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La procesión de la virgen

El molesto sonido agudo de las campanillas me llevó hasta la ventana. Intentaba entonces escribir la primera carta de mi vida, y aunque no pensé en enviarla –lo preferí a desearlo y no tener a donde–, no escatimé esmero en redactarla.

Hace nueve meses que te fuiste, y aún continúo gestando tus palabras; la verdad nunca pensé que hablaras en serio. Me cuesta trabajo aceptar que tu pantalón, del que aprendí a despojarte en no más de cuatro movimientos, esté oculto ahora bajo faldas eclesiásticas.

Cada noche me propongo abandonar la idea de que algún día vuelvas, y antes del amanecer ya he roto mi promesa; lo primero que hago al despertar, si la necesidad de orinar no impera, es regar la millonaria que te regalé y que dejaste para hundirme en la peor de las miserias.

La oscuridad de las 8:45 de la noche me ofrece sólo siluetas de los que forman la procesión de la Virgen; en cambio, casi puedo adivinar hasta la forma de los ojos de canica de la figura; seguramente ostentan unas tupidas pestañas artificiales; alcanzo a distinguir los brillantes colores de la túnica a su paso bajo el poste de luz frente al edificio.

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Nada ha cambiado aquí desde que te fuiste, salvo que tu planta ha mudado todas las hojas, y hace un par de días descubrí una cana emerger como plaga entre el luto de mis ideas.  Procuro mantener la mente inmersa en quehaceres, pero sucede que, a veces, en mi cuerpo sobreviene el tedio y ya no lo distrae ninguno de sus juguetes.

“¡Miserable!”,me llamaste y, sin embargo, no recuerdo tu frase con agravio, porque fue la última vez que te dirigiste a mí y todas tus maldiciones me hubieran parecido frases endulzadas sabiendo que nunca más volverías a dirigirme media palabra.

Ahora casi estoy segura de que hubieras pasado por alto el motivo de mi demora a nuestra cita cuando cumplimos un mes; la verdad no pensé que tus raíces crecieran hasta romper el espacio de mi cuerpo y seguir su curso afuera. Los días con sus horas, minutos y segundos se me hicieron pocos durante los once meses siguientes, para arrepentirme de haber abierto la puerta a Juan media hora antes de las siete de la noche. El remordimiento me mordisqueaba con más saña cuando sabía que compartías con él tus proyectos, entre los que entonces yo aún me encontraba. Pero cometí el único fallo imposible de remediar para ti: no estar estando contigo.

Todo por mi maldita obsesión de recordar el nombre del personaje del cuento que me contaba mi madre en la infancia; lo trágico fue haberlo escupido veinte años después, cuando eyaculabas dentro de mí la noche 360 de habernos conocido.

Lo que deseamos evitar parece perseguirnos con radar, y esas siete letras como cábala aparecen ante mí en bardas, puestos de periódicos, ondas hertzianas y nombrando a un repugnante ser. Al cabo de algún tiempo terminé por digerirlo y así nombré al roñoso perro callejero que de vez en cuando suelo alimentar; a fin de cuentas, Agustín siempre vuelve a mí con la cola entre las patas, aunque le patee el trasero y se aleje con su chillido lastimoso.

Confieso que nunca creí imprescindible decir “te amo” al oído, si en mis viajes al abismo de tu cuerpo, en tus huesos siempre hice escala para tatuar a profundidad el rostro mismo del amor, que no se ha borrado para  ti, cuyos ojos aun en tu ausencia te siguen viendo.

El soplo del viento me azotó justo cuando la procesión de la Virgen dobló la esquina de la calle; cerré la ventana rápidamente y sentí erizados los vellos de mi piel. Corrí a ponerme un abrigo, y tras prepararme una taza de café de grano con dos de azúcar, continué escribiendo después del punto y aparte.

Hace unos instantes pasó la procesión de la Virgen, la misma quien dijiste pareció verte con ojos acusadores cuando contemplabas la noche de frente a la ventana, mientras yo sentía escurrir desde las comisuras de mi boca tu tibio y pálido esperma, hasta que desembocó en el cauce de mis senos, aquel apresurado amanecer.

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Nunca creí que cambiarías mi desnudez por su cuerpo andrógino, su pelo artificial, sus pestañas postizas y sus túnicas baratas.

No puedo evitar imaginar tu claustro, sus dimensiones frías y oscuras, así como la forma de irrumpir en él y robarte todo, después de despojarte de tu hábito y vestirte de mí.

Aunque mi cuerpo está sellado, la ventana permanece de par en par a los días de octubre, a la noche, sus sonidos y las procesiones de la Virgen. Quizá un día tú la encabeces; de ser así, seguramente correría a besar tu mano y pedir la absolución de mis pecados.

No pongas demasiada atención a la P.D. que dejo en blanco; sé que se usa para sujetar algún cabo suelto o hacer hincapié en algo pendiente, y entre nosotros todo dejaste sujeto y resuelto…, pero como creo que las cartas deben llevarla, no la omito.

La noche está madura; me asalta el reclamo del sueño, mi refugio preferido, donde puedo hacerte aparecer a mi antojo; lástima que tu permanencia no dependa sólo de mi anhelo.

Mañana, al despertar, lo primero que haré, si antes no siento la necesidad de orinar, es regar la millonaria; limpiaré sus hojas y la pondré en el pretil de la ventana para que reciba la luz del sol.

Publicado originalmente en el suplemento sábado del diario unomásuno. México, 8 de enero de 2000. pp.9.

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