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La resurreción según Mateo

por Laura Battistella / Traducción: Rosa María Fajardo

Siento que el fémur está por romperse, pero resisto. Estoy endurecido a lo largo del costado, en improbabile equilibrio sobre una barda, como un cuchillo apoyado del lado del filo. El hueso me molesta mucho -creo que desde hace media hora- y estoy pensando en una strategia alternativa


Darío me dijo que si te duele un diente tienes que tirar una piedra sobre el dedo gordo del pie, pero antes tienes que quitar el zapato para que sea más eficaz. Lo decía también mi abuela cuando finjía demasiado si me lastimaba, pero para hacerlo tendría que bajar de la barda y ahora no puedo.

Así, al acecho, estoy esperando a Sauria, la sorprenderé antes que se percate. Ella pertenece al orden de las escamadas, aunque no lo sé con seguridad. Cada día, apenas termino las clases corro a casa, como y me precipito aquí con la bici para el acecho. Acechábamos juntos -Darío y yo- antes que Albus Silente lo transportara abajo en la Sala de los Secretos, ahora, en cambio, es una misión que debo realizar solo.

Al inicio lo envidiaba un poco cuando me contaba que hay células cuyo destino no está aún decidido y son tan especiales para diferenciarse en muchos más tipos y reconstruír órganos enteros. Decía que un día también él habría de tener un cuerpo mutante como en los Transformers de Rete4. Pero una vez lo acompañé al departamento para iniciar la terapia, eramos los únicos niños y él estaba pálido, más pálido que las paredes, que, en cambio, estaban pintadas de rosa, amarillo y verde, como aquellas de arriba en Pediatría. Entró solo con Albus Silente, que es el doctor más potente del mundo, según él. Yo lo he esperado caminando para adelante y para atrás a lo largo de la sala de los pasos perdidos, pensaba que si me hubiera detenido sería absorbido por los cuadros de las paredes. Cuando salió de la Sala de los Secretos, Darío estaba mejor. Pero yo prefería igualmente realizar la misión de aquí, me gustaba el aire fresco.

El único problema es Sauria. Si no hace bastante calor ella no sale y sin ella mi investigación non avanza. Pero hoy hay sol, siento el sudor escurrirme entre el cabello y estoy seguro que pronto veré salir su cabeza plana. Arremeteró un golpe, cortaré su cola de tajo y terminaré mi investigación con gloria. Esto lo haré antes que mi hermana se de cuenta y me asalte, porque es una ambientalista radical y muerde. Muerde y de que modo. Ataca como un Spinosaurus del Cretáceo.

Hoy en la comida comuniqué a la familia mi Bien+ en la investigación de ciencias, pero la empollona –Excelente en todas las materias- me ha robado la escena, comenzando a describir aquello que sucede a las células de las Planarias seccionadas. De seguro me habrá espiado: sabía que estaba haciendo una investigación sobre la regeneración y se me ha querido adelantar. En esos momentos no la soporto, me enojo tanto que mi pensamento se va por cuenta suya y no puedo ya detenerlo. Imagino que le podría suceder algo realmente malo. Mientras habla resbala de la silla y golpea la cabeza. O también veo papá que abre su diario, descubre una nota de condena y la reprende fuerte. O que está comiendo algo, se le va chueco y se sofoca.

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Creo que por estos pensamientos iré al infierno. Es fea, esta cosa de los pensamientos: antes de cometer la acción has ya pecado. También por esto quiero terminar mi investigación, estoy seguro que alzará la media de los puntos con Dios, porque estoy rezando menos. Desde que Darío ha comenzado a estar mucho tiempo recostado con los ojos cerrados, pienso que si Dios nos observa, seguro se ocupará él. Pero si descubro como funciona eso de las células especiales podré ayudarlo a curarse, porque Darío sí que me entiende, es mi mejor amigo.

Ahora, silencio. Veo algo moverse en la fisura a los pies de la barda… Nada, nada, no es él. Pero hay una cierta confusión ahí abajo y quiero descender a mirar, pues creo que Sauria, por hoy, no se presenta. Con un salto estoy abajo. El hueso de la cadera parece agrietarse y me provoca un piquete profundo que me hace casi gritar, brincoteo y me masajeo avergonzado de mi debilidad de niñita: ¿cómo hará Darío para soportar este suplicio cada día? Luego de poco el dolor se calma y pongo en primer lugar el propósito de curiosear. Mi mirada va al enjambre en la base de la barda: ¿qué está sucediendo? Parece una montañita de hormigas blancas. No, es un pequeño mirlo sin plumas. Era.

