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El hilo

A mi regreso de Italia, entre toda la correspondencia acumulada en el buzón del correo de mi departamento, encontré esta inquietante nota de Manuel: “¡Cómo no me di cuenta, si ya le asomaban las alas! Ven a verme por favor, tengo que contarte de ella para saber que existió”.

Tratándose de Manuel, preciso y riguroso profesor de Latín y Letras Clásicas, esa no podía ser una simple frase sin sentido. Es mi mejor amigo desde la infancia y lo conozco más allá de su hermetismo y de su obsesión por decir siempre la verdad, a cualquier precio. Sabía que más que una nota era un SOS.

Fui a verlo de inmediato y al abstemio, pulcro y saludable Manuel lo encontré algo bebido, entre una densa nube de humo de cigarro, desaliñado y con una barba de varios días, caminando descalzo y desorientado.

Apenas me vio, antes que yo pudiera decir nada, alzando la mano derecha con el puño bien cerrado como escondiendo algo aclaró en su defensa:

– Sí, estoy ebrio pero no loco, yo sé que existió…

– No he venido a regañarte sino a saber de qué se trata… Aquí estoy y puedes contarme – le respondí para tranquilizarlo.

– ¡Volaba! – dijo Manuel, silabeando y alargando el sonido de las letras.

– ¿Quién? –cuestioné yo.

­–Ella… La que vuela –contestó él.

­–¿Quién es ella? –pregunté con énfasis.

–¡Tenía los ojos del color del lago de Púshkar!–exclamó extasiado.

–¿Cómo se llama? –insistí curiosa.

–¡Te digo que volaba! –gritó desconcertado.

–Y to te pregunto ¿cómo se llama?­–repetí sin perder la calma.

Fue cuento de nunca acabar. Manuel evadió otras cinco veces la respuesta, disparando a quemarropa lo primero que se le venía a la mente de ella cada que yo le preguntaba su nombre. Cambiando estrategia desistí y le pedí simplemente que me contara lo sucedido. Con palabras remotas que casi sonaban a otro idioma por no tener  dónde asirse, con sentido y sin sentido, al derecho y al revés, en pasado y en presente, pero sin futuro; recostado en el sillón y siempre con el puño bien cerrado, Manuel tejió y destejió así su historia para mí:

“Remontar el vuelo con paso firme, siempre resultó natural entre nosotros. En nuestro espacio submarino, nos sumergíamos entre la blanca espuma de las sábanas y el luto del cielo ante sus difuntos. Sólo entonces, el ancla de mi pasión la mantenía al ras del mundo, sobre el piso, bajo el cielo y cubriéndome. Aquella tarde en que estuvo a punto de salir volando por la ventanilla del coche, decidimos ir atados por las muñecas.

Al ir por las calles cuidaba con más celo de su hilo, que un niño del de su globo, recién comprado en el parque. Parecía como si sus pasos repelieran la tierra firme.

El cielo la arrojó, envolviéndome con su exquisita flema, pero no pensé que hiciera nuevamente su mudanza; quizá el tiempo se agotó, o su espíritu era demasiado volátil e inasible para la densidad del mundo y mi incontrolable voracidad.

La tarde de lluvia en que la conocí, tuve la certeza de haber hecho bien en no ceder el asiento, eludir miradas y adormecer el deseo. Estaba sentada en la banca oxidada de ese camellón, y al verme a punto de cruzar la calle, corrió hacia a mí, se sujetó de mi brazo y simplemente dijo: ¡necesito llegar al otro lado!”.

Llegado a este punto Manuel hizo una pausa y comenzó a cerrar los ojos como si se estuviera adormeciendo. Yo, que hasta ahora no había osado interrumpir su rebuscado monólogo, le toqué el brazo con un ligero apretón para espantarle el sueño. Y entonces prosiguió:

“En ese momento no presté mayor atención a su presencia; sólo me interesó la palidez mortal de sus manos. Yo me dirigía a la librería Pegaso, pensé en tomar un café y revisar algunos libros. Tener que incluirla en mis planes no me molestó, y así, durante dos horas me habló de su amor por los pájaros y su vida a la deriva. Al avisarnos que la librería estaba apunto de cerrar, le propuse ir a mi casa. En un primer momento no pensé en ir más allá de un trago y una plática infructuosa. Pero la noche, en un acto de gentileza o compasión, le robó tiempo al día, dilatando nuestro espacio. Dos meses después, seguíamos conversando, pero en el día; la noche reservaba espacio a nuestros cuerpos y despertábamos con rastros de batallas medievales.

Ella tomaba un baño con agua tibia a las siete de la mañana y desenredaba su negro pelo crespo con los dedos; suficiente para dar a sus rizos el orden perfecto. Usaba vestidos de vuelo, sujetos al talle con cintas”.

Manuel volvió a cerrar los ojos y se quedó en silencio. Esta vez lo sacudí con un poco más de fuerza. Entonces respiró profundamente y siguió adelante con su desordenado relato:

“Nunca le pregunté de su vida anterior; entre todo lo que pudo haber sido o fue, decidió quedarse a mi lado y para mí era suficiente. Aunque nuestros intereses divergían, siempre encontramos el conductor para abastecer de energía  nuestra infatuazione.

