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Las enfermedades de la desigualdad

De acuerdo con un informe reciente de un banco suizo, el 1% más rico de la población mundial concentra actualmente el 50.4% de los patrimonios y el Coeficiente de Gini de distribución del ingreso es el peor en 100 años. OXFAM Internacional estimaba que en 2014 este 1% tenía el 49% del producto bruto mundial, y su prognosis era que, si no cambiaban las reglas de juego de la economía mundial, para 2019 tendría el 56%. Va en camino de cumplirse.


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La “corriente central de ideas” en economía considera que las grandes desigualdades son nefastas para el desarrollo: bajan el consumo; generan pobreza; reducen la productividad laboral; minan la cohesión social; aumentan la criminalidad; e incrementan la deserción escolar.

Hoy existen las “enfermedades de la desigualdad”; y algunas de las más mortíferas son el tabaquismo y la obesidad, las cuales tienen un perfil epidemiológico nítido. Según la OMS, la industria del cigarrillo es “la única que mata a la mitad de sus consumidores”. Con 6 millones de muertes anuales, es la principal causa de decesos, y ¿quiénes son los que más fuman? El 80% de los 1,000 millones de fumadores están en países de ingresos bajos o medios. Muchos no han terminado la secundaria, y son víctimas fáciles del marketing agresivo.

La obesidad es la causa central de múltiples enfermedades, y se ha duplicado desde 1980 (700 millones actualmente). Los niveles de ingreso y educación inciden muy significativamente; los sectores más modestos tienden a comer “comida basura” como la que se expende en el fast food, repleta de grasas ultrasaturadas, y tomar bebidas gaseosas en escala. Son un mercado cautivo del bombardeo publicitario que se lanza contra ellos, y no tienen recursos para comprar alimentos balanceados y con proteínas.

Estas cifras se reflejan finalmente en años de esperanza de vida y enfermedades. En México, que tiene el mayor consumo de gaseosas por habitantes del mundo, hay 50 millones de personas con sobrepeso, 70,000 muertes al año por diabetes, y un récord de niños obesos.

¿Se pueden enfrentar las desigualdades? Con seguridad. Dinamarca es uno de los líderes mundiales en años de vida, productividad y cero pobreza, y su fórmula es similar a la de los otros países nórdicos: protección universal en salud; educación gratuita; estipendios adicionales para los estudiantes; y hogares de cuidado de niños subsidiados. Una política fiscal muy activa paga estos y otros beneficios, y la recaudación fiscal significa casi la mitad del producto bruto. Su economía crece sanamente, es muy competitiva, y el país encabeza las tablas de felicidad.

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La política fiscal y las regulaciones son fundamentales para corregir y moderar las desigualdades que generan los mercados, que serán mayores cuanto más concentrados.

Se puede tener una muy completa visión de cómo funcionan algunos de los mecanismos que activan las desigualdades en el nuevo libro de Alfredo Zaiat “Amenazados” (Editorial Planeta, 2015). Zaiat, autor de obras económicas de extendido uso como “Historia de la Economía Argentina en el Siglo XX” con Mario Rapaport, y “Economía a contramano” (un best seller), analiza con documentación totalmente actual, temas vitales para entender el problema. Así refiere que las intervenciones de la política pública a través de los sistemas de protección social y políticas fiscales progresivas han mejorado el Coeficiente de Gini en un 46% en Finlandia, en un 42% en Alemania, en un 42% en Dinamarca y Noruega, en un 40% en Francia y en un 39% en Suecia.

La obra examina en detalle el funcionamiento concreto en casos reales de la especulación financiera, que es unas de las razones del aumento de la desigualdad. También muestra cómo la acción monopólica favorecida por el debilitamiento de las regulaciones públicas la acentúa, aumentando precios y reduciendo el valor real de los salarios. Algunos de los análisis de esta sugerente obra aparecen muy presentes a la luz de casos como el de Volkswagen. La empresa líder del mundo en producción automotriz vendió, como se sabe, 11 millones de autos, que enviaban a la atmósfera un gas peligroso, nitrógeno óxido. Las emisiones de sus autos eran 40 veces mayores a las fijadas legalmente en USA, y engañó sistemáticamente a las autoridades con una aplicación informática escondida que las bajaba cuando había inspecciones. Dice el New York Times que el gas que lanzaba “irrita los pulmones, aumenta las inflamaciones, puede bajar la resistencia a enfermedades respiratorias, y puede aumentar el riesgo de enfermedades graves o de muerte para aquellos con condiciones como asma y obstrucciones pulmonares crónicas. La gente mayor, que es más probable que tenga estos problemas, es particularmente vulnerable”. VolksWagen lograba con la emisión de los gases prohibidos hacer subir la potencia de sus motores. El trueque era más potencia y ventas por más riesgos pulmonares para la población. ¿Qué habría sucedido si no hubieran políticas regulatorias firmes?

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Una nueva obra de Robert Reich, ex ministro de Trabajo de Clinton, “Salvando al capitalismo”, plantea que el nivel de desigualdades lo erosiona, y que es impresionable lograr que haya más inclusión de las mayorías. Destaca entre otros puntos que en 1978 los CEO de las grandes empresas ganaban 30 veces el sueldo promedio y en 2013 eran 296 veces. Reich propone, entre otras reformas, políticas públicas que creen un ingreso mínimo garantizado.

Un disparador de desigualdades es el cambio climático. Como lo demuestra el Papa Francisco en su Laudato Sí, afecta mucho más a los pobres del planeta. Dice que para ellos no es algo que va a suceder sino que está sucediendo. Un informe de la ONU para el Congreso de París lo ratifica. Durante las dos últimas décadas hubo 335 desastres naturales por año, el doble que una década atrás, y han generado 600,000 muertos, afectado a más de 4,000 millones de personas y producido daños económicos por 1.9 trillones de dólares. Los perjudicados han sido, en primer lugar y a gran distancia, los campesinos pobres, los pescadores, los marginales urbanos cercanos a aguas y otros desfavorecidos. Las inundaciones que también América Latina y Argentina vienen experimentando han dañado las vidas de 2,400 millones de personas.

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La economía es con frecuencia una ciencia que sólo razona en términos herméticos, que no presta cuidado mayor a quienes pagarán los costos de los ensayos de políticas económicas. Frente a la explosión de desigualdades sería muy útil escuchar atentamente la recomendación de una de las grandes pensadoras económicas contemporáneas, Joan Robinson, que resalta Alfredo Zaiat en su aguda obra: “el propósito de estudiar economía no es el de adquirir un conjunto de respuestas prefabricadas a las cuestiones económicas, sino aprender cómo evitar ser engañado por los economistas”.

Bernardo Kliksberg
Integrante del Comité Directivo del Alto Panel Mundial de Seguridad Alimentaria. Ha recibido la condecoración Orden al Mérito Civil de España. Entre sus obras, es coautor con el Amartya Sen (Premio Nobel de Economía) de “Primero la Gente”. Asesor especial de la ONU, PNUD, UNESCO, UNICEF, OIT, OMS, OPS y otros organismos internacionales. Es autor de 57 obras traducidas a múltiples idiomas.

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