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La paradoja alimentaria

por Juana María Meléndez

Nunca antes la humanidad había contado con tal abundancia de alimentos; nunca antes había tenido a su disposición y en todo momento la cantidad y variedad de productos alimentarios, pero, por otro lado, tal abundancia convive con la escasez e incluso con el hambre como rasgos sobresalientes de esa misma situación alimentaria. ¿Cómo se explica tal paradoja? Intentar una respuesta obliga a hacer varias consideraciones.


Digamos que hasta antes de 1950 la constante en el mundo era la sucesión de épocas de abundancia y escasez, lo mismo que la estacionalidad alimentaria, es decir, que no todo el año se disponía de todos los alimentos; asimismo, destacaba el hecho de que en su mayor parte los alimentos provenían de la producción y el comercio local. Durante esa larga época, que culmina aproximadamente a mediados del siglo pasado, el ser humano había logrado adaptarse biológicamente a esos vaivenes. El organismo almacenaba reservas energéticas en forma de grasa corporal, que era útil para soportar los periodos de escasez. Esa capacidad no se ha perdido pero enfrenta severas amenazas.

Si bien la actual abundancia alimentaria tiene sus orígenes en la revolución industrial inglesa del siglo XVIII, su impulso principal se ubica en los años posteriores a la segunda guerra mundial. Este auge alimentario se dio gracias al desarrollo de un conjunto de innovaciones tecnológicas de creciente sofisticación, cuyo propósito era el aumento de la producción, pero también el incremento de las ganancias. Se buscaba optimizar el desempeño económico de todas y cada una de las etapas del sistema alimentario. Este proceso de cambio inició con la Revolución Verde y en nuestros días continúa con la biotecnología (transgénicos). El resultado es una nueva forma de integración mundial de la producción, distribución y consumo de alimentos, compuesta por vastos sistemas de producción agroalimentaria, investigación e innovación tecnológica, así como por formas de financiamiento (bursátiles, las famosas commodities) y el control creciente del ramo por parte de un puñado de empresas trasnacionales, destacadamente las estadunidenses Cargill, Smithfi eld y Monsanto, así como las europeas Lactalis y Unilever.

El nuevo sistema alimentario mundial ha logrado subordinar e imponer sus requerimientos a los sistemas alimentarios regionales o locales. Lo anterior incluye por supuesto la imposición de gustos y preferencias entre grandes núcleos de población del planeta, conformando hábitos cada vez más homogéneos. Tal homogeneidad constituye un próspero mercado para las empresas que encabezan el negocio alimentario.

Además de llamar la atención sobre la velocidad del proceso de transformación de la alimentación mundial (no más cuatro décadas), es importante subrayar también el debilitamiento de la agricultura tradicional, es decir, aquella caracterizada por el minifundismo, la baja capitalización y el trabajo familiar, que ha ido perdiendo capacidad productiva. A ello ha contribuido el desdén si no es que menosprecio departe de las políticas públicas. De manera simultánea es notable el  desarrollo de la agricultura industrializada, cada vez más minoritaria y al mismo tiempo cada vez más próspera, vinculada a las grandes instituciones de crédito y al mercado mundial.

Estos cambios han incidido en la situación nutricional de amplios sectores de la población mundial, principalmente la proporción en el consumo de los macro y micronutrientes. La ingesta de fibra y carbohidratos complejos provenientes de alimentos de origen vegetal ha venido siendo desplazada y sustituida por el consumo de alimentos de origen animal, carbohidratos refinados industrializados y el uso de los aceites vegetales para obtener una mayor vida de anaquel de los alimentos procesados. A medida que la ingesta de productos animales aumenta, más grasas se consumen. Estos cambios han traído consigo no sólo un grave impacto ecológico ambiental (expansión ganadera, deforestación, alto consumo energético), sino también un deterioro en la salud humana. En especial se trata del aumento de las enfermedades crónico- degenerativas, como la diabetes y la obesidad. Esta última es ya un problema social de gran magnitud. Hoy en día en los países desarrollados el número de personas obesas supera al de desnutridas, mientras que en los países pobres el número de obesos crece con asombrosa rapidez. El abaratamiento de los alimentos ricos en energía, resultado de la veloz transformación alimentaria mundial, explica tal comportamiento. Para decirlo rápido, en muchos casos es cada vez más barato consumir una sopa instantánea que cocer un kilo de frijol. Cualquier estudio de la situación alimentaria local o regional no puede prescindir de la consideración cuidadosa de estos cambios mundiales y de sus secuelas.

México es un país de pobres. De acuerdo con el último reporte de CONEVAL, hay alrededor de 60 millones de pobres. Esta situación se ha agudizado en los últimos años debido a la inequidad en la distribución de la riqueza, la existencia de monopolios y oligopolios, la aplicación de una política económica que carece de objetivos sociales y la precarización del empleo. Actualmente, para un número creciente de mexicanos los salarios o ingresos son insuficientes para adquirir la canasta básica; es bien sabido que los precios de los alimentos básicos han registrado alzas por encima de la tasa de inflación general. Así ha ocurrido con el maíz, el frijol y el huevo, aunado al aumento en el trigo, el pollo, la carne de res, entre otros. La carestía pone en riesgo la salud y el bienestar de la población más vulnerable en nuestro país.

