El Presidente y sus signos 10-12-2018

Hablar desde la Presidencia de la República constituye uno de los actos que implican mayor poder, pero también mayor responsabilidad. La jefatura del Estado, depositada en el Poder Ejecutivo, exige de un constante proceso de comunicación de las decisiones que se toman, pero también permite mantener el contacto con la ciudadanía para plantear temas de agenda de interés público y hasta para convocar a la nación a construir proyectos que son de relevancia en todo el territorio nacional

Frente a ello, no deja de sorprender el radical cambio de estrategia de comunicación del presidente López Obrador, respecto de lo que se hizo en los mandatos de Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto; en efecto, en contraste con la estrategia centrada en spots de televisión, radio e internet, en el inicio de esta administración se ha optado por privilegiar los mensajes directos del Presidente a través de sus cuentas de redes sociales.

La comunicación directa de un hombre de poder con su electorado siempre tiene un doble filón: por una parte, permite la generación de un imaginario positivo de una nueva forma de gobernar, hablando de frente y diciendo siempre lo que se hace o se piensa hacer, pero por el otro, cuando esta comunicación no se rige por la templanza, puede rápidamente derivar en demagogia, la peor de las degeneraciones de la democracia, como lo pensaban los griegos antiguos.

Eso es lo que el presidente López Obrador debe estar construyendo en estas primeras semanas: cómo temperar discurso, cómo lograr, con sabiduría y exactitud, la mejor elección de cada una de sus palabras y, sobre todo, cómo mantener durante los siguientes seis años, la inédita comunicación que ha logrado establecer con amplias franjas de la población.

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