Miércoles, 01 Junio 2016 00:00

Junio 2016

Escrito por Mario Luis Fuentes (@ML_Fuentes)
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Uno de los conceptos que habían estado relativamente marginados en la discusión pública relativa al cambio climático es el de la “biodiversidad”. Julia Carabias rescata, en ese sentido, el concepto propuesto por Paul Crutzen para denominar a nuestra era: Antropoceno.

El concepto es de una singular relevancia porque está centrado en una de las características más distintivas de nuestra generación, en términos biológicos y evolutivos: es la primera ocasión en la que se tiene registro de que una especie influye de manera deliberada en los procesos evolutivos del resto.

La cuestión es que a partir del siglo XX, y con mayor intensidad en lo que va del siglo, la humanidad está interviniendo en todos los procesos naturales en una escala nunca antes vista: emitimos gases de efecto invernadero como nunca, nos reproducimos y vivimos vidas largas como nunca y también estamos contribuyendo masivamente a la desaparición de especies con tasas sólo vistas en los grandes periodos de extinciones que se presentaron hace millones de años.

En ese sentido es de singular relevancia entender que nuestra capacidad de modificar nuestro entorno ecológico implica una enorme responsabilidad, porque éticamente de lo que se trataría en todo caso es de dejar un mejor lugar dónde vivir a las generaciones futuras y no al revés, como ocurre ahora, que estamos comprometiendo la viabilidad ecológica planetaria.

Desde esta perspectiva, ninguna generación puede argumentar que es válido comprometer el futuro en aras del “mayor nivel de bienestar conseguido hasta ahora” en la historia de la humanidad.

El deshielo planetario está ocurriendo mucho más rápido que las predicciones que se habían construido hace diez o cinco años, la temperatura promedio de varias regiones también se está elevando a tasas mayores de las originalmente previstas y el crecimiento promedio del nivel del mar está dejando ver ya sus efectos en amplias regiones y en otras que se consideraban todavía hasta hace cinco años como relativamente a salvo.

José Sarukhán nos advierte también en torno a la urgencia de modificar el estilo del desarrollo que hemos asumido, porque lo que está en riesgo es no sólo una “dimensión patrimonial” de los ecosistemas, sino, sobre todo, la posibilidad de mantener los equilibrios medioambientales que permitieron que nuestro planeta llegara a la mega diversidad biológica que hoy -todavía- tiene.

De acuerdo con varios estudios, México es uno de los países megadiversos del mundo y alberga alrededor del 10% de las especies existentes en el planeta, pero esto podría cambiar, y drásticamente, si no hacemos algo para reducir no sólo las emisiones de gases de efecto invernadero, sino también los contaminantes del agua -tanto superficial como subterránea- y de los suelos, lo cual está llevando a amplias regiones a acelerar el proceso de desertización que enfrentamos desde hace décadas.

Para muchos expertos ha llegado la hora de iniciar decididamente la llamada “transición energética” y asumir el costo de implementarla, y esto bajo un argumento muy simple: tal costo será mucho menor que la factura que habremos de pagar de no hacerlo desde ya.

Un nuevo curso de desarrollo sólo puede entenderse si se entiende que tenemos la responsabilidad de crecer para la equidad, asumiendo como eje transversal a los derechos humanos, teniendo como principal instrumento para el crecimiento la generación de empleos dignos y construyendo una sólida base de políticas dirigidas a garantizar la sustentabilidad ambiental.

Asumiendo lo novedoso de los conceptos que se están construyendo en este tema, habría que considerar también reconstruir el significado que en su momento Henkel le daría a la ciencia abocada al estudio de nuestro medio ambiente: Ecología tiene su raíz en los términos de Oikos y Logos, es decir, la comprensión de nuestra casa.

Si así lo hiciéramos, si asumiésemos una vocación comprensiva de nuestro maravilloso hogar, tal vez podríamos reconducirnos a una mirada renovada de nosotros mismos, compasiva, pero sobre todo solidaria de todo aquello que nos rodea y que nos permite ser, pero más aún, que puede permitirnos llegar a ser una especie responsable y en convivencia armónica y en paz con el medio ambiente.

**Agradezco a Enrique Provencio el enorme esfuerzo que llevó a cabo al coordinar y articular los temas de esta edición.

MLFMario Luis Fuentes

Director general del CEIDAS, A.C.; en la UNAM es integrante de la Junta de Gobierno; Coordinador de la Especialización en Desarrollo Social del Posgrado de la Facultad de Economía; Investigador del Programa de Estudios sobre el Desarrollo; y titular de la Cátedra Extraordinaria Trata de Personas.

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