MÉXICO SOCIAL EN EXCÉLSIOR

Viernes, 01 Abril 2016 00:00

Abril 2016

Escrito por Mario Luis Fuentes (@ML_Fuentes)
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 Uno de los síntomas que alertan en torno a lo torcido que se encuentra nuestro curso del desarrollo es la presencia masiva del trabajo infantil. El fenómeno es de tal magnitud en nuestro país, que hemos perdido de vista lo monstruoso del hecho de que una niña o niño tengan que trabajar para contribuir a la elevación, aun magra, de los ingresos familiares.

El filósofo Kant argumentaba, y en esa misma línea lo han sostenido autores contemporáneos como Rawls, que categorías como la Libertad, la Fraternidad, la Justicia y el Bien no pueden tener contenidos específicos, porque ello constriñe la posibilidad de su realización; es decir, este tipo de categorías deben permanecer abiertas, desde su definición, a la posibilidad de “ampliarlas” en su alcance, cada vez que sea posible.

Pensando en la categoría de la Justicia, es evidente que su definición es del tipo señalado. Sin embargo, podría establecerse también que su contrario, la injusticia, bien podría pluralizarse, y de hecho, particularizarse, con el propósito de magnificar y dimensionar apropiadamente sus implicaciones y alcances.

El fenómeno del trabajo infantil permite ilustrar con toda claridad esta idea: en cada uno de los casos en que una niña o niño es forzado a trabajar, hay una historia de desaliento, de desesperanza, y un conjunto de injusticias y de privaciones que son difíciles de enumerar.

Hay que pensar, por ejemplo, en lo que implica la “doble jornada” para una niña o un niño. Hay que imaginar lo duro que debe ser levantarse temprano para ir a la escuela y por las tardes tener que trabajar; o bien, levantarse temprano para trabajar y después llegar cansados a sus actividades escolares.

Hay que ser capaces de imaginar la frustración que implica para una madre o padre ver a sus hijas privados de la posibilidad de jugar, de convivir con sus compañeras y compañeros; de no tener ni siquiera la expectativa de ropa, juguetes o actividades de esparcimiento, producto de la elección y no de la precariedad impuesta por un sistema económico depredador.

Y más todavía, lo que se ha olvidado es que el sistema económico es resultado de un modelo cultural, que deriva a su vez en un sistema de organización social que distribuye de manera terriblemente inequitativa las tareas y los beneficios sociales, construyendo además perversos ciclos de reproducción de la fractura ética en la que estamos sumidos desde hace ya bastante tiempo.

Por esta razón es importante asumir como meta en el corto plazo la erradicación del trabajo infantil. Porque también de manera perversa, hay discursos que alientan la confusión entre el trabajo enseñado como valor ético para la realización personal y el trabajo infantil como mecanismo subsidiador de una economía social y éticamente deficitaria en todos sus sectores y ramas productivas.

Esta confusión, sumada a la necesidad concreta y cotidiana de millones de familias, es la que lleva a la enseñanza de artes y oficios desde edad temprana, pero no como actividad lúdica o formativa, sino en negocios familiares, pequeñas empresas o en sectores marcados por la crueldad, como el agropecuario, como sustituto de mano de obra asalariada.

La categoría que se impone en este ámbito es, por necesidad, la del trabajo digno. Por ello el Estado mexicano no puede seguir postergando la decisión de intervenir con toda su fuerza para restituir el carácter efectivamente remunerador del salario, entendido como el principal instrumento para el acceso al consumo ético e inteligente.

Por ello no puede seguirse postergando la decisión de construir un sistema universal de seguridad social lo más amplio y vasto posible, que garantice justicia social (así de abstracto y amplio) para toda la población; y por ello no puede seguirse deteniendo la construcción de un sistema educativo, universal, laico y gratuito y de calidad, desde el prescolar hasta la universidad.

Erradicar el trabajo infantil implica contar con un fuerte Estado de Bienestar, comprometido con la sustentabilidad ambiental, y capaz de intervenir para equilibrar las ya intolerables condiciones de expoliación que privan en nuestra sociedad. Sólo así podremos construir un México apropiado para la niñez; que sería, sin duda alguna, un México apropiado para todas y todos.

 

 

MLF

Mario Luis Fuentes

Director general del CEIDAS, A.C.; en la UNAM es integrante de la Junta de Gobierno; Coordinador de la Especialización en Desarrollo Social del Posgrado de la Facultad de Economía; Investigador del Programa de Estudios sobre el Desarrollo; y titular de la Cátedra Extraordinaria Trata de Personas.

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