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Los aduladores en Palacio

Los aduladores en Palacio

Plutarco es considerado uno de los grandes moralistas en la historia del pensamiento. Nació en Queronea, Boecia, en la región de la Grecia Central, alrededor del año 50 de nuestra era. Vivió en Atenas, pasó un tiempo en Egipto, vivió también en Roma por una temporada y viajó a varias ciudades del mundo antiguo, conociendo a varios de los filósofos, científicos y políticos de su tiempo. Su preocupación era el peligro que representan los aduladores en palacio.

Sigue al autor en Twitter: @saularellano

El problema con los aduladores

Entre sus numerosos textos, hay uno titulado “Cómo distinguir a un adulador de un amigo”. Se trata de un breve libro dirigido a su amigo Antíoco Filópapo, a quien alerta respecto de lo peligroso que resultan los aduladores, sobre todo por su capacidad de aparentar ser auténticos amigos.

A pesar de lo anterior, Plutarco identifica varias diferencias esenciales. Muchas de ellas pueden parecer obvias a primera vista, pero que, en la vida cotidiana, resulta muy difícil adivinar y descubrir en torno a quienes nos rodean. De esta forma, en primer lugar, Plutarco advierte que el adulador es una especie de camaleón, que muda de opiniones, como aquel cambia de color de acuerdo con la superficie en la que se para.

Las y los amigos no temen enfadarnos e incluso reprendernos, no con un afán vano, sino porque se preocupan por nuestro bienestar y por nuestra congruencia. La auténtica amistad busca el crecimiento del intelecto y las virtudes morales, y no teme el enojo de quien, siendo igualmente una o un amigo inteligente, habrá de comprender y procesar en algún momento que nuestro disentimiento es genuinamente motivado, y aún estando errados, fundado en la preocupación por el bien del otro.

Las características de los aduladores

En cambio, quien hace de la adulación profesión, busca todo el tiempo agradar, aún a costa de su dignidad e incongruencia. No le importa mudar de opinión o posición respecto de ciertos temas, y no es poco frecuente escucharle decir estar de acuerdo con aquello que antes odiaba, con tal de estar bien ante los ojos de quien pretender endulzar el oído.

La adulación, dice Plutarco, es sumamente peligrosa, porque regularmente se practica frente al poder, ya sea económico o político. Dice el filósofo: “…así, observamos que la adulación no acompaña a las personas pobres, anónimas y débiles, sino que es traspié e infortunio de grandes casas y grandes asuntos y, con frecuencia, destruye también soberanías y principados…”

Desde esta perspectiva, Plutarco consideraba que las personas que hacen de la adulación, profesión, son auténticos parásitos. De ellos dice: “todo su cuerpo es vientre, ojo que mira por todas partes, una bestia que camina sobre sus dientes”. Y en otro lado les compara con los piojos, pues como éstos, una vez que obtienen lo que deseaban del poderoso, huyen y le dan la espalda: “En efecto, los piojos se marchan de las personas muertas y abandonan sus cuerpos, al perder la vitalidad la sangre de la que se alimentan; y así, es completamente imposible ver a los aduladores aproximándose a asuntos enjutos y fríos, pero se acercan y medran junto a las honras y los poderes, y en los cambios desaparecen con rapidez”.

No es casual que el poeta Bertolt Brecht, en su poema “Epitafio para M”, escribiese:

“De los tiburones logré escapar.

Al tigre lo derribé a tiros.

Los que me devoraron

fueron los piojos”.

Los aduladores en Palacio

No conviene a ninguna persona que ejerce el poder estar rodeado de una corte de aduladores; éstos le dirán lo que quiere escuchar y pondrán ante sus ojos todo aquello que, como el oro, resplandece, pero que no resistirá el ácido de la realidad.

Hay gobernantes que pierden la humildad ante el halago fácil; y es tal la capacidad de seducción de los gusanos que adulan, que incluso le llevan a la perdición porque nublan su juicio y buena razón.

Por eso, el poderoso debe rodearse de auténticos amigos, seleccionándolos entre quienes mejor se han ejercitado en el arte de la franqueza, en la oportunidad, la buena puntería para la crítica, y un temperamento moderado.

Vaya que urge la lectura de Plutarco en Palacio.

Investigador del PUED-UNAM

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