Hablar por nuestros muertos

Walter Benjamin tenía una imagen de la historia como un montón de ruinas cuya altura en la modernidad alcanzaba los cielos, como una enorme pila de cráneos y de los cadáveres de los vencidos, una historia que escriben los poderosos, así como los constructores de crematorios y fosas comunes. Para muchos, la visión benjaminiana de la historia suena apocalíptica, pero en nuestro contexto pareciera, además de una crítica del poder, una descripción factual del grotesco espectáculo que atestiguamos en los últimos 10 años: fosas clandestinas, asesinatos por doquier, cuerpos disueltos en ácido, desaparecidos en todo el territorio nacional: un cúmulo de dolor inenarrable y la angustiosa realidad de miles que enfrentan duelos sin cuerpos ante los cuales llorar y despedirse.

Siguiendo con Benjamin, ante la empatía con los victimarios que ha sido construida desde el poder, hay que anteponer la memoria y el recuerdo de los vencidos; y si bien, como lo señaló en algún momento Horkheimer, los muertos han sido, efectivamente, muertos y los vencidos, vencidos, a tal grado que no hay reparación posible, Benjamin reivindicaba, con razón, el esfuerzo porque no sean completamente olvidados y que su recuerdo se mantenga vivo.

Hablar por nuestro muertos es importante, porque de manera implícita es hablar por nosotros que estamos vivos, pero también por los que han de venir porque si el pasado nos marca, en el sentido ya dicho, el futuro no tardará en alcanzarnos, y con él, el ético y justificado reclamo de las nuevas generaciones, por no haber tenido el coraje de pugnar y velar por la memoria, que a final de cuentas, es la memoria de todos.

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