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por Luis Rosales

Con base en el informe presentado en marzo de 2010 por la Secretaría de la 63ª Asamblea Mundial de la Salud, se acordó designar el 28 de julio como el Día Mundial contra la Hepatitis. Menciona ese informe que “(…)las hepatitis siguen siendo un grupo de enfermedades poco conocidas y muchas veces no diagnosticadas ni tratadas”; cabe agregar que ese conjunto de patologías tienen como característica común la infección primaria del hígado y son clínicamente similares pero etiológica y epidemiológicamente diferentes


Un ejemplo claro de la dinámica que le imprime el —cada vez— mejor conocimiento de estas enfermedades nos lo ilustran los cambios ocurridos en las clasificaciones utilizadas para cuantificar la mortalidad y la morbilidad por causa: la octava revisión de la clasificación internacional de las enfermedades de 1965 sólo diferenciaba a la hepatitis infecciosa de la consecutiva a transfusión sanguínea, mientras que en la novena revisión de 1975 se categorizaban las hepatitis víricas A, B y las de otro tipo, y la décima revisión incluye ya las hepatitis virales agudas A, B, C y E.

Actualmente, a las hepatitis A y B se agregan las C, D, E, F y G según los virus causantes de la enfermedad. Las tres primeras, tanto por su frecuencia, gravedad y letalidad (muertes que ocurren en los enfermos) son, con mucho, las de mayor peso y trascendencia. En el mundo se registran cada año 1.4 millones de casos de la hepatitis A, en tanto que el número de infectados con la B se estima en un tercio de la población, equivalente a 2 mil millones; y 150 millones padecen la infección crónica por la tipo C. Además, 57% de los casos de cirrosis hepática y 78% de los de cáncer primario de hígado son debidos a infecciones por los virus de la hepatitis B y C. Las defunciones en su conjunto se calculan entre 500 y 700 mil anualmente, la mitad de ellas por hepatopatías relacionadas con la hepatitis C.

Los virus de la hepatitis A y B son muy resistentes a los desinfectantes y a las variaciones físico-químicas del ambiente. Las medidas que garantizan su destrucción son la esterilización en autoclave y el calor seco (180° C). Los virus A se propagan directa o indirectamente por contaminación fecal, orina y sangre; la infección oral por alimentos o agua contaminados; y a partir de la ingestión de mariscos: ostiones, almejas, cangrejos, etcétera. Los virus B tradicionalmente se consideran infectantes por la vía parenteral, en particular por transfusiones sanguíneas, plasma o suero y fibrinógeno, así como el uso de jeringas y agujas deficientemente esterilizadas. Los virus C se transmiten por la misma vía parenteral en un 90%.

Por lo anterior, los grupos de riesgo para infectarse por virus A son las comunidades con malas condiciones en aprovisionamiento de agua potable, disposición inadecuada de excretas y pobres en hábitos higiénicos; por otra parte, los candidatos a infectarse con virus B y C son los usuarios de drogas inyectables, personas sujetas a hemodiálisis y quienes reciben transfusiones sin los debidos controles del producto.

El período de incubación, o sea el tiempo que transcurre entre el contacto con el virus y las manifestaciones clínicas de la enfermedad, tiene un amplio rango en días, pero los valores medios son para la hepatitis A de 21 días, para la B de 70 y para la C de 50. El inicio de la enfermedad se da con ataque al estado general: falta de apetito, malestar abdominal, fatiga extrema, cefalea, fiebre moderada y la coluria, que consiste en la presencia de bilis en la orina que se traduce en coloración oscura. Aparece la ictericia (coloración amarillo verdosa de la conjuntiva de los ojos y de la piel), producida por la elevación de los niveles de bilirrubina en la sangre, la que dura entre dos y tres semanas.

Las hepatitis, particularmente la tipo A (HA), se resuelven en alrededor de cuatro semanas sin dejar secuelas ni cursar al estado de portador sano. En cambio, una proporción menor al 10% pueden transitar a estados graves con hemorragias del tubo digestivo, alteraciones neurológicas y estado de coma hepático, o inclusive a las denominadas formas fulminantes. Otros cursos indeseado son las formas prolongadas o crónicas de la enfermedad, notablemente la hepatitis tipo C (HC), en proporción cercana al 100%, que determina en las personas la característica de portador inactivo del virus. La enfermedad induce a una inmunidad de por vida y su incidencia es más peligrosa conforme se incrementa la edad, sobre todo en los casos de existir hepatopatías de fondo. Los casos fulminantes pueden ocurrir a cualquier edad. Encuestas sero-epidemiológicas indican que en nuestro país cerca del 100% de la población adulta ha desarrollado anticuerpos específicos contra la HA.

El tratamiento de la enfermedad en el caso de la hepatitis A es de orden general y consiste en reposo relativo en cama, dieta rica en carbohidratos, proteínas y restringida en grasas. El manejo de fármacos es muy limitado y justificado sólo en las formas graves.

Como medida de protección específica, en nuestro país se aplica la vacuna contra la hepatitis B, misma que se incluye en el esquema nacional de vacunación y consiste en la aplicación de tres dosis a los 2, 4 y 6 meses de edad, con un refuerzo a los 12 años.

En el orden sanitario se prescribe el aislamiento del enfermo durante los diez primeros días; la desinfección de desechos y secreciones del enfermo; la notificación obligatoria a la autoridad sanitaria; en los contactos de mayor trato familiar directo se justifica la inmunización pasiva con globulina gamma para prevenir la enfermedad; y, en su caso, atenuarla.

En cuanto a la mortalidad por causas de seguimiento epidemiológico correspondiente a 2009, se conocieron 128 defunciones por HB, 712 por HC, 145 por HA y 29 por otros tipos. Estas cifras no traducen la magnitud del problema en los valores esperados, lo que es atribuible en buena medida a la cobertura y calidad de la certificación médica de la causa de muerte.

El Día Mundial contra la Hepatitis seguramente coadyuvará a fomentar la toma de conciencia sobre la enfermedad, difundir su conocimiento y a fortalecer su prevención y control.•

Referencias:

I. 63ª Asamblea Mundial de la Salud. Hepatitis virales. Informe A 63/15 de la Secretaría. Ginebra. Marzo de 2010.

II. Halabe Cherem, J. y Angulo Vázquez F. Hepatitis viral. Monografía. Revista de la Facultad de Medicina de la UNAM. Vol. 43 No. 3 México. Mayo-junio de 2000.

III. World Gastroenterology Organization. Practice guidelines. Manejo de la hepatitis viral aguda. 2007.

IV. Panduro, A. et al. Epidemiología de las hepatitis virales en México. Salud Pública de México. 2011. Volumen 53 Suplemento 1: 537-545

V. Información Epidemiológica de Morbilidad. Anuario 2010. Versión Ejecutiva. SINAVE/DGE/SALUD. México. 2011

VI. Panorama Epidemiológico y Estadístico de la Mortalidad en México 2009. SINAVE/DGE/SALUD. México. 2011

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