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En el gobierno, quien no alerta, traiciona

En el gobierno, quien no alerta, traiciona

En las administraciones públicas avanzadas, se construyen lógicas diferenciadas de comunicación y de gerencia de las agendas y problemas propios de cada una de las instituciones públicas. Ello permite que las y los Jefes de Estado y de Gobierno, desarrollen sus estrategias políticas, de debate y consenso; y mantener administraciones activas, que desarrollan procesos esenciales independientemente de las discusiones y disputas de coyuntura.

En regímenes presidencialistas, la agenda pública suele estar determinada, predominantemente por quien ejerce esa titularidad. Sin embargo, a partir de hace 10 años, la emergencia y relevancia que han adquirido las redes sociales han modificado parcialmente esa dinámica, permitiendo la aparición de voces que generalmente no tienen la capacidad de expresarse, o de temáticas que buscan ocultarse; ello sin desconocer las estrategias de manipulación y siembra de temas y “fake news” como elementos distractores o dinamizadores de los mensajes de grupos de poder específicos, incluidos los gobiernos.

En México, la potente figura del presidente de la República ha dominado la discusión desde su campaña presidencial. Y a partir de la instauración de las conferencias diarias matutinas, la agenda pública había estado determinada casi exclusivamente por los temas que el presidente y su equipo decidían posicionar.

Sin embargo, en 2020 las cosas parecen estar cambiando y comienza a imponerse la inevitable realidad de que México es un país demasiado grande, incluso para una figura tan carismática como la del presidente López Obrador.

Una estrategia de gobierno que se sustenta en una buena parte en su política de comunicación debería contar con los dispositivos de alerta temprana requeridos para mantener, si no el predominio, sí el liderazgo en la respuesta a temas y urgencias que inevitablemente todo gobierno debe enfrentar; y es ahí, y no en escenarios controlados, donde se mide la eficacia de una administración, pero también donde se juega su destino.

Un sistema de esa naturaleza requiere, sin embargo, de tres componentes esenciales: 1) un gabinete integrado por personalidades con la fuerza y autoridad suficiente para hablar de manera franca con el Jefe del Estado; 2) Un gabinete integrado por personalidades capaces de desarrollar el doble trabajo que están obligados a desarrollar: en el plano político y gerencial que exigen las Secretarías y organismos del Estado, y 3) Un gabinete que actúe con relativa autonomía en la toma de decisiones, en esquemas de flexibilidad suficiente para construir los pactos requeridos para dar cauce a la visión y decisiones que instruye el titular del Ejecutivo.

En contraste con lo anterior, hay ejemplos claros de un gabinete enormemente heterogéneo en lo que a esas características se refiere; y lamentablemente, se trata de un gobierno que además responde a una lógica de recompensa a lealtades personales, que no necesariamente son sinónimo de lealtades a la República.

Desde esta perspectiva, lo que es urgente es que, en el gobierno federal, las y los secretarios sean capaces de reaccionar a las coyunturas, más allá de la lógica discursiva y narrativa de las conferencias matutinas, y poner en operación a una administración pública que debe atender, sí las instrucciones presidenciales, pero, sobre todo, sus mandatos constitucionales y legales.

Hay agendas que comienzan a desbordar la capacidad de respuesta del modelo unipersonal de comunicación del gobierno. Los más evidentes y urgentes están en el Sector Salud, donde su titular se perfila ya como uno de los peores que ha habido en esa dependencia en décadas. El número de casos de dengue creció en más de 200% entre 2018 y 2019; el de la tuberculosis, rebasa igual el 200%; en la Ciudad de México se identificó un caso de sarampión; y suma y sigue.

No alertar al Presidente de que éstas son agendas prioritarias, es una forma de traicionar su proyecto; porque le abre frentes y dejan que le estallen problemas, para los que, además, las respuestas institucionales son casi nulas. Por eso, no es exagerado decir que, en el gobierno, quien no alerta, traiciona.

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