Lo que creía hormigas en realidad son larvas que se dan un banquete, comiéndose al pequeño mirlo mohoso. Me acerco con cautela y una ráfaga amoniacal me enviste. Tóxico. Con esto entiendo que el rigormortis está superado y está ya en curso la acción de los microorganismos, me complazco yo mismo por cómo he estudiado bien. Pero madre mía, que feo final. Debió caer del nido, incluso antes de echar las plumas y volar. »È da schiattamuorto! ».*

Así diría Darío, que -aunque sea muy rubio- nació en Salerno y con él se comprende. En cambio mis compañeros de clase son unos papanatas, sólo hicieron gestos de asco mientras leía mi exposición sobre la autolisis celular. ¡Qué caras cara! Creo que no habrían entendido nada de aquello que desembuchaba mi hermana, yo en cambio ya lo sabía, debo sólo descubrir cómo funciona, es por esto que estoy aquí. El mecanismo de la regresión… Difícil pero no imposible, dice siempre mi papá, cuando me quejo que no soy capaz de hacer algo. El hecho es que muchos de los genes de las planarias están presentes en el hombre, estoy seguro de esto. Como estoy seguro que existe una pequeña medusa capaz de volverse niña a voluntad. Si adquiere una enfermedad, o se hiere, ella no muere para nada, regresa al estado de larva y comienza desde el inicio el ciclo de vida. Es como equivocarse de parada de autobús: no por bajarse estás muerto, sigues hasta la terminal y luego regresas. ¡Es una idea grandiosa aquella de la Turritopsis! Pero como aquí no está el mar del Tirreno, los experimentos los hago con las colas de las lagartijas. Luego debo descubrir en qué estado se encuentran nuestras células, y esto no es difícil. De hecho bastaría apoderarse del espediente médico del Departamento Prohibido, pero hay un sólo modo para poderla tomar: tener un permiso especial del Profesor. Y para esto necesito de la complicidad de Darío. Mañana lo voy a ver y le explico el plan.

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*

– »Esta cosa de la resurrección me parece peligrosa» -dice Darío, luego de haberlo escuchado attentamente-. ¿Y si me queda encima para siempre la piel de la Escamada?».

– »Luego de un poco desaparece» -dice Mateo.

–»Queda el hecho que apoderarse de la fórmula es muy difícil. Albus ha dicho que viene custodiada en el Departamento Prohibido de la biblioteca» -responde Darío.

–»Yo pienso -dice Mateo- que si lo hacemos pasar por una profundización teórica tendremos la posibilidad…».

–»¡Pero qué dices! ¡No cae ninguno!» -retoba Darío, y cierra el capítulo nueve del segundo volumen de la Escuela de Magia que han apenas representado de memoria. Ya han visto toda la serie de películas.

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Pero Albus Silente hoy no está. En su lugar llega un enfermero de bata verde. Todo vestido de verde con sandalias amarillo brillante y los botones abrochados sobre un abdomen rubicundo. Tiene un olor de desinfectante de pino. Es pequeño, muy gordo, masa boscosa de cabellos, barba anfisbena de dos cabezas, mejillas rechonchas, nariz porcina y la línea de las cejas unida e hirsuta. En la cabeza una gorra que parece minúscula.

El enfermero regula el suero, masculla como una tuba, abre con calma dos ojos pequeñísimos, primero uno y luego el otro, controla los documentos y sale. Los dos se miran fijos, tratan de contenerse pero las mejillas se inflan hasta lo inversosimil. Se llevan las manos a la boca y echan a reír. »¡Es Rubeus Hagrid!», exclaman los dos. Mateo ríe fuerte, recostado sobre el borde, tanto que rodando arriesga caerse de la cama. También ríe Darío con su voz sutil y hace ondear el tubo del suero. Imagina que está acostado sobre las margaritas del prado mirando las frentes plateadas de los álamos sombrear el sol sobre sus azules iris. Como una medicina la alegría se derrite en su sangre y trabaja. Ríe y siente el mal transmutarse en un fastidio más ligero, apenas un cosquilleo de insecto.

»Parece realmente Hagrid», suspira Mateo mirando el techo. Breves sobresaltos sacuden los pequeños pechos aún un poco, hasta que las risotadas se calman. La cama de ruedas ralentiza la oscilación y la calma interviene sincronizando el respiro, primero ligero, luego siempre más largo y profundo de los niños.

Hagrid pasa a controlar, da una ojeada dentro y se va con media sonrisa a lo largo del corredor, meciendo la gran cabeza peluda.

Una insólita neblina de verano traspasa los vidrios, algodonando las salas verdinas. Desde afuera, el campanario de San Jorge repica las dos y traza una sombra en la tierra, como una meridiana.

Toda la ciudad, perezosamente, duerme.

* El schiattamorto, famoso en el dialecto napolitano como schiattamuorto, indica, según las creencias populares, una persona de mal augurio; simboliza la llegada de la muerte, pues su tarea es llevarse a los difuntos. El schiattamuorto no es otra cosa que el impresario de pompas fúnebres.

Por Laura Battistella Traducción de Rosa María Fajardo @RosaMFajardoG La autora invitada del mes se presenta así: «Escribo desde la edad de ocho años porque soy un burro en matemáticas, pero almenos no sufro del síndrome de la página en blanco. En alternativa, puedo diseñar. En fin, ¡denme una pluma, pero no me hagan hacer cuentas!». Laura Battistella. *Publicado originalmente como «La resurrezione secondo Matteo«, en TRATTOLIBERO. Inpaziente Attesa. Raccolta di racconti, de la colección Quaderno di esercizi. Ed. Trattolibero. 2° edición. Italia. 2013. pp.13-19. Se publica con  autorización de la autora.

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