Los jóvenes, a 50 años del 68 / Mario Luis Fuentes

México tiene, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Hogares, 31.3 millones de personas jóvenes entre 15 y 29 años de edad; además de 17.3 millones que tienen entre 30 y 39 años. En el primer grupo de edad señalado, 15.59 millones son hombres y 15.72 millones son mujeres; en el segundo, el de 30 a 39 años, 8.14 millones son hombres y 9.15 millones son mujeres       

De acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), el 44.3% de quienes en el 2016 tenían entre 12 y 29 años de edad vivían en condiciones de pobreza, es decir, 16.6 millones. Del total de quienes se ubicaban en ese segmento etario, el 12.6% era vulnerable por rezago educativo; el 19% por carencia de acceso a la salud; el 64% por carencia de seguridad social; 20% lo era por carencia de servicios básicos en la vivienda y el 20.6% por carencia de alimentación

Aun ahora, sólo tres de cada diez jóvenes que están en edad de asistir a la universidad tienen acceso a ese nivel educativo y aun cuando hay personas que no desean continuar su educación hasta el nivel superior, es una tragedia que sólo tres de cada 100 que ingresan a la primaria, logran obtener un título universitario.

Hace 50 años, las condiciones en que vivía la juventud mexicana eran todavía más adversas y desde entonces hasta ahora, los saldos en materia de justicia social y cumplimiento de los derechos humanos siguen siendo una asignatura pendiente.

1968 significa una ruptura mayor en todos los ámbitos de la vida social, política y hasta económica en México, y en todo occidente: se luchaba por la liberación sexual y en general por los derechos de las mujeres; por acceso a la educación y por tener un empleo digno; por tener países de leyes y auténticamente democráticos; y por exigir a los gobernantes un compromiso serio con la Libertad, con mayúscula.

Las demandas de entonces son las mismas de ahora, esto no es caer en la frase trillada relativa a que “aún ahora siguen vigentes”, porque en el fondo deben seguir vigentes todo el tiempo, porque en sentido estricto, la libertad siempre puede ir “un paso más allá”.

La ruptura epistemológica, política y cultural que se sintetizó en 1968, tiene ecos ineludibles en nuestra realidad, porque si algo no se ha logrado diseñar es una política integral de inclusión de la juventud a procesos ampliados de desarrollo; lo cual, en una perspectiva ideal, debería llevar a la construcción de generaciones cada vez más responsables y solidarias entre sí, pero también con quienes habrán de venir en el futuro a vivir y conducir el destino de nuestro preciado país.

Por eso debemos ser capaces hoy, en un esfuerzo generacional inédito, de romper con las trampas del estancamiento económico y la grosera desigualdad; porque es inaceptable que en un país con un ingreso per cápita anual cercano a los 8,500 dólares, haya más de 53 millones de personas en pobreza, es decir, en un país donde el PIB per cápita mensual sería de aproximadamente 13 mil 500 pesos, en realidad, sólo quienes se encuentran en el decil X de ingresos logró superar esa cifra en el 2016.

La propuesta del presidente electo de construir un programa específico para incorporar al empleo y la capacitación a millones de jóvenes, de resultar efectivo, constituiría el primer paso para una nueva etapa de inclusión, sin embargo, ésa es sólo una de las vertientes de la política pública que deben impulsarse; están otras agendas igualmente prioritarias y hasta urgentes: el embarazo adolescente y el matrimonio precoz, el incremento en la prevalencia de adicciones, el incremento de la muerte violenta, y suma y sigue.

Cinco décadas después del movimiento del 68 estamos obligados a regresar a su germen: la vocación libertaria en aras de una sociedad de libertad y bienestar para todos.

Investigador del PUED-UNAM @mariolfuentes1 

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