacrificial; y eso termina por caracterizarnos como sociedades fundadas en la injusticia, y en la destrucción de la diferencia.

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