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Miradas sobre las juventudes contemporáneas

por Elí Evangelista Martínez

Las juventudes son procesos históricos, porque siempre son una parte de la memoria de la sociedad; son pilares distintivos de la misma, donde adquieren sus propias significaciones histórico-culturales que no son únicas, unitarias o unidimensionales y que les permiten insertarse institucional o alternativamente en los diferentes pilares de la sociedad, tanto a nivel micro, meso o macro social. Por lo anterior, la definición de las juventudes no es solo situacional, sino principalmente contextual y estructural, y es variable y cambiante, depende del espacio donde se desenvuelve: en relación con la familia; las redes de amistad; la escuela; los espacios de ocio e interacción; el barrio; la comunidad; la colonia; el pueblo; el municipio; la ciudad; el país; el continente; el mundo.


Al hablar de las juventudes es indispensable tomar en cuenta que al ser un fenómeno socio-histórico suponen ser también construcciones sociales y culturales, por lo que lo juvenil deja de ser una etapa de la vida basada solamente en una delimitación cronológica o en una edad determinada, llegando a configurarse en una construcción social y cultural que adquiere significaciones, sentidos, historias, procesos, identidades y culturas propias. Por esa razón, al referirnos a las juventudes como construcción social y cultural es indispensable tomar en cuenta las condiciones, normas, prácticas e instituciones que ayudan a caracterizar, distinguir o identificar a los y las jóvenes de los no jóvenes. Además a este conjunto de condiciones sociales, se les suman una serie de imágenes, atributos, valores y ritos asociados cuasi exclusivamente a ellos, aunque es muy importante mencionar que un elemento central en el marco de las juventudes y sus condiciones sociales es incluir las diferencias y desigualdades propias de nuestras realidades, ya que esto se reflejará también en los mundos juveniles.

Sus miradas sociales:

Los mundos plurales, diversos y desiguales de las juventudes no pueden ser expresados sólo como imágenes estáticas, mecánicas, evolutivas. No hay una condición juvenil única ni una realidad común para todas las juventudes, porque nunca son homogéneas ni uniformes, sino diversas y plurales, por eso se propone hablar de “las juventudes” en lugar de «juventud». Asimismo, se puede observar cómo las posiciones, prácticas o propuestas que las juventudes desarrollan en la sociedad y el papel que juegan en su devenir son uno de los temas más polémicos, controversiales y posicionados social y políticamente. Por eso las polémicas que se dan sobre la situación de las juventudes habitualmente están atravesadas por imágenes sociales paradójicas o dicotómicas: se les presenta desde perspectivas que expresan intereses de los adultos sobre sus asuntos, pero también se les identifica como sujetos sociales plenos que le dan autonomía a sus propias vidas y a sus relaciones sociales. Podemos encontrar, entre otras, las siguientes miradas sociales sobre las juventudes contemporáneas:

Las juventudes tuteladas

Es una mirada que se centra en entender al joven como persona tutelada, necesitada de apoyo, atención y acompañamiento por alguien necesariamente adulto. Por eso se basa en una perspectiva adultocéntrica del ser joven, donde este requiere un tutor, nunca joven, siempre adulto, que le indique el camino a transitar para dejar de ser joven e integrarse a la vida adulta. Esta mirada siempre tiene una visión vertical y excluyente donde se les asigna a las y los jóvenes connotaciones como adultos incompletos, personas en formación que requieren a otra persona “no joven” que los guíe, acompañe y tome decisiones por ellos, o aún más, que les diseñe el camino a transitar.

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Se considera el joven como persona en preparación, que no está listo para enfrentar al mundo, que está en espera de asumir los roles del adulto, quien es conceptualizado como el ideal de ser humano, por lo tanto, las juventudes tienen que prepararse para llegar a ser a imagen y semejanza de los adultos.

El adultocentrismo, por eso, es una visión del mundo donde se replantea que sólo los sujetos adultos son las personas que están «preparadas» para dirigir la sociedad y que son el modelo de desarrollo ideal, al tener experiencia y madurez. Podemos decir que en esta mirada social el adulto es concebido como centro y motor de la sociedad y le son atribuidas características como la completitud; la madurez; la experiencia; la capacidad de producir; la posibilidad de dar opiniones respetables; la centralidad; la capacidad de dirigir a la sociedad al contar con los fundamentos para la toma de decisiones.