Ella no abordaba temas de rebuscada filosofía, prefería vivir; no manejaba profundas teorías, llevaba a la práctica sus emociones; no era muy analítica, pero tenía la capacidad de sorprenderse; no intentaba desentrañar el alma humana, sabía amar. Le gustaban los días despejadas de cielo amable, se le escurrían las horas contemplando las nubes y en su rostro yo adivinaba una expresión nostálgica.

Mi mujer, como entonces empecé a llamarla, concebía el sueño abrazada a mí y despertaba con la larga cabellera arrastrando en el suelo. Adoraba andar descalza por la casa y ver las deformaciones de su sombra en el patio al caer la tarde. Su olfato era casi animal, su juicio determinaba el momento preciso, su acento ponía énfasis en mis palabras y su boca derramaba en mí agua dulce en época de sequía.

En las horas de arduo trabajo me acompañaba con su ausencia en dosis exacta y superaban mis dimensiones sus volúmenes nocturnos. Estaba cuando la necesitaba y desaparecía cuando mi soledad me bastaba como compañía.

Una tarde al regresar a casa la encontré sentada en medio del patio en posición de loto y una especie de ventisca elevándole el vestido. ¡Estaba levitando! Su mirada solidificada en lunas artificiales se tornó polvo al cruzarse con la mía y un mar de lágrimas lamió sus ruborizadas arenas. La tomé en brazos y la llevé hasta la recámara, la metí en la cama y la cubrí con mi cuerpo. Antes de cerrar los ojos sólo dijo: ¡siento que me voy a romper! Velé su sueño los dos días siguientes, peinando su cabello por las mañanas y procurándole un nuevo cuento cada anochecer.

No volvió completa de la oscuridad y empecé a perderla en porcentajes, hasta que aquel viernes de noviembre  –una semana después de haber abandonado su letargo–, en plena avenida San Cosme, su ausencia me llenó al cien por ciento e, incontenible, continúa fugándose de mi cuerpo y escurriendo por la coladera de la noche…

Estábamos paseando, atados con nuestro hilo, cuando una feria ambulante llamó su atención. Sin dudarlo, ella me condujo de la mano hasta el tiro al blanco. Zafé el nudo de su muñeca para darle libertad de disparar el rifle y vimos, uno a uno, caer yertos todos los patos con el corazón de plomo certeramente perforado. Luego, pidió otra ronda de tiros; mientras, yo fui a comprar dos paletas de hielo: una de limón y otra de tamarindo.

Al voltear, con la paleta de limón en la boca y la de tamarindo en la mano izquierda, vi sus pies despegados del suelo; el señor del puesto de tiro le entregaba un cisne de peluche. Escupí la paleta de la boca, arrojé la de la mano y corrí con todas mis fuerzas; sentí los músculos desprenderse de mis huesos.

Un remolino de gente me atrapó por segundos y me abrí paso a empellones. Nadie parecía entonces percatarse de lo que estaba pasando. Salté lo más alto que pude, el impulso pareció desenebrar la madeja de mis intestinos y ponerlos en línea recta hasta tocar la tráquea. Sólo alcancé a rozar las suelas de sus zapatos de grueso tacón. Con los brazos extendidos hacia el cielo en franca amenaza de lluvia ¡me desgarré la garganta gritando su nombre…!”.

Al oírlo decir “su nombre” no pude evitar interrumpir de golpe y volví a preguntar de inmediato:

–¿Cuál es su nombre?

Pero Manuel, armado de su revólver de palabras, siguió su despiadada ráfaga calibre 45:

“Ella me sonrió, seductora, y dejó caer el peluche que se estrelló directo en mi rostro; lo sujeté por las alas como si quisiera así, desprender las suyas y llevarla a pique. Permanecí impávido hasta verla desaparecer en punto de fuga… La perspectiva de mis ojos redujo las dimensiones del mundo al espacio abismal entre sus piernas. Fin.

– ¿Fin? –pregunté sorprendida y molesta– ¡No! ¿Y qué pasó entonces? – agregué.

–Nada –respondió Manuel indiferente y lejano–. Desde entonces no pasa nada. Y desde entonces no sé de mí… Ahora siento un sueño profundo.

Apenas terminó de decir esta frase y se deslizó en el sillón haciéndose bolita. Desconcertada, eséptica y conmovida a la vez con su relato rompecabezas, tiernamente lo cubrí con una cobija y me quedé haciéndole compañía y velando su sueño.

Recorrí la casa buscando algún indicio de la presencia de aquella mujer, de la que vuela… Nada. No encontré ningún rastro de ella. Ningún remoto olor, ni siquiera uno de sus largos cabellos. ¡Y tampoco encontré el hilo…!

Manuel dormía ya, sereno, entonces le abrí despacio el puño derecho que había celosamente mantenido cerrado todo el tiempo y así pude ver lo que escondía: además de dos palitos de paleta furiosamente mordisqueados vi… ¡el hilo! Los conservaba como reliquias.

Con miedo me acerqué a su oído y temblando imploré:

–¡Al menos dime cómo se llama..!

Manuel, sin abrir los ojos volvió a cerrar con fuerza el puño y en voz baja, despacio, como si fuera una confesión, finalmente me reveló:

– “Bendecida era su nombre y fue mi maldición”.

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