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MIRROR THERAPY

por Giuliano Martino / Traducción: Rosa María Fajardo

No tenía sueño y la televisión no transmitía nada interesante. Oprimía los botones del control remoto repetidamente, uno detrás de otro, casi sin mirar el programa transmitido en cada canal


Afuera llovía y la lluvia golpeaba fuerte en las ventanas. Le dieron ganas de alzarse para ir a mover las cortinas y mirar fuera el agua que caía de la oscuridad del cielo, pero no tenía las ganas ni la fuerza de tomar las muletas y recorrer los pocos metros que dividían el sillón de la ventana.

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A fin de cuentas era solamente lluvia y nada más. Continuó su zapping televisivo como si fuera un ritual, un procedimiento metódico y obsesivo, mientras la lluvia que caía allá afuera hacía una dulce música de fondo. »Dentro de diez canales me detengo», pensó. Películas de acción, talk show, caricaturas, programa político, flash informativo, película romántica, otro programa político, documental histórico, noticiario deportivo, carrera de competencia. La ley del control remoto había dado su veredicto: deporte, en específico, la carrera.

Pensó en cuánto podía ser irónica la vida. Era una repetición de la competencia de los 200 metros planos de las Olimpiadas de Atlanta de 1996. Michael Johnson llegó primero a la línea de meta adjudicándose la medalla de oro, así como por los 400 metros. Sus piernas eran explosivas, veloces, pujantes. Eran piernas de oro, que le valieron el récord mundial en los 200 metros: 19 segundos y 32 milésimas. Miró la competencia y la premiación, luego apagó el televisor. Por esa noche el zapping podía bastar. Permaneció en el silencio de la sala, con el ruido incesante de la lluvia como compañía. Fijó por algún instante el televisor apagado, escuchando las gotas de agua estrellarse en los vidrios. Sintió una molestia en la pierna derecha, una comezón que iba aumentando siempre más. Enderezó un poco la espalda y empezó a respirar más lentamente dando largos respiros para tratar de calmarse. Iniciaba a sudar y la molestia aumentaba, pero no quería perder el control. Continuó a respirar lentamente, como si fuera una mujer en trabajo de parto, mirando un punto fijo, que era la pantalla oscura del televisor. Quería rascarse la pierna más que otra cosa en el mundo, pero luego de un poco logró calmarse y ser dueño de sí. Tomó las muletas, se alzó, apagó las luces y se dirigió hacia la recámara para ir a dormir.

Llovía, no obstante, iba sobre el límite de velocidad. No por mucho, pero siempre sobre. Recorría la carretera estatal para regresar a casa luego de una jornada entera transcurrida hasta tarde en el trabajo. La lluvia caía mientras la radio le hacía compañía con su música alternada a las preguntas del locutor a los radio escuchas sobre las cuestiones de pareja. »Te llamaría y te contaría el fracaso de mi matrimonio. Te haría tener un máximo de escuchas, amigo». Volvió la mirada hacia el radio por una fracción de segundo para subir el volumen. Cuando sus ojos regresaron al camino fue deslumbrado por dos faros disparados en alta velocidad.

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Se despertó de golpe, agitado y jadeante, bañado en sudor. El golpe del choque le había hecho saltar el corazón a la boca. Luego de algún instante su latido cardiaco había regresado a la normalidad, pero tenía un fuerte dolor en la pierna derecha. Se liberó de la sábana y la buscó con la mirada, no encontrándola. Veía sólo esa asimetría maldita. Quería tocarse la pierna con la mano para capturar aquel dolor mixto a comezón que seguido lo perseguía, pero no podía. No había ninguna pierna qué tocar. Pero el dolor sí, ese estaba. Inició a llorar de rabia por algunos segundos, luego se calmó. Las lágrimas en su rostro se secaron velozmente. Volvió a mirar su pierna ausente, reducida a un muñón. Cada noche soñaba aquel choque que le había arrancado una parte de su cuerpo. A veces el sueño terminaba como aquella noche con el deslumbrar de los faros y el golpe ensordecedor de los dos automóviles que chocaban. Otras veces concluía con la imagen de él que estaba muerto. Habría preferido netamente este último escenario. Lo había pensado cada día de aquel año pasado desde el día del accidente, que había cambiado su vida.

