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Le hemos fallado a la niñez mexicana: Mario Luis Fuentes

Le hemos fallado a la niñez mexicana: Mario Luis Fuentes

«La niñez mexicana vive, desde hace décadas, una situación dramática. Puedo decir, con autocrítica, que todos le hemos fallado a las niñas y niños de México».

El gobierno de la República dio a conocer el Programa Nacional de Protección a Niñas, Niños y Adolescentes, 2020-2024. Presentamos a continuación el mensaje que pronunció el doctor Mario Luis Fuentes (@MarioLFuentes1) durante el evento:

Como Universitario y como integrante del Consejo Consultivo del Sistema Nacional de Protección a las Niñas, Niños y Adolescentes (SIPINNA), debo hacer algunos acentos sobre la situación de la niñez mexicana.

La niñez mexicana vive, desde hace décadas, una situación dramática. Las cifras y diagnósticos de que disponemos impiden calificarla de otra manera: la mitad de quienes tienen menos de 18 años viven en pobreza; más de dos millones de menores de 17 años trabajan y el 90% de ellos lo hace en condiciones peligrosas y prohibidas por la Ley para su edad.

La tasa de mortalidad infantil se ha reducido, pero lo hace de manera lenta y desigual en el territorio nacional; y mantenemos indicadores impresentables en materia de mortalidad por enfermedades respiratorias, diarreas y por desnutrición. Cada año fallecen más de 28 mil niñas y niños antes de cumplir su primer año de vida, y se estima que el 60% de esas defunciones serían prevenibles.

La educación básica no es todavía universal para quienes tienen menos de 18 años; y la calidad y eficacia de la enseñanza son deficientes al grado de que, la inmensa mayoría de quienes egresan de secundaria y bachillerato no comprende lo que lee ni tampoco logra desarrollar capacidades de abstracción y pensamiento matemático.

En el tema educativo debe añadirse, la responsabilidad que tienen las escuelas: la escuela debe ser más que una escuela -ratificado así incluso por la Suprema Corte de Justicia de la Nación-, lo que se requiere es que se conviertan en auténticos espacios de cuidado y formación física y espiritual de la niñez; espacios constructores de ciudadanía; y de los mejores valores republicanos que pueden promoverse como base de una sociedad igualitaria y respetuosa de los derechos humanos.

La obesidad está haciendo estragos entre la niñez, y les condena a un futuro de enfermedades crónico-degenerativas que reducirán significativamente el número de años de vida saludable; mientras que la violencia nos ha colocado en el extremo de ser parte de quienes deberán dar testimonio de las tres niñas y niños que todos los días mueren asesinados en el territorio nacional.

¿Cómo es que llegamos hasta aquí? Durante las últimas tres décadas he trabajado en el gobierno, la academia y la sociedad civil, en la generación de acciones para garantizar universalmente sus derechos; y a pesar de que se ha avanzado, se ha hecho lentamente y estamos aún muy lejos de ser un país apropiado para la niñez. Puedo decir, con autocrítica, que todas y todos les hemos fallado a las niñas y niños de México.

 En la década de los 90 se creó en Programa Nacional de Acción a favor de la Infancia; ejercicio que se replicó, en otra lógica, en la década de los años 2000. A partir del 2010, la planeación en materia de derechos de la niñez se abandonó y sólo hasta la aprobación de la Ley General de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes, se planteó, una vez más, la construcción de un sistema nacional de protección que, pese a la atinada idea de articular todo el esfuerzo público en la materia, apenas ha conseguido sentar bases mínimas para su operación.

Debemos plantear, en ese contexto, ¿qué significa hoy este Programa Nacional? ¿Cómo dar cumplimiento al mandato constitucional del artículo 4º y del artículo 1º?

Debe reconocerse, desde esta perspectiva, que disponer de un nuevo programa es un instrumento necesario, pero no suficiente para transformar la terrible realidad que enfrentan millones de niñas y niños, sobre todo los que viven en las peores condiciones de pobreza, abandono, maltrato y violencia.

En esa misma lógica, es preciso añadir que hay tres grandes obstáculos estructurales que vencer para avanzar con la velocidad que se requiere, en la garantía plena de los derechos de las niñas y los niños, para ello es imperativo:

1. Es inaceptable atender a las niñas, niños y adolescentes bajo ese mantra que tanto se repite en muchas partes del gobierno: “no hay recursos”. En ese sentido, es necesario exigir ahora, no para el 2021, que el gobierno federal y la Cámara de Diputados hagan lo necesario para que haya recursos suficientes no sólo para implementar este programa que es esencial, sino para dar vigencia a todas las leyes que tenemos para proteger y garantizar los derechos de las niñas, niños y adolescentes. La austeridad no es una opción cuando se trata de políticas de infancia, porque va en contra del principio de su interés superior, que implica, invertir hasta el máximo de los recursos de que dispone el Estado, además teniendo en cuenta el derecho de prioridad que les asiste.

