El futuro del trabajo: retos y escenarios en México

Durante las últimas décadas predominó en el mundo un discurso que cuestionó la centralidad del trabajo como mecanismo de integración económica y social de los individuos. Ello se acompañó de políticas de flexibilidad laboral y contención salarial para facilitar la capacidad de adaptación de las empresas a la nueva economía, sacrificando las necesidades de los individuos y las familias

No es de llamar la atención la expectativa de revertir la globalización económica y restaurar el nacionalismo como forma de evitar la exclusión social. Entre tanto, como lo muestran en México los datos del INEGI, en 2016 casi 80 % de los ingresos de las personas provienen del trabajo (incluyendo las transferencias por pensiones y jubilaciones), lo que es suficiente para preocuparnos por las implicaciones de la existencia de mercados laborales altamente competitivos y crecientemente desprotegidos.

Esto se debe a que, con la expansión de la economía digital y colaborativa, se borraron las fronteras geográficas, se redujeron las distancias, se desdibujaron los límites entre lugar de trabajo, tiempo de descanso y hogar, así como la división entre trabajo manual e intelectual y entre trabajo asalariado e independiente (Degryse, 2016).

El cambio tecnológico y la economía digital, aunados a las fluctuaciones económicas, están afectando la cantidad, la naturaleza de los empleos y debilitando el poder de negociación de los trabajadores. Estas tendencias se deben también a decisiones políticas que inciden sobre la distribución del poder entre trabajo y capital.

 

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Ello lleva a plantear que el futuro del trabajo depende de múltiples factores y existe incertidumbre en cuanto a la creación, la destrucción y la calidad de los empleos que resultarán de la cuarta revolución industrial, sobre cuyos alcances y consecuencias no hay consenso.

 Las predicciones varían considerando los sistemas industriales y de innovación así como  las calificaciones de los trabajadores. Se espera que los trabajos con tareas complejas no sean afectados pero un informe del Instituto Global Mckinsey (2017) señala que la mitad de las actividades por las que una persona recibe un pago pueden ser automatizadas.

La creación de empleos se concentraría  en los sectores relacionados con la tecnología de última generación. El problema es que difícilmente esos empleos que requieren  nuevas capacidades cognitivas se ubicarían en los países en desarrollo, como es el caso de México, si no se adoptan políticas integrales que doten a los trabajadores de lo necesario para ocuparlos. En consecuencia, la distribución de buenos y malos empleos profundizará la desigualdad dentro y entre los países desarrollados y en desarrollo.

No cabe duda que México está rezagado en este ámbito, incluso al compararse con otros países de la región: mientras en México se destina un 0.01% del gasto público en políticas activas de empleo, en Chile se destina 0.11 % y Brasil 0.57%. Ni se diga lo lejos que estamos al respecto de países como Dinamarca, 1.91% y Suiza, 1.34%. (Chile, México, Dinamarca y Suiza, (OCDE, 2016; OIT, 2016).

Para América Latina, la OCDE estima que habrá una pérdida de al menos un millón y medio de empleos para 2030, pero estimaciones más pesimistas sostienen que la mitad de los empleos en Argentina, México o Brasil estarán en juego[1]. Muchos serán empleos manufactureros de bajos salarios que crecieron al atraer inversiones como resultado de acuerdos comerciales, como el TLCAN, que hoy están en entredicho.

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Otro factor será que la robotización de la industria volverá menos importante el costo laboral, por lo que puede esperarse la relocalización de los empleos hacia los países desarrollados.  Sin embargo, solo regresaría una parte de los empleos, ya que se aceleraría la robotización, fenómeno que hizo que en EEUU la producción en la manufactura creciera un 250% entre 1980 y 2015, mientras la mano de obra se redujo en un 40% (El espectador, 7 de marzo del 2010).

Se discute hasta qué punto la economía digital y colaborativa llevará a que desaparezca el empleo típico, es decir asalariado, de tiempo completo, estable y con acceso a protección social.   Hasta ahora, las tendencias en el mundo muestran que aumentó el trabajo temporal y de tiempo parcial.

En México, el problema principal, junto a las altas tasas de rotación laboral, es el peligro de la expansión de la informalidad, es decir el empleo que no genera el derecho a la seguridad social. Además, la categoría de auto empleado tendería a expandirse con mayor rapidez. 

Los retos que nos imponen las nuevas tendencias son más complejos ya que a la histórica existencia de altos grados de informalidad (casi 6 de cada 10 trabajadores ocupados son informales) y precariedad por ingresos, se sumará el impacto de la robotización y la “uberización” de los empleos.

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Sin embargo, como sucedió en las revoluciones industriales precedentes, con el tiempo las instituciones se adaptan para enfrentar los nuevos riesgos y efectos sobre los individuos. Así,  la categoría de trabajo asalariado subordinado, con derecho a la seguridad social, se extiende para proteger a los trabajadores de Uber y otras plataformas digitales.