En contrasentido, se define al joven como la negación del adulto, como una persona que requiere un tutor que le diseñe su plan de vida, asociando al joven con la inmadurez; inexperiencia; incapacidad de decidir; sin conocimiento autónomo; sin saberes suficientes; con atributos que se relacionan con lo desorganizado; lo desordenado; lo aislado; lo anómico; lo trunco; lo inacabado; lo imperfecto; etcétera; por lo que se cimenta en conceptos como tutela; tutoría; atención; contención; orientación; asistencia; control; dádiva; protección; y ayuda.

Juventudes como problemas

Para esta mirada social al joven se le conceptualiza a través del cristal de la problematización de los mundos juveniles y de una mirada criminalizadora y coercitiva: ser joven es igual a ser problema o carencia, ser delincuente o presunto criminal, ser persona peligrosa o en riesgo social, subversiva y cuestionadora del orden social, por eso se basa en una definición y conceptualización del ser juvenil que se sustenta en una categoría de problema. En el marco del joven problema solo se resaltan o visualizan los atributos negativos de las juventudes, dejando de lado los positivos; se mira a las juventudes en relación con vida social compleja, peligrosa, amenazadora, caracterizada por la rebeldía, la desobediencia y por no tomar importancia a los aspectos de la vida social.

Desde esta postura se considera a las juventudes como “subculturas” desintegradas del sistema, marginales y anómicas, como “contraculturas” subterráneas, oscuras, peligrosas, subversivas y contestatarias al sistema; y finalmente, como población en “riesgo social”: delincuentes en potencia; desempleados y prescindibles socialmente; pobres e indigentes; sectores vinculados a las enfermedades, sexuales principalmente, y a las adicciones. Es decir, esta mirada es estigmatizadora, criminalizadora, moralista, maniquea, basada en visiones que identifican al joven como problema y no como sujeto social con problemas pero también capacidad de resolverlos; se inscribe a verlos más como victimarios que como víctimas; y a identificarlos como incapaces, inhabilitados o no empoderados, antes que verlos como potenciales candidatos a resolver socialmente sus problemas y aportar a la solución de los de toda la sociedad, teniendo como principios de acción lo coercitivo y lo orientado al control o la regulación social.

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Juventudes consumidoras

La mirada del joven como objeto de consumo tiene cuatro grandes orientaciones. La primera identifica a los jóvenes como potenciales consumidores de elementos materiales que produce el mercado para su reproducción socioeconómica (ropa; moda; estéticas; música; tiempo libre; lugares de la nocturnidad; tecnologías de información y comunicación); la segunda los visualiza como consumidores simbólicos de estilos, imágenes, estéticas y discursos que les otorgan un sentido e identidad como juventudes, frente a la sociedad “no” joven; la tercera los vislumbra como consumidores en los procesos de producción, creación, distribución y comercialización de modas, estilos e imágenes culturales propios; mediante sus propias microempresas, cooperativas juveniles, bancos del tiempo o espacios de trueque, aunque también con la piratería o falsificación de prendas, marcas y otros instrumentos; y el cuarto enfoque los ve como consumidores de lo “negativo” del sistema: sustancias, drogas lícitas e ilícitas (desde la perspectiva criminalizadora y desde la perspectiva del uso social de drogas y reducción del daño). Por ello la condición juvenil del consumo se construye no solamente por el consumo material (ropa, moda, información, tecnologías), sino también por los procesos de producción, creación y consumo simbólico, por el consumo de los bienes, servicios o instrumentos producidos por ellos mismos y por consumir o usar socialmente “lo negativo del sistema”, como las sustancias o drogas lícitas o ilícitas.

