Miércoles, 14 Junio 2017 14:03

LA GATA DE LOS ÁNGELES

Escrito por Laura Battistella / Traducción: Rosa María Fajardo
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Qué sea esto, honestamente no puedo saberlo. Este espíritu guardián y divino no proviene de los hombres. Es como si el tiempo se detuviera mientras dentro de mí todo se reacomoda. ¿Cómo podría llevarme el mérito?

Cuando estamos por salir hago que me lleven en brazos, dos rampas y media, y luego estamos fuera. De inmediato nos envuelve un presagio espinoso de alquitrán y la explosión metálica de las velocidades nos araña los tímpanos. Sólo el verde prado nos separa de la estación.

Con un salto felino estoy en tierra: es un aterrizaje suave sobre la hierba rígida de fin de verano. En un par de semanas el clima será distinto, pero no es el real motivo de esta pesada atmósfera. Ya lo sé, siempre hay un porqué si me encuentro donde me encuentro, he ya vivido este momento, por lo demás, ¿no se dice que tenemos nueve vidas?

Siento su malestar aun sin escuchar el mascullar que está dirigiendo al cielo, al mundo o quién sabe a quién.

Hoy su rabia se convirtió en sufrimiento a gritos, pero es un grito sordo que escucho sólo yo. Vengo al mundo para esto, recojo las señales de adiós y busco prevenirlas, antes de que sea demasiado tarde. Una especie de emisario. Embajadora de la paz.

No soy comprendida por todos porque cada uno tiene su preferido. Hay una especie de encaje singular, como en el enamoramiento. No se puede enamorar de cualquiera, hay una fórmula mágica que determina los tiempos de encuentro.

Ahora que ha lanzado esta especie de ultimátum ha bajado las expectativas de ser escuchada. Conozco el tipo de señal y lo que podría suceder, ya no es posible negociar con rebaja. A veces la respuesta debe ser interpretada y no siempre se puede. Tendríamos que perseverar.

Al final no pide tanto: un sí o un no. Si es sí, que sea visible.

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Por ejemplo un bonito trébol de cuatro hojas en medio del prado justo enfrente de sus pies, aquí, dado que en casi treinta años nuca he encontrado uno. Mientras dice “aquí” señala con el dedo un punto preciso en medio de la hierba a cerca medio metro de mí. Me vuelvo a mirar porque no quiero perderme el espectáculo.

Pela los ojos, casi me parece percibir su latido cardiaco que le acelera en el pecho, el gesto en los labios se transforma en sonrisa: lo ha visto y no lo cree.

Lo admira con una cara que es toda un programa, ves, me digo, no se necesita tanto. Pero inmediatamente después fija el vacío: “Es un caso, habría sucedido igualmente, sólo puse más atención al buscar”.

Todavía queda colgada a aquella estela mágica, no la quiere perder. Me fija. Quizá ha entendido quien soy, de hecho quisiera ser aún escuchada y habla con alguien que está mucho más arriba, no yo, desde luego, pero no puede perder la ocasión justo ahora que el Portal se abrió misteriosamente -ahora o nunca: “Si esta es una señal, por favor mándame otra, justo ahí donde está Sissi”.

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Por cierto Sissi soy yo y me estoy restregando los bigotes sobre un matorral de hierba cania, porque me gusta el contacto áspero.

Con tres pasos se me acerca y baja la mirada a la altura de mis patas de manchas gris-blanco-naranja, un pelaje inusual para un gato. Esta vez se dobla casi con una reverencia porque la ha visto y no sabe qué pensar.

¿Una oportunidad enorme o el efecto de un delirio psicótico depresivo?

El trébol de cuatro hojas número dos está aquí delante a mi hocico, más grande, más verde y más bello que el otro.

¿Has preguntado por mí? Habla, te escucho.

La expresión de su cara está diciendo en este orden:

1) Es pura coincidencia.

2) Si hubiera pedido claveles no habría encontrado.

3) Si en treinta años no he encontrado un trébol de cuatro hojas, ¿por qué encuentro dos ahora?

¿Y por qué estoy exactamente en el punto que he indicado?

Un ligero vértigo, un poco de sudoración, la idea de haber encontrado el camino, la temerosa sensación de tener una barita mágica en la mano sin el permiso para manejarla.

“Ok. No te pido nada. Dime sólo que todo saldrá bien. Dame una confirmación -paso”.

Estoy registrando el prado cazando langostas, de vez en cuando me vuelvo a controlar porque tengo miedo que se vaya. Sé con quién está hablando. 

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El chirrío de los frenos sobre los rieles anuncia el Regional 6040 de las 18.51 en arribo de Trieste hacia Venecia.

Ella alza el brazo y apunta el dedo hacia un botón amarillo de diente de león que crece ignaro de responsabilidad mística a cerca diez pasos de nosotros. Es una solicitud bien precisa que excluye malas interpretaciones.

La veo acercarse sin vacilaciones, es ahora o nunca, está pensando. Se detiene frente a la flor amarilla, se encuclilla y permanece ahí.

Luego de un poco alza los ojos a escudriñar, se diría, las nubes. La expresión cambiada, arrobada de quien sabe cuál revelación. Y de no ser, la cosa no le incumbe.

Dicen que lo sueños terminan para que comiencen otros. Pero es necesario imaginar las cosas para que sucedan. Esta de los tréboles de cuatro hojas podría incluso convertirse en una historia para contar a alguien, o para escribir en un libro, un día u otro.

Entiendo que por hoy mi tarea se concluye.

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Espero que venga a recogerme también a mí y luego regresaremos a la casa, con un paso distinto o mejor, yo, ella y los tres tréboles de cuatro hojas apretados en la mano, porque a veces basta realmente poco para evitar lo peor.

 

Por Laura Battistella 

Traducción de Rosa María Fajardo @RosaMFajardoG

*Publicado originalmente como "La gatta degli angeli", en Furori sembrava meglio. Edit Youcanprint en colaboración con le librerie fiduciarie italiane.

Italia. Agosto, 2016. pp.102-107Se publica con autorización de la autora.

 

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