Se ha llegado a reconocer judicialmente en EEUU y UK que no son “socios” ni trabajadores independientes o autónomos y que la plataforma opera como un empleador, con nuevas formas de control y un marcado desequilibrio del poder negociador entre las partes. Incluso algunas plataformas, como TaskRabit,  garantizan salarios mínimos para sus trabajadores.

En suma, el reto será ofrecer protección al trabajador  a través de diversos enfoques (expansión de la categoría de trabajador asalariado,  reconocimiento del trabajador dependiente económico o nuevos contratos de trabajo) y frente a viejos (desempleo, enfermedad, vejez, etc) y nuevos riesgos (como la rápida obsolescencia de las calificaciones) y otros efectos adversos, como la  unilateralidad de los empleadores en la determinación de las condiciones de trabajo.

Como plantea Robinson (2015) “lo importante es advertir las consecuencias de la economía global al hacer informal y precarizar el empleo y poner de manifiesto la necesidad de volver a proteger a los trabajadores”.

En este contexto, México debe colocar con urgencia en el centro de la agenda pública el debate sobre las limitaciones de los modelos de protección y estrategias de formalización laboral existentes junto a las debilidades en las capacidades estatales destinadas a la formación técnica para y en el trabajo a lo largo de la vida, la fiscalización de las obligaciones de los empleadores, las políticas de intermediación y el fortalecimiento de la representación colectiva auténtica ya que la voz de los trabajadores no puede estar ausente al diseñar estas políticas.

Graciela Bensusán es doctora y maestra en Ciencia Política por la UNAM y licenciada en Derecho por la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales. Es profesora de tiempo completo en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) y de tiempo parcial en la Flacso México

 

BIBLIIOGRAFÍA

Degryse, Christophe (2016), “Digitalisation of the economy and its impact on labour markets”, Working Paper 2016.02, European Trade Union Institute, Brussels, 86Pp.

ILO (International Labour Organization) (2016), Non-Standard Employment Around the World: Understanding challenges, shaping prospects, Geneva, 396Pp.

Instituto Global Mckinsey (2017), A future that Works: automation, employment and productivity, McKinsey & Company, EEUU, 148Pp.

OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) (2016), “OECD.Stat”, disponible en <http://www.oecd-ilibrary.org.access.flacso.edu.mx/employment/oecd-employment-outlook-2016_empl_outlook-2016-en> [consultado el 30 de agosto del 2017].

OIT (Organización Internacional del Trabajo) (2016), Soluciones eficaces: Políticas activas del mercado de trabajo en América Latina y el Caribe, OIT, Ginebra.

Robinson, William (2015), “Can digital sharing economy platforms pull Latin America’s informal sector into the mainstream? No”, disponible en <http://www.americasquarterly.org/content/can-digital-sharing-economy-platforms-pull-latin-america%E2%80%99s-informal-sector-mainstream-no> [consultado el 30 de agosto del 2017].

 



[1] http://www.eltiempo.com/economia/sectores/robots-contra-maquilas-el-riesgo-para-mexico-que-trump-no-deja-ver-70024

Durante las últimas décadas predominó en el mundo un discurso que cuestionó la centralidad del trabajo como mecanismo de integración económica y social de los individuos. Ello se acompañó de políticas de flexibilidad laboral y contención salarial para facilitar la capacidad de adaptación de las empresas a la nueva economía, sacrificando las necesidades de los individuos y las familias

No es de llamar la atención la expectativa de revertir la globalización económica y restaurar el nacionalismo como forma de evitar la exclusión social. Entre tanto, como lo muestran en México los datos del INEGI, en 2016 casi 80 % de los ingresos de las personas provienen del trabajo (incluyendo las transferencias por pensiones y jubilaciones), lo que es suficiente para preocuparnos por las implicaciones de la existencia de mercados laborales altamente competitivos y crecientemente desprotegidos.

Esto se debe a que, con la expansión de la economía digital y colaborativa, se borraron las fronteras geográficas, se redujeron las distancias, se desdibujaron los límites entre lugar de trabajo, tiempo de descanso y hogar, así como la división entre trabajo manual e intelectual y entre trabajo asalariado e independiente (Degryse, 2016).

El cambio tecnológico y la economía digital, aunados a las fluctuaciones económicas, están afectando la cantidad, la naturaleza de los empleos y debilitando el poder de negociación de los trabajadores. Estas tendencias se deben también a decisiones políticas que inciden sobre la distribución del poder entre trabajo y capital.

Ello lleva a plantear que el futuro del trabajo depende de múltiples factores y existe incertidumbre en cuanto a la creación, la destrucción y la calidad de los empleos que resultarán de la cuarta revolución industrial, sobre cuyos alcances y consecuencias no hay consenso.