Instrumentos

Esta mirada configura al joven con potencialidades, riquezas, oportunidades y fortalezas, pero utilizándolas para cubrir intereses no necesariamente vinculados a las demandas de las mismas juventudes. Este perspectiva expropia el poder, orienta las fuerzas juveniles, controla sus energías para lograr objetivos vinculados a las esferas de lo “no” juvenil, por lo que se prioriza un esquema utilitario, instrumental. Resalta los rasgos que la distinguen como el vigor físico, la acción incansable y la frescura juvenil, pero mediatizándolos, utilizándolos o instrumentalizándolos para otros fines o intereses que van más allá de las mismas juventudes, por lo que este enfoque se vincula a la persuasión, coerción y control social.

Las juventudes invisibles

Esta mirada invisibiliza al joven en el presente, porque no lo ubica en el contexto actual como actor y protagonista, sino que lo traslada de manera ahistórica a un futuro imaginario, que no tiene sustento en le realidad, que se proyecta sin fundamento y que por lo mismo no necesariamente existirá. Las juventudes desde esta mirada se vislumbran como lo que no existe hoy, pero que quizá existirá en el mañana; son vistas entonces como el futuro de nuestras sociedades. Las juventudes son un futuro, no presente, son proyección, no contexto, es enfoque que sólo imagina o proyecta un futuro, el joven desaparece del contexto histórico-social y aparece en un supuesto futuro sin sustento estratégico.

En términos prácticos, se invisibiliza o se saca de la escena actual a las y los jóvenes con un discurso de algo que va a ser probablemente, pero que no es en los momentos actuales o presentes. Por eso le otorga a las juventudes potencialidades para el futuro, pero no para actuar en el presente, la percibe en un futuro incierto, negándola en el presente real y difícil, vinculándose a esquemas ahistóricos, casuísticos y descontextualizados de aquí y del ahora social juvenil.

Una mirada alternativa: las juventudes como sujetos sociales

Esta mirada identifica a las y los jóvenes como sujetos sociales plenos; es decir, los potencia como actores activos; proactivos; sinérgicos; movilizados; en constante cambio; con posibilidades para desarrollar propósitos y finalidades transformadoras; dentro del entorno que los identifica; buscando siempre tomar decisiones colectivas que les permitan establecer espacios para crear y recrear sus intereses y expectativas, a través de planteamientos estratégicos y de acciones afirmativas. Se les ve también como actores sociales que colectivamente definen y logran concretar objetivos y metas, que cuentan con la capacidad de comunicar y generan conciencia de ciudadanía, protagonismo juvenil como acción cultural y política.

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Además, esta mirada social es histórica y contextual ya que involucra a las juventudes en su presente de manera activa, considerándolas estratégicas para el desarrollo de la sociedad, priorizando aspectos positivos, críticos o propositivos, como la inclinación a participar en cuestiones solidarias, orientadas al compromiso social dentro de sus entornos y más allá de ellos. Además, resalta la visión sinérgica de las juventudes para vislumbrarlas como colectivos dotados de derechos, deberes y capacidad de decisión, acción y proyección social, por lo que la visión de sujetos sociales implica procesos de participación y organización, que en sí son referentes y espacios de ejercicio y aprendizaje de la ciudadanía juvenil.

Esta última perspectiva, conceptualiza a las juventudes como colectivos juveniles que tienen reconocidos derechos, deberes y responsabilidades y que son actores sociales plenos que desarrollan propósitos y finalidades transformadoras, dentro del entorno que los identifica, buscando siempre tomar decisiones colectivas que les permitan establecer espacios para crear y recrear sus intereses y expectativas, con el respaldo de la sociedad. En consecuencia, desde esta perspectiva, se tiene como finalidad el formar ciudadanos juveniles con claridad de sus derechos y que fundamentalmente tengan en sus manos los mecanismos para ejercerlos y hacerlos realidad, transformando para mejorar sus entornos juveniles, pero también a la sociedad en su conjunto. 

Elí Evangelista Martínez
Licenciado en Trabajo Social por la ENTS-UNAM, Maestro en Trabajo Social y Políticas Sociales por la Universidad de Concepción, Chile, y Doctorando en Ciencias Sociales por la UAM-Xochimilco. Académico de la Escuela Nacional de Trabajo Social y de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Actualmente es Director de Desarrollo Comunitario de la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México.

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