Pensaba que aquello había sido un castigo de Dios por su conducta, por el fin de su matrimonio, por el egoísmo que loa había alejado de todos. Se creía vivo aún sólo para expiar sus culpas y pagar sus deudas. Hizo volar la sábana de la cama, tomó las muletas recargadas en la pared y se alzó. Entró en el cuarto de al lado, abrió la puerta del armario y lanzó al aire todos la ropa que estaba colocada en el estante, hasta llegar a una caja de zapatos. La abrió, tomó la pistola y se dirigió al baño. Todo en pocos segundos, tenía prisa por saldar aquella cuenta. Encendió la luz del baño y se puso de frente al espejo, mirando el reflejo de su imagen. Quería mirarse a la cara mientras lo hacía. Se metió la pistola en la boca, sentía el sabor frío y neutro del metal e inició a pensar en cómo habrían sido aquellos últimos instantes. Se preguntó cuánto instantánea habría sido la cosa, si habría alguna fracción de segundo de dolor, si habría tenido instantes de consciencia en los que se sentiría escapar la vida.

En el curso de los años le había tocado encontrarse de frente a casos de suicidio, pero no podía imaginar concretamente los instantes previos. Pensó que no había escrito ninguna nota en la cual explicara los motivos de aquel gesto extremo, aunque si se podían imaginar. Su trabajo de policía le había enseñado que era praxis frecuente para quien se quita la vida dejar una nota, un último contacto, una especie de despedida. Pero a fin de cuentas, ¿a quién había tenido que escribir? ¿A sus colegas? ¿Al bastardo briago que había salido vivo e ileso de aquel maldito choque? Quizá habría preferido ir a meterle a él la pistola en la boca.

Pensó en su hermana, que desde aquel día lo había ayudado en cada cosa y de todos los modos, a su carácter fuerte y a sus modales gentiles pero decididos. Pensó en el sufrimiento que también ella tenía junto a él desde aquel día y a todas las veces que le decía que rezara. Se preguntó si tenía de verdad el valor de poner fin a sus sufrimientos para descargarlos enteramente sobre la única persona a quien quería y que lo quería verdaderamente. Se miró en el espejo, con la pistola en la boca y el dedo en el gatillo, mientras todos estos pensamientos le pasaban por la cabeza.

– »Francisco ¿estás listo? ¡Vamos que estamos retrasados!».

– »Sí Silvia, ¡voy! Tomo la chaqueta».

Llegaron al hospital, logrando sobrevivir al terrible tráfico de mitad de la mañana. Tomaron el ascensor y llegaron al piso en el cual se encontraba el departamento de terapia del dolor. Recorrieron el pasillo cuyas paredes eran de un amarillo relajante y acogedor. También las paredes de las salas eran de colores particulares, cuyo fin era acoger al paciente en un ambiente favorable para afrontar el dolor. Verde, rosa, anaranjado, cada pared estaba cubierta de uno de estos colores. Pero a él, sinceramente, estos colores no lo relajaban para nada; es más, le transmitían una especie de fastidio, quizá porque chocaban con su gris interno.

– »¡Francisco! Buenos días».

– »Buenos días, doctor».

– »¿Cómo está?».

– »¡Bah!, a parte haberme casi disparado una bala en la boca bien – pensó -. Bastante bien, gracias».

Entraron en el dispensario, cuyas paredes eran lilas. Siempre había odiado el lila y todos los colores símiles, violeta, fucsia  y todo lo que se le parezca.

– »Hoy probaremos una nueva terapia. Se llama mirror therapy».

– »¿Qué sería…?».

– »Sirve para combatir el fenómeno del miembro fantasma. Todos los dolores, las comezones y las sensaciones que usted siente en su pierna faltante, se deben a este fenómeno».

Miró al doctor, apáticamente, esperando que fuera más allá de la palabrería y pasara a los hechos. No quería tener explicaciones científicas sobre los dolores que sentía en la pierna que no tenía, sino soluciones que los hicieran pasar.

– »Dentro de poco entenderá. Siéntese con la pierna extendida en la cama».

Tomó un espejo largo un metro y lo apoyó perpendicularmente a la cama y paralelamente a la pierna izquierda, en el lugar de aquella derecha faltante. El reflejo de la pierna izquierda en el espejo daba vida a la pierna derecha. Francisco ahora tenía las dos piernas, al menos visivamente. Las miró con atención, sorprendido. Inició a mover la pierna izquierda y automáticamente la derecha, proyectada en el espejo, se movía simétricamente.