Ante la escalada de precios de los comestibles, en México cada vez más personas comen alimentos industrializados, de alto contenido calórico y de menor costo y tiempo de preparación. No es de  extrañar que en los últimos años haya descendido el consumo de frijol, alimento popular por excelencia, y rico en fibra y proteínas. Ha sido sustituido por pastas y sopas instantáneas, ambas de muy bajo valor nutricional. A lo anterior debe sumarse el elevado consumo de refrescos, uno de los más altos del planeta. Este cambio alimentario ha mermado la salud. En 2012 México ocupaba ya el segundo lugar entre los países de la OCDE con problemas de obesidad. Setenta por ciento de las personas adultas tiene sobrepeso y entre los niños ya alcanzamos una de las mayores tasas de obesidad a escala global, agudizándose en los estratos más pobres. Este último fenómeno, la obesidad de los más pobres, constituye una paradoja por demás lamentable y hasta perversa, pues esos mismos obesos pobres son también los más desnutridos.

Debido quizás a la emergencia que representa la obesidad en México, la desnutrición ha perdido importancia en la agenda pública; sin embargo, sigue siendo un problema de suma gravedad. En 2006, el 16% de los niños padecía desnutrición crónica (baja talla para la edad), lo que significaba casi 1.6 millones de niños. En ese mismo año México era el país con mayor número de niños desnutridos en América Latina. De igual modo, la prevalencia reportada de anemia en niños de 1 a 4 años fue de 24%, casi 1.9 millones de niños. Esta situación se agrava en las zonas rurales y con población indígena, lo mismo que en las áreas marginales de las ciudades. La dimensión geográfica también debe tomarse en cuenta: encontramos que el norte del país es más obeso mientras que el sur padece desnutrición. La anemia (también llamada “hambre oculta”) no sólo afecta a niños, sino también a las mujeres embarazadas. Así se dibuja los términos de la paradoja mencionada al inicio de este trabajo: cada vez es más frecuente encontrar mujeres embarazadas con anemia que al mismo tiempo son obesas y que tienen hijos desnutridos y obesos; incluso diabéticos, tanto la madre como los hijos.

¿Qué hacer ante tal panorama? Sin duda, una de las opciones más urgentes es el retorno al campo, es decir, volver a impulsar la agricultura, la producción interna de ciertos productos de gran importancia en la dieta de la población. A mediados de la década de los sesenta México exportaba maíz y trigo; en cambio, en nuestros días más de la mitad de los alimentos básicos (maíz, frijol) se importan, con los riesgos que tal dependencia entraña. Retorno al campo también significa reconstruir en la medida de lo posible los mercados locales y regionales de alimentos, e intentar por todos los medios asegurar el abasto de productos a bajo costo y de buena calidad. El campo requiere del apoyo masivo de las políticas públicas, así como mecanismos de apoyo a los pequeños productores con financiamiento y canales de comercialización adecuados. No es posible sostener más tiempo la idea de que el campo es un espacio exclusivo de unas cuantas empresas agroexportadoras de alta sofisticación tecnológica y económica.

Otra opción más simple, inmediata y barata es reforzar los hábitos y prácticas alimentarias que han probado sus virtudes, tales como la lactancia materna. La leche materna es uno de los alimentos más nutritivos y económicos, además de que constituye un medio eficaz de asegurar la salud y la supervivencia de los niños. Al mismo tiempo, a las criaturas les asegura una vida adulta más sana, con menor incidencia de sobrepeso, obesidad, hipertensión y diabetes de tipo II. Por si fuera poco, la madre, al dar pecho, también beneficia su salud.

Tomar medidas drásticas incluso radicales para aumentar la producción y distribución de alimentos de mejor calidad no sólo responde a intereses o a ideales justicieros o morales. También obedece a una conveniencia económica: los costos que implicará dar atención médica al creciente número de obesos se estiman en cantidades estratosféricas que difícilmente podrán ser cubiertas por cualquier sistema de salud. Invertir en la producción nacional de alimentos puede resultar a la postre más barato que atender las consecuencias del sistema alimentario mundial (diabetes mellitus, hipertensión, ciertos tipos de cáncer). Lo más lamentable es observar al Estado mexicano apoyando, en los últimos 30 años, a las grandes empresas trasnacionales (y algunas nacionales, LALA) del ramo alimentario. Desde la puesta en marcha en 1980 del Sistema Alimentario Mexicano

(SAM), parece que el Estado renunció a cualquier intento de protección alimentaria. Por lo visto, y ante el caos del mercado mundial, va siendo tiempo para que vuelva a pensarse en la soberanía, seguridad o autosuficiencia alimentaria de México. Sólo de esa manera podrá enfrentarse en serio y a fondo la paradoja que exhibe hoy la situación alimentaria y nutricional de nuestro país (y de muchos más).•

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