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Enero 2015

México vive diversas encrucijadas y paradojas en el marco de la cuestión social; una de las más complejas se encuentra en que millones de personas, pero especialmente las niñas y los niños, ven incumplido cotidianamente su derecho a la alimentación, el cual se encuentra consagrado en nuestra Carta Magna.

El continuo incumplimiento de este derecho ha situado a la población infantil en una doble situación de riesgo que se sitúa, paradójicamente, en dos extremos: por un lado hay cientos de miles de niñas y niños menores de 5 años que enfrentan problemas de desnutrición, que pueden ir desde los leves hasta los crónicos; del otro lado, se encuentran las niñas y los niños que, como signo del estado de malnutrición en que se encuentran, padecen sobrepeso u obesidad.

Estas condiciones son reflejo de un sistema alimentario nacional desarticulado; de políticas insuficientes para garantizar la seguridad alimentaria y el derecho a la alimentación, así como de un inmenso desorden urbano que imposibilita el acceso a alimentos adecuados, o bien, le impide a las familias generar prácticas de alimentación saludable.

En medio de todo esto se encuentra además un problema que no ha sido dimensionado aún en toda su magnitud, y que por ello hemos decidido presentarlo como tema central de nuestra edición: hay una tendencia prolongada a la baja en los niveles de niñas y niños en la primera infancia que son alimentados con leche materna.

De acuerdo con los datos de la ENSANUT, 2012, sólo 17 de cada 100 niñas y niños menores de un año han sido alimentados, durante sus primeros seis meses de vida, con leche materna exclusiva; una realidad que los condiciona en sus capacidades de crecimiento, aprendizaje y desarrollo integral, tanto en el corto como en el mediano y largo plazo. La lactancia materna es una de las prácticas de salud más importantes en la vida de las personas: fortalece y desarrolla poderosos vínculos afectivos entre la madre y sus hijas e hijos, y los dota de capacidades psicológicas y emocionales que de otro modo tienen mayores dificultades para adquirir.

Adicionalmente, la leche materna, en tanto que es considerada un “tejido vivo”, le da a las niñas y los niños, más allá de los nutrientes, capacidades inmunológicas y de salud insustituibles para su salud; contiene además un conjunto de hormonas y de sustancias que le permiten a las niñas y los niños asimilar en el futuro de mejor manera los alimentos y avanzar hacia su máximo potencial de desarrollo.

Se trata, sin duda, de una cuestión que va de las políticas públicas a las prácticas culturales. Todavía falta mucho por mejorar en la legislación laboral para garantizar la posibilidad efectiva de que todas las madres puedan amamantar adecuadamente a sus hijos; hace falta construir lactarios, bancos de leche materna, y otras opciones de infraestructura laboral y social.

Está del otro lado la cuestión cultural relativa a los estereotipos de belleza y a los mitos relativos a supuestos efectos negativos de la lactancia materna en el cuerpo de las mujeres. Pero aún más, se encuentra la enorme agresividad social que existe en contra de una mujer que amamanta a sus hijas e hijos en la vía pública. Se trata de una cultura machista y misógina desde la cual se genera una lógica permanente de incumplimiento de los derechos de las mujeres, quienes se ven impedidas, debido a este clima de agresividad, a darle leche materna a sus niñas y niños sin el temor de ser agredidas.

La cuestión es de la mayor relevancia: del consumo de la leche materna dependen en una importante medida el bienestar, la salud y la integridad de las niñas y los niños; es una cuestión de justicia social y de cumplimiento de sus derechos más elementales. 

Mario Luis Fuentes
Director general del CEIDAS, A.C.; en la UNAM es integrante de la Junta de Gobierno; Coordinador de la Especialización en Desarrollo Social del Posgrado de la Facultad de Economía; Investigador del Programa de Estudios sobre el Desarrollo; y titular de la Cátedra Extraordinaria Trata de Personas. @ML_Fuentes

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