Para erradicar la pobreza 15/10/2018

Una persona es pobre porque carece de lo necesario para vivir en condiciones dignas. Y por supuesto, eso implica una importante carencia de recursos y satisfactores materiales: ingreso, vivienda, educación, salud, alimentación y el conjunto de servicios públicos básicos que hoy deberían y podrían estar disponibles para toda la población.

A pesar de lo anterior, la pobreza tiene raíces y un origen mucho más complejo que la sola “dimensión carencial”; en realidad, su génesis se encuentra en el mundo de lo simbólico, de los imaginarios y de las percepciones en torno a lo que es o debe ser lo humano.

Sí, también se encuentra la falta de voluntad de muchos; la fragilidad de su salud mental y su caída en adicciones; también se encuentra el injustificable mundo del hampa y la delincuencia; sí, pero estos fenómenos que en las visiones funcionalistas del mundo son considerados como “anómicos”, en realidad son constitutivos del propio modelo de desarrollo.

Necesitamos un quiebre de la desigualdad, que nos lleve a un quiebre de la pobreza; pero eso exige la intervención de un Estado del que hoy carecemos: de uno que esté sustentado en legitimidad ética y política, y que esté auténticamente decidido, en cumplimiento de su mandato constitucional, a garantizar los derechos humanos de forma universal e integral, a pesar de los ricos y poderosos.

La pobreza por supuesto es derrotable; los 54 millones de personas en esa condición son injustificables, en México y prácticamente en cualquier parte. Entender que la pobreza es, además de la carencia material, sentir angustia al carecer de lo no necesario, podría comenzar a darnos una salida en dignidad y con auténtica libertad hacia una mejor forma de ser humanos; de romper con las lógicas perversas del poder y de la acumulación grosera. De eso se trata.

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