Lunes, 12 Diciembre 2016 06:00

LA NIEBLA DEL FRIULI

Escrito por Rosa María Fajardo
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Había amanecido con una densa niebla y el cielo se mostraba en franca amenaza de lluvia. Hacía un frío húmedo, de esos que calan hasta los huesos. Como tantas otras veces, miré el mundo a través de la ventana, mi jardín lleno de hojas secas, mi árbol de magnolias y, al otro lado de la calle, ese jardín en donde un hombre anciano cultiva erbette con un esmero religioso. Salí a la terraza, envuelta por la niebla.

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Sentí un viento ligero rodearme el cuello como un foulard. De improviso sentí hambre, unas ganas irresistibles de desayunar un buen capuccino con una brioche de manzana y me dirigí al bar Peratoner, uno de los más antiguos de Pordenone. Desayuné con calma, me entretuve en observar a la gente, y luego hice lo que nunca ante, pedí un’ombra de vino, como suelen hacerlo los ancianos de la ciudad. Salí del bar cuando eran casi las once.

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Caminé con calma por las calles empedradas del centro mirando todo con ojos nuevos y me detuve frente a la arcada de ingreso donde tantas veces había estado leyendo su sugestiva frase esculpida en la piedra: ANCHORA SPERO DI MEGLIO. Sí, yo también aún espero algo mejor, dije en voz baja acariciando las columnas. La niebla era aún más espesa. Un calosfrío me recorrió la espalda y mis manos buscaron guarida en los bolsillos de mi abrigo.

Sonaron las once campanadas en el reloj de la municipalidad. En ese momento quise detener el tiempo. Al pasar frente a una florería vi algunas prímulas con sus colores varios y combinados. Pensé en Pasolini. Compré una grande de color amarillo moteada de violeta y decidí llevarla a su tumba. Tomé el auto y me dirigí rumbo a Casarsa della Delizia, al pasar sobre el río Tagliamento pensé en detenerme un momento para tomar un puño de piedras de su amado río y llevárselas al poeta. Tomé la desviación que me llevó hasta unos matorrales, cerca del cauce. Estacioné el auto y seguí a pie. El aire sonaba melodioso al tocar las hojas de los árboles, y mis pasos, entre las  albas piedras, completaban la sinfonía.

Llegué a la orilla del río y sumergí las manos en sus heladas aguas. Ahí las mantuve algunos segundos hasta que no pude resistir el dolor, el frío que me quemaba la piel. Luego me senté a observar el horizonte, a perderme en su infinito. Miré las aguas azul turquesa y una lágrima rodó por mi mejilla izquierda. Tomé un puño de piedras y dije en voz baja: "agua que no has de beber, déjala correr". Las horas seguían avanzando. Eran las doce.

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Al llegar a Casarsa della Delizia habían dado las 12:30. Entré en el cementerio, que a esa hora estaba completamente solo, pues iniciaba la hora de la comida. La tumba de Pasolini se encuentra muy cerca del ingreso, apenas entrando y a la izquierda. Había estado un par de veces antes ahí. Le entregué mi ofrenda al poeta: una prímula y piedras de su entrañable Tagliamento. Antes de irme acaricié la lápida de tumba y le dije: Ciao, poeta! Cuando salí del cementerio era ya la una.

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Después, visité Sacile, il Giardino de la Serenissima, Fontanafredda, Porcia y, en Fiume Veneto, me asomé por la ventana de la cocina de la que fue mi casa por tres años; dentro había una luz amarilla, amarga. Luego rodaron otras horas inciertas, de las que no tengo preciso registro, o no lo quiero recordar.

Pronto!, respondió la voz conocida del otro lado del teléfono. Sin darme cuenta, había marcado finalmente el número de Manuel. Hacía cinco años que no hablaba con él. Le dije que estaba en el parque de Fiume Veneto, muy cerca de su casa. "Ti prego, occhi belli, no te muevas, voy para allá", sentenció, y sin darme tiempo de responder o negarme, colgó…

El corazón me latía rápidamente entre ráfagas de imágenes punzantes, me dolía de ausencia. Sabía que Manuel recién había sido padre, pero en el corazón no se manda. Cinco minutos después llegó en su motocicleta y nos perdimos en un abrazo infinito, entre preguntas sin respuesta, por qué nos perdimos, por qué no nos buscamos, y otros tantos porqués…

Pasamos el resto de la tarde juntos, hilvanando recuerdos y no nos atrevimos a hacer el amor. No te vayas, occhi belli, me dijo él con su dulce voz. Tengo que irme, ojos de mar, respondí yo.

Nos despedimos sin saber qué decir, qué conjuro desatar para tenernos. Regresé a mi casa desbordada en llanto y toda la noche naufragué en esos ojos de mar. Vi mis dos maletas junto a la puerta; las había dejado listas la noche anterior pues al amanecer tomaría un avión que me llevaría lejos de Italia, hacia otro continente. Llegué en estado hipnótico al aeropuerto y no supe de mí. Retomé consciencia cuando me elevaba sobre la Serenissima Venecia, y sus majestuosos canales se hacían diminutos, su campanario, microscópico. Puse una mano en la ventanilla del avión y sólo acerté a decir: "al cuor non si comanda".

 

Rosa María Fajardo 

Escritora y periodista. Estudió Ciencias de la Comunicación en la UNAM con equivalencia de grado por la Università degli Studi di Trieste en Italia y Máster en Escritura Creativa en la Università degli Studi Suor Orsola Benincasa de Nápoles. Cursa la Maestría en Literatura y Creación Literaria en la Casa Lamm. Fue catedrática en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y correctora de estilo del suplemento sábado de unomásuno. Ha colaborado en medios mexicanos como los suplementos sábado y Acento X, de unomásuno y en la revista Generación, y en Italia en la revista literaria Lìnfera y el suplemento cultural INK del periódico universitario Inchiostro. Es coautora de la revista Los Sembradores de Historias y los libros de cuento Aún espero algo mejor e Impaciente Espera, publicados en Italia con el grupo literario Trattolibero.

 

@RosaMFajardoG

 

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