2. Darle operatividad efectiva a los mecanismos de  coordinación interinstitucional; así como para la adecuada concurrencia entre la Federación, los Estados y los Municipios. Porque esta es una agenda que le compete cumplir a todos, con el carácter prioritario y urgente que le caracteriza en sus raíces más esenciales.

3. El tercero, fortalecer a las instituciones responsables del cuidado y protección de la infancia: y esto va desde el Sistema Nacional DIF, pasando por las Procuradurías de defensa de sus derechos; hasta instancias coordinadoras de Sector, como la Secretaría de Salud y la Secretaría de Educación, la cual, por ejemplo, frente al caso terrible de Fátima, mostró sus límites y deficiencias mayores.

En este contexto, el Gobierno de la República está obligado a construir una agenda integral de Desarrollo que tenga como eje proteger  y salvaguardar a la infancia, una agenda que nos convoque a todas y todos; se trata de una problemática que nos incumbe profundamente, porque no puede haber un imperativo categórico mayor en nuestros días que proteger a todas las niñas y niños que tienen un pie en el territorio nacional.

En los últimos años hemos visto las dolorosas imágenes de Valeria, muerta ahogada en los hombros de su padre, en su intento desesperado por llegar a los Estados Unidos de América; y en días recientes, otra vez, el caso de Fátima, asesinada cruelmente porque, al igual que en el caso de la Guardería ABC, fallaron todos los tramos de control e intervención que debieron haberse activado desde el Estado, y eso por supuesto incluye al gobierno de la Ciudad de México y hasta el de la Alcaldía donde ocurrió la barbarie.

Ya no podemos seguir siendo un país que entierra a sus niños y niñas porque no pudimos protegerlos. Ya no podemos seguir siendo un país donde hay un millón de hogares en que no tienen nada qué llevarse a la boca y se acuestan a dormir con hambre. Ya no podemos seguir siendo un país con un modelo de desarrollo que, cuando no los arroja al peligroso mundo del trabajo, los sitúa en perversas condiciones de vulnerabilidad que permiten su enganche y explotación inmisericorde.

Implementar este programa implica necesariamente dos cosas que es urgente construir: un pacto político nacional a favor de la niñez, desde el cual se redefinan prioridades presupuestales y de política pública; y un pacto cultural que, a la par de una nueva conciencia feminista, derribe la visión adultocéntrica del mundo, desde la cual se piensa que las políticas para la niñez se construyen pensando en el futuro, y no en el aquí y el ahora.

Es el momento de la niñez; es imperativo tomar la decisión de que este sexenio sea el de los derechos de la infancia; que la propuesta de una cuarta transformación, el constante llamado del jefe del Estado mexicano a una renovación espiritual consista en esto: en una nueva civilidad cimentada en la plena convicción de vivir en igualdad sustantiva entre mujeres y hombres; y de propiciar condiciones para una vida digna, generosa con todas las niñas y niños del país.

No hay más tiempo que perder. La hora de las niñas y los niños es la de este momento. Porque de aquí, deberíamos salir con la convicción y compromiso, de que nunca más se volverá a hablar de Fátima o de Valeria; ni de los cientos de miles de historia de tristeza y abandono en que viven millones de familias mexicanas.

Así, la urgencia del hambre, de la enfermedad y la muerte evitable; y la erradicación de las múltiples violencias que se ejercen en contra de la niñez, deben ser el centro de una renovada convocatoria a la unidad nacional; a la construcción de un nuevo proyecto de nación que se sienta orgullosa de que, en nuestro territorio, ninguna niña o niño ve incumplidos sus derechos por acción y peor, por omisión del Estado.

Debemos comprender que, parafraseando a Benedetti, la infancia debe ser otra cosa:

Habrá que meter en un saco la infancia perdida, sólo después con las manos adultas, ya de regreso, podrá uno permitirse subir al desván y revisar las fotos en sepia de una infancia que fue digna.

Lee también: «LA SALUD DE TODOS LOS NIÑOS DEL MUNDO ESTÁ EN PELIGRO: OMS-UNICEF-‘LANCET’»

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