Las predicciones varían considerando los sistemas industriales y de innovación así como  las calificaciones de los trabajadores. Se espera que los trabajos con tareas complejas no sean afectados pero un informe del Instituto Global Mckinsey (2017) señala que la mitad de las actividades por las que una persona recibe un pago pueden ser automatizadas.

La creación de empleos se concentraría  en los sectores relacionados con la tecnología de última generación. El problema es que difícilmente esos empleos que requieren  nuevas capacidades cognitivas se ubicarían en los países en desarrollo, como es el caso de México, si no se adoptan políticas integrales que doten a los trabajadores de lo necesario para ocuparlos. En consecuencia, la distribución de buenos y malos empleos profundizará la desigualdad dentro y entre los países desarrollados y en desarrollo.

No cabe duda que México está rezagado en este ámbito, incluso al compararse con otros países de la región: mientras en México se destina un 0.01% del gasto público en políticas activas de empleo, en Chile se destina 0.11 % y Brasil 0.57%. Ni se diga lo lejos que estamos al respecto de países como Dinamarca, 1.91% y Suiza, 1.34%. (Chile, México, Dinamarca y Suiza, (OCDE, 2016; OIT, 2016).

Para América Latina, la OCDE estima que habrá una pérdida de al menos un millón y medio de empleos para 2030, pero estimaciones más pesimistas sostienen que la mitad de los empleos en Argentina, México o Brasil estarán en juego[1]. Muchos serán empleos manufactureros de bajos salarios que crecieron al atraer inversiones como resultado de acuerdos comerciales, como el TLCAN, que hoy están en entredicho.

Otro factor será que la robotización de la industria volverá menos importante el costo laboral, por lo que puede esperarse la relocalización de los empleos hacia los países desarrollados.  Sin embargo, solo regresaría una parte de los empleos, ya que se aceleraría la robotización, fenómeno que hizo que en EEUU la producción en la manufactura creciera un 250% entre 1980 y 2015, mientras la mano de obra se redujo en un 40% (El espectador, 7 de marzo del 2010).

Se discute hasta qué punto la economía digital y colaborativa llevará a que desaparezca el empleo típico, es decir asalariado, de tiempo completo, estable y con acceso a protección social.   Hasta ahora, las tendencias en el mundo muestran que aumentó el trabajo temporal y de tiempo parcial.

En México, el problema principal, junto a las altas tasas de rotación laboral, es el peligro de la expansión de la informalidad, es decir el empleo que no genera el derecho a la seguridad social. Además, la categoría de auto empleado tendería a expandirse con mayor rapidez. 

Los retos que nos imponen las nuevas tendencias son más complejos ya que a la histórica existencia de altos grados de informalidad (casi 6 de cada 10 trabajadores ocupados son informales) y precariedad por ingresos, se sumará el impacto de la robotización y la “uberización” de los empleos.

Sin embargo, como sucedió en las revoluciones industriales precedentes, con el tiempo las instituciones se adaptan para enfrentar los nuevos riesgos y efectos sobre los individuos. Así,  la categoría de trabajo asalariado subordinado, con derecho a la seguridad social, se extiende para proteger a los trabajadores de Uber y otras plataformas digitales.

Se ha llegado a reconocer judicialmente en EEUU y UK que no son “socios” ni trabajadores independientes o autónomos y que la plataforma opera como un empleador, con nuevas formas de control y un marcado desequilibrio del poder negociador entre las partes. Incluso algunas plataformas, como TaskRabit,  garantizan salarios mínimos para sus trabajadores.

 En suma, el reto será ofrecer protección al trabajador  a través de diversos enfoques (expansión de la categoría de trabajador asalariado,  reconocimiento del trabajador dependiente económico o nuevos contratos de trabajo) y frente a viejos (desempleo, enfermedad, vejez, etc) y nuevos riesgos (como la rápida obsolescencia de las calificaciones) y otros efectos adversos, como la  unilateralidad de los empleadores en la determinación de las condiciones de trabajo.

Como plantea Robinson (2015) “lo importante es advertir las consecuencias de la economía global al hacer informal y precarizar el empleo y poner de manifiesto la necesidad de volver a proteger a los trabajadores”.

En este contexto, México debe colocar con urgencia en el centro de la agenda pública el debate sobre las limitaciones de los modelos de protección y estrategias de formalización laboral existentes junto a las debilidades en las capacidades estatales destinadas a la formación técnica para y en el trabajo a lo largo de la vida, la fiscalización de las obligaciones de los empleadores, las políticas de intermediación y el fortalecimiento de la representación colectiva auténtica ya que la voz de los trabajadores no puede estar ausente al diseñar estas políticas.



[1] http://www.eltiempo.com/economia/sectores/robots-contra-maquilas-el-riesgo-para-mexico-que-trump-no-deja-ver-70024

 

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