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¿Hijas e hijos de madres adolescentes?

por Nashieli Ramírez

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El abordaje sobre el embarazo en la adolescencia se concentra mayoritariamente en aspectos vinculados a la salud y en las consecuencias de la maternidad en las propias adolescentes, sin embargo, hay poca visibilidad en torno al impacto que la maternidad prematura tiene en sus hijos e hijas. Hay ausencia no sólo de información, sino de miradas que se enfoquen en estas niñas y niños transitarán parte o la totalidad de su infancia temprana con madres adolescentes


Los factores de riesgo derivados del embarazo adolescente en el ámbito médico están ampliamente documentados por razones derivadas de la gestación en mujeres que se encuentran aún en proceso de desarrollo biológico y fisiológico. Si a esto sumamos aspectos vinculados al desarrollo psicológico y social, la probabilidad de complicaciones durante el embarazo, parto o puerperio, se incrementa, aumentando también la probabilidad de nacimientos prematuros, niñas y niños con bajo peso al nacer y mortalidad neonatal.

El Censo 2010 indicaba que 7,608 adolescentes de entre 12 y 14 años señalaban tener al menos un hijo. Es decir, 2.4 de cada mil mujeres en adolescencia temprana eran madres de niños y niñas que, por la diferencia de edad, bien podrían ser sus hermanos. Cada año se registran más de 450,000 nacimientos de mexicanos cuyas madres son adolescentes menores de 19 años; esto se traduce en que al menos 2 millones de niñas y niños mexicanos en primera infancia son hijos de madres adolescentes.

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La importancia de la primera infancia no es menor: es el segmento de la vida humana en la que se definen y potencian nuestras capacidades para enfrentar los desafíos y las oportunidades futuras. En lo que se denomina la ventana de los primeros mil días el cerebro crece un 80% de su dimensión final y se realizan 700 conexiones sinápticas por segundo. Se construyen los  caminos neuronales relacionados con las emociones y conductas: la curva más alta de sinapsis para los sentidos se produce a los tres meses de edad; del lenguaje, a los seis, y de la función cognitiva a los 24 meses.

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Durante los tres primeros años el desarrollo del cerebro es acelerado e impacta en las funciones físicas y relacionadas con la salud, intelectuales, emocionales y sociales. El proceso de formación de habilidades cognitivas y socio-afectivas deriva de la interacción entre la información genética y la experiencia individual durante los primeros cinco años, de ahí la importancia de la atención y los cuidados en esta etapa de la vida. Los primeros años de vida constituyen el primer paso en un proceso de aprendizaje que dura toda la vida. Las bases del desarrollo de las competencias básicas de lectura, escritura y matemática se construyen desde este corchete de edad.

Lo primero que hay que destacar es que los pocos estudios que hay en la materia indican que los impactos negativos se presentan en la combinación de la edad, con factores de contexto socioeconómico. Aunque también apuntan que, si se comparan madres adolescentes y madres adultas en situación de vulnerabilidad social, las adolescentes presentan mayor número de negativos en la crianza.

Un estudio realizado en Gran Bretaña evidenció que los niños con madres adolescentes presentaban un peor desarrollo cognitivo cuando se les comparaba con niños de su misma edad cuyas madres eran adultas cuando ellos nacieron. Los hijos nacidos de madres adolescentes presentaban un retraso de once meses en habilidades verbales, de siete meses en no verbales y de cuatro meses en competencias espaciales en los casos en donde además de la edad se presentaban factores como deficiencias en el seguimiento médico, maternidad en soltería, impacto del nivel educativo en empleos mal pagados, entre otros (Morinis/ Effect of teenage motherhood on cognitive outcomes in children 2012).

Otras investigaciones apuntan que las madres adolescentes presentan mayor incidencia de maltrato infantil, vinculada a altos niveles de estrés, no sólo por aspectos socioeconómicos, sino también por el proceso propio de desarrollo del cerebro adolescente, que involucra entre otros el control de impulsos (Afifi/ Child Abuse and Adolescent Parenting: Developing a Theoretical Model from an Ecological Perspective 2007).

La crianza en la primera infancia requiere de políticas públicas de apoyo a las familias en general y en particular a aquellas que involucran maternidad adolescente. Los problemas vinculados a la edad pueden superarse en la medida que se promuevan factores de protección, tanto para las madres, como para sus hijas e hijos.

Cuatro de cada diez adolescentes reportan no contar con una pareja que acompañe el proceso de crianza. Ellas, y muchas de las que reportan estar casadas o en unión libre, dependen en muchos casos de la familia extensa, específicamente de un protagonismo, no exento de conflicto, de los progenitores de la adolescente. En el otro extremo hay miles de niños nacidos en los espacios solitarios que han generado los procesos de urbanización que no cuentan con la abuela que trasmite y apoya la crianza de su madre adolescente.

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La responsabilidad de la garantía de derechos de las hijas y los hijos de las madres adolescentes, dada la edad de ambos, es del Estado, cuyo deber no nada más es proveer servicios de atención y cuidado, apoyos económicos y protección social, sino también apoyo psicosocial para el desarrollo de una crianza que aporte positivamente al desarrollo socio-afectivo y cognitivo de las niñas y los niños.

Las hijas e hijos de madres adolescentes requieren que su progenitora desarrolle competencias emocionales y parentales que le permitan generar estrategias cognitivas y de relajación que les permita controlar sus emociones de manera positiva, habilidades de comunicación, estrategias para establecer límites y regulación del comportamiento, así como prácticas de crianza orientadas al estímulo, el establecimiento de límites, el monitoreo, la solución de problemas y el involucramiento positivo en la atención y el cuidado.

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Nashieli Ramírez 
Fundadora y coordinadora general de Ririki Intervención Social. Cuenta con una especialidad en Investigación Educativa de la UNAM. Es Consejera de la CDHDF; de la Ley de Fomento para las Organizaciones de la Sociedad Civil; de Radio Ciudadana del IMER; y del Observatorio de Políticas Públicas y Derechos Humanos.

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