Lunes, 03 Julio 2017 06:58

De mentiras y verdades

Escrito por Mario Luis Fuentes
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Los políticos están obligados, en todo momento, a decir la verdad. De ello depende la democracia y de ello depende el bienestar de millones de personas. En efecto, en democracia se asume que, al depositar la confianza de la mayoría para que una persona gobierne, sus decisiones y afirmaciones deben permitir a la ciudadanía actuar, en el marco de la ley, en el sentido que mejor les dicten sus preferencias e intereses, al momento de tomar decisiones individuales, organizativas o empresariales. 

Al respecto hay un asunto muy importante que debe ser mostrado, sobre todo ante los despropósitos de personajes de la política, quienes, una vez en el poder, inician batallas con los medios de comunicación, con intelectuales o con otros políticos, descalificándoles al acusarles de mentir.

¿Cómo dilucidar quién dice la verdad sobre qué? ¿Cómo puede la ciudadanía confiar en uno u otro político, si ambos se acusan de mentir? ¿Cómo tomar posición cuando lo que se encuentra en conflicto son intereses de grupos específicos y facciosos, y no necesariamente los intereses de la ciudadanía?

 

Frente a lo anterior, hay que decir, en primer lugar, que la búsqueda de la verdad es un asunto primordialmente de filósofos y científicos; de ahí que resulte sospechoso cuando cualquier político se presenta como su “depositario natural”. ¿Por qué un político querría, denodadamente, tener absolutamente la razón? Porque eso implicaría ser depositario de “la verdad”; es decir, estar absolutamente en lo cierto y, por definición, quienes no piensen o razonen como él, estarían en el sendero opuesto: la mentira y la falsedad.

En segundo término, la ciudadanía debe tener claridad con respecto a que, en cualquier argumentación, sólo pueden ser categorizados como verdaderos o falsos los juicios respecto de hechos. Los juicios respecto de actitudes o valores jamás pueden ser valorados como verdaderos o falsos.

 

La posición que Donald Trump ha asumido en cuanto al cambio climático permite ejemplificar con nitidez lo que aquí se dice: en efecto, que la temperatura planetaria se está elevando es un hecho; que esta elevación se debe a un crecimiento rápido y sostenido de las emisiones de gases de efecto invernadero en los últimos tres siglos, es un hecho; que el modelo de desarrollo capitalista es el responsable de esto, es definitivamente un hecho.

Frente a lo anterior, que cualquier persona, sin evidencia sólida, sostenga simplemente que “no cree en el cambio climático”, constituye un disparate sobre el que no debe siquiera debatirse, pues, desde un principio lógico clásico, cabe decir que aquello que sin argumentos se afirma, sin argumentos se rechaza.

 

Max Weber lo alertó claramente a principios del siglo XX: la tarea del científico es describir el mundo tal cual es; al contrario, los políticos y los clérigos nos hablan del mundo “como debiera ser”. Desde esta óptica, siempre debe resultar sospechoso que un político, de cualquier signo, se presente públicamente como quien defiende o posee la verdad y actúa con base en ella; porque lo que nos dice, en el fondo, es que todos los demás estamos equivocados, que el disenso no es posible y que estar en su contra es estar, llanamente, en contra de lo que es cierto o verdadero.

Hacen mal los medios de comunicación en seguirles el juego a sujetos así de peligrosos. Frente a ello, lo más inteligente es silenciarlos y no darles oportunidad de envenenar la discusión pública; en democracia, hay que decirlo con claridad, nadie está obligado a darle voz a personalidades mesiánicas, intolerantes o antidemocráticas.

Por ello la discusión pública, en países como el nuestro, cada vez exige más seriedad y solidez, tanto en sus argumentos como en la evidencia sobre la que se soportan tales argumentos. Porque lo que se necesita es un diálogo en el que puedan asumirse los hechos y, a partir de ellos, interpretar y proponer líneas para pensar qué hacer para que todos podamos vivir de manera universal con bienestar, equidad y libertad.

 

@MarioLFuentes1

Artículo publicado originalmente en "Excélsior" el  03 de julio de 2017

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