Inició a tocarse con la mano a lo largo de toda la pierna izquierda, adelante y atrás, mecánicamente, como si se estuviera masajeando. Sintió alivio. Miraba el espejo y miraba la pierna, mientras continuaba a tocar. Por un momento pensó que finalmente tenía de nuevo las dos piernas, que podía haber regresado a la normalidad. Era como si la pierna le hubiera crecido milagrosamente, al improviso. Aquella pierna derecha con la que había dado las primeras patadas al balón, corrido, escalado árboles, dado patadas en las peleas de la escuela y saltado de alegría. Aquella pierna con la que había apretado el acelerador de su auto ese día. La había mirado seguido y largamente esa pierna faltante, ahora sólo un muñón.

Se había hasta informado sobre el procedimiento de amputación transfemoral, imaginándoselo sobre él: la interrupción de sangre de venas y arterias para evitar una hemorragia, los músculos seccionados, el hueso cortado, la piel y las fibras musculares colocadas sobre el muñón. Pero de golpe regresó a la realidad, que era sólo una: la pierna derecha no estaba ya. Se lo repitió continuamente, mientras seguía tocando y volviendo a tocar, como un niño que descubre algo nuevo. Silvia, que había entrado en la sala a diferencia de otras veces, lo miraba y percibía su estado de ánimo abatido.

– »Naturalmente este procedimiento lo puede seguir también en casa. La ilusión de la materialización de la pierna faltante le dará alivio cuando se presentará el dolor. Pero es importante que usted no se aleje de la realidad».

Miró de nuevo al doctor, dándole con la mirada una señal que había entendido y agradeciéndolo implícitamente por aquella ilusión capaz de interrumpir, aunque sólo por algún instante, su diversidad.  Su mirada se cruzó con la de la hermana mientras salían del hospital. Se sonrieron.

– »Bueno, si te pegara un espejo podrías incluso iniciar a correr».

– »No te conviene, ¿sabes? Podrías sufrir las consecuencias».

Terminaron de mirar la película atracándose de palomitas, como cuando eran niños.

– »¿Puedo dormir contigo? Estoy cansada, no tengo ganas de manejar hasta casa. Ya avisé a Lucas».

– »Claro, no hay problema».

– »Gracias. Entonces voy a dormir. ¿Tú te quedas aquí?».

– »Sí, estoy un poco aquí a mirar la tv».

– »Está bien, entonces buenas noches».

Le dio un beso en la mejilla y se levantó del sillón.

– »Buenas noches Silvia. Y gracias».

Le sonrió y se fue a dormir. Tomó el control remoto e inició a hacer el zapping.

»Aún diez canales y me detengo».

Caricaturas, programa político, documental científico, flash informativo, thriller, concierto de rock, documental histórico, partido de futbol, noticiario extranjero, programa de entretenimiento. Esto había decidido la ley del control remoto. En el programa eran contadas historias de sobrevivientes de varias desgracias o accidentes. Entre estos Alex Zanardi. Absorbió su fuerza y su sonrisa, luego apagó la tv. Tomó las muletas y se alzó del sillón, dirigiéndose a la ventana. Hizo a un lado las cortinas y miró afuera, hacia el cielo. Una gota se estrelló contra el vidrio, seguida de inmediato por otra. Se sentó en una silla volteado hacia la ventana, esperando la compañía de la lluvia.

Por Giuliano Martino Traducción de Rosa María Fajardo @RosaMFajardoG El autor invitado del mes se presenta así: «Cada vez que me preguntan si sé sonar un instrumento respondo ‘la pluma, o el teclado (de un pc)’. Sí, porque escribir es mi forma de música, lo que me mantiene vivo y en movimiento. Apasionado de medios de comunicación, fútbol, mar y libros, amo leer y escribir, entre pasión y profesión. Fascinado del mundo de la comunicación, del periodismo y del storytelling. En síntesis, del arte de narrar. Creo en la potencia y en la fuerza liberadora de las palabras». Giuliano Martino. *Publicado originalmente como «Mirror therapy«, en TRATTOLIBERO. Inpaziente Attesa. Raccolta di racconti, de la colección Quaderno di esercizi. Ed. Trattolibero. 2° edición. Italia. 2013. pp.51-56. Se publica con autorización del autor.

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