Jueves, 21 Junio 2018 16:43

Pluralismo político

Escrito por Otilio Flores
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Decía Homero (el de la Ilíada): “Uno solo gobierne, uno solo sea el rey”. Heráclito de Éfeso afirmó: “Sabio es seguir lo Uno”; en la visión confusionista, Mencio proclamó: “el camino es uno, solo uno”. Existen muchos más que coinciden en lo mismo (Nietzsche, Stirner, Hegel…), incluso el romano Tácito nos legó aquella sentencia: ¿para qué tanto discutir si son solo unos los que deciden?”

Estas ideas clave del pensamiento nos dan pistas para hablar sobre la pertinencia del pluralismo (político) hoy. Y es que hay que saber que desde la antigüedad, el Hombre sigue un “Logos”, es decir, un sentido, un cosmos, un orden, un camino para instalarse en el mundo como colectividad y como singularidad. Lo que une es la palabra, la Ley, de ahí su vital trascendencia y peso en las culturas.

Sin embargo, “las diferencias”, “las disidencias”, las pluriversalidades, siempre han existido como algo inmanente al ser humano, y solo los amigos del camino único han promovido los momentos del autoritarismo y de los totalitarismos en distintos instantes de la historia. Estos dilemas también los enfocaron los “grandes” pensadores de todos los tiempos, Platón es uno central en esto.

Sin entrar en el apasionante universo de la historia de las ideas, hay que visualizar que la multiplicidad y la pluralidad, son fenómenos modernos que devienen de contextos históricos concretos.

El origen del parlamentarismo moderno –con sus diferencias, por ejemplo del Senado romano-, y el de la división de Poderes, fueron ecos de la Revolución Industrial y por tanto, de lo que originó a la Declaración de los Derechos Humanos, con aquello del derecho a la propiedad, por ejemplo.

Hechos históricos que dieron pie a la competencia y a las libertades como la del libre tránsito de mercancías, de hombres y de capitales, a la competencia comicial para arribar a un escaño o a un puesto de elección popular, a la democracia como un sistema de competencias (donde vence “el más fuerte”).

Todos siguen lo mismo en esencia (llegar al “poder”) para, teóricamente, cumplir lo que estipula la Ley; todos se diferencian en los “cómo” y muy pocos en los “para qué”, en los “por qué”. El botín es el mismo. Decía Goethe: “Este yunque comparo con el país, el martillo con el príncipe, y con el pueblo la chapa que se tuerce allí en medio. ¡Ay, pobre chapa, cuando solamente golpes arbitrarios dan al azar en el blanco y el caldero nunca se ve terminado!”

Los muchos se pierden en los métodos, en los modelos donde hay que acoplar las justificaciones de lo obscuro. Pluralismos emanados de la desconfianza de todos contra todos, para vivir en una sociedad amenazada, generados por cofradías de la tribu que siempre ha excluido al  “shibboleth” de su propia tabla de mandamientos, sabiendo que, en el fondo, son los unos y los otros los mismos “trepadores” que quisieran sentarse en la silla que generalmente está en medio del fango, como lo sostuvo Nietzsche en su genial Zaratustra.

Un pseudopluralismo recorre este tiempo indiferente y distante al mandato del Logos que Heráclito señaló. La técnica invadió a la política y en parte, esa ha sido su desgracia; la eficacia fulminó la construcción de la legitimidad política, y esa misma eficacia ha puesto en jaque, incluso al derecho y al Estado de derecho en pos de la mera utilidad y del frío pragmatismo (en más de las veces, meramente mediático, sin una realidad que acredite lo que solo se simula, o anuncia).

El pluralismo político, pudiera reforzarse con un sentido de libertad más genuina y con menos fanatismos miopes, con identidades y convicciones “consistentes”, con ideas de civilización de mayor integralidad, incluso a los mandatos de los retos de la Agenda 2030 de la Organización de las Naciones Unidas, que es, por cierto,  una ruta para muchos países, como el nuestro, en medio de serias paradojas que dicho pluralismo no ve, porque no las puede ver, solo con tecnocracias y sin humanismos que cubran culturas y requerimientos de un reconocimiento que nos hace falta a todos.

Trabajar al unísono, es un tema que no resolvió la teoría política moderna, ni la ciencia política contemporánea, y ahora, con las transformaciones sociopolíticas, tanto de las sociedades como de sus propios individuos, nos encontramos entre la opulencia de muy, muy pocos, y en el desamparo y la marginación de muchos en esta era de la simultaneidad de los acontecimientos.

Encontrarnos en estas circunstancias, abre la posibilidad de construir el conocimiento de otra manera, cimentando no solo nuestros alcances en los novedosos paradigmas como lo muestra Byung-Chul Han, para la concordia-discordia en las cibersociedades y en la ciberpoliticidad con oportunidades y desafíos ya de otra época, y de otra forma y sustancia de la conciencia humana, sino para atender a la vez a la humanidad como esa diversidad, que es la maravilla de la civilización y de la política.

El pluralismo político radica en la injerencia de la multiplicidad en ese unísono para asumir responsabilidades debidas con la fuerza de la palabra, para desmantelar la mentira, y posibilitar la justicia como parte de la realidad.

Otilio Flores: Es politólogo y filósofo.

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