Lunes, 23 Julio 2018 11:00

El gran Gatsby. La cara triste del sueño americano

Escrito por Rosa María Fajardo
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Eso y más es El gran Gatsby, un brusco despertar del “sueño americano”, donde F. Scott Fitzgerald hace un crudo retrato de la clase alta estadounidense, a su vez dividida entre ricos y nuevos ricos. Nadie se salva en esta confrontación, si los nuevos ricos son gentuza ignorante que solo piensa en divertirse hasta el extremo y sin límite, los aristócratas son egoístas y crueles, celosos de su supremacía social y desinteresados en las relaciones interpersonales.

Por otro lado, la riqueza material parece ser para Fitzgerald la única posibilidad de tener una vida llevadera. Tan es así, que Wilson, el mecánico, conduce una vida disparatada y sin sentido en un lugar casi espectral, llamado no casualmente “un valle de cenizas”, con “hombres grises que se mueven envueltos en la niebla, a punto de desplomarse y a través de la polvorienta atmósfera”. Daisy, su mujer, con tal de alejarse de ese infierno, acepta ser el objeto sexual del violento Tom Buchanan.

Y es aquí donde la desenvoltura en materia de sexo y relaciones prematrimoniales, elemento que irrumpe en los “respetables” Estados Unidos, aún casi victorianos y moralistas, es otro tema candente que surge con fuerza en las páginas de este libro.

La mujer debía responder al modelo de la sociedad, no pensar y comportarse con rigurosa obediencia, viendo la sumisión del matrimonio como la culminación de sus vidas. Al momento de conocer a su hija recién nacida, Daisy, quien fue el primer amor de Gatsby, ante la ausencia y desinterés de su marido comenta: “…me alegro de que sea niña. Pero confío en que sea tonta…, lo mejor que le puede pasar a una niña en este mundo es ser una hermosa tontita”.

El gran Gatsby es también un reflejo de los problemas de comunicación entre las personas y la imposibilidad de amar realmente. Las relaciones entre las personas están forzados y basadas en intereses materiales; en ningún momento se tiene la intención de entender al otro o de aceptarlo por lo que es.

Incluso Gatsby, cuyo amor por Daisy es total y sincero, no logra aceptar el hecho de no ser correspondido con la misma intensidad y de manera absoluta. Además, como ejemplo de la evasión de sus orígenes y de los años, Gatsby se muestra determinado a vivir y enmendar el propio pasado como si el tiempo transcurrido no hubiera dejado huella, empeñado en creer que sea posible cambiar a posteriori el curso de la propia vida.

Un elemento omnipresente e invasivo es el alcohol que llega a volver opacos e incoherentes los diálogos entre los protagonistas, además de transformarse, a través del exasperado y constante consumismo, en símbolo de riqueza y bienestar, además de verdadero y real poder.

Otro de los aspectos que, más que tocar el plano psicológico, lo rebasa y llega al vivencial, es saber, según se piensa, que muchos aspectos de la novela se relacionan con la vida real y tumultuosa del mismo Fitzgerald, quien solía dar fastuosos recibimientos y conoció la fortuna y la ruina.

Incluso se dice que Daisy está inspirada en su esposa Zelda, quien lo aceptó como esposo solo después de su primer éxito como escritor. Fortalecido por la experiencia del propio autor, El gran Gatsby es un retrato fiel y sin hipocresías de ese mundo sin escrúpulos, que vivió los excesos y la ausencia de reglas, desde la llamada edad del jazz hasta el crack de 1929.

El título de la novela refleja el renombre que un hombre venido de un estrato social bajo se ha ganado en una sociedad que se guía por las apariencias y cuya única medida de valor son las posesiones materiales.

El gran Gatsby también hace pensar a un casi mago que, misteriosamente, con un “abracadabra” amasa una fortuna y se vuelve mito entre los invitados a sus suntuosas reuniones, y quizá alimenta más su leyenda el hecho de que pocos lo conozcan, ya que él no participa de sus fiestas. El gran Gatsby es, al mismo tiempo, nada menos que el gran sueño americano a la inversa.
Fitzgerald no nos cuenta la historia de aquellos que “la han hecho”, sino de aquellos que han fracasado, mostrando cuán irreal sea esta ambicionada meta y de cómo quien trate de alcanzarla quedará desilusionado.

Por eso El gran Gatsby es la muerte del sueño americano y su símbolo es Jay Gatsby, quien alimentará el deseo de reconquistar a una mujer que antes lo rechazó por pobre, y alcanzar su amor con el dinero, el único valor en que ella cree. Pero fallará en el intento y no solo deberá renunciar a la esperanza de felicidad, sino que el haber perseguido su sueño le costará la vida.

Los hechos son narrados por Nick Carraway y, por lo tanto, filtrados desde la perspectiva de este narrador guía que, si en un momento se muestra curioso por el fabuloso ambiente de fiestas en el reino de Gatsby, con el pasar del tiempo adquiere siempre mayor consciencia hasta decidir dejar el ambiente social que lo ha desilusionado profundamente y llenado de amargura.

En este sentido, Gatsby, quien se enriqueció mediante actividades ilícitas, es paradójicamente más honesto, sincero e inocente que los “respetables” invitados de sus fiestas, atraídos por la poma y la opulencia, pero que desaparecen de inmediato luego de la ruina del protagonista, y que no se presentarán ni siquiera al funeral: “En mis años mozos más vulnerables mi padre me dio un consejo que desde aquella época no ha dejado de darme vueltas en la cabeza. ‘Cuando sientas deseos de criticar a alguien’…recuerda que no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tú tuviste… En consecuencia, soy una persona dada a reservarme todo juicio, hábito que me ha facilitado el conocimiento de gran número de personas singulares, pero que también me ha hecho víctima de más de un latoso inveterado”.

Hasta nuestros días, El gran Gatsby sigue siendo un misterio, un hombre que se inventó a sí mismo, que encarna el mito del siglo XX, el de un ser anónimo que sale de la nada para llegar a la cumbre del éxito y la riqueza y conseguir deslumbrar con su brillo, aunque luego no pueda escapar a su fatal destino.

 

Rosa María Fajardo @RosaMFajardoG

Es escritora y periodista. Estudió Ciencias de la Comunicación en la UNAM, con equivalencia de grado por la Università degli Studi di Trieste en Italia. Máster en Escritura Creativa en la Università degli Studi Suor Orsola Benincasa de Nápoles y Maestría en Literatura y Creación Literaria en la Casa Lamm. Fue catedrática en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, docente en el Tecnológico de Monterrey y correctora de estilo del suplemento sábado de unomásuno. En Italia ha sido diseñadora de cursos de capacitación empresarial, profesora de español, traductora e intérprete. Ha colaborado en medios mexicanos como los suplementos sábado y Acento X, de unomásuno y en la revista Generación, y en Italia en la revista literaria Lìnfera y el suplemento cultural INK del periódico universitario Inchiostro; actualmente escribe también para Newsweek en Español Guanajuato. Es coautora de la revista Los Sembradores de Historias y los libros de cuento Aún espero algo mejor e Impaciente Espera, publicados en Italia con el grupo literario Trattolibero.

 

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