Participación y democracia

Nuestra democracia enfrenta una severa crisis de partidos políticos; después del 1º de julio de este año, los que eran antaño los institutos políticos mayoritarios se han desdibujado, no sólo en lo que respecta a su nivel de representación en el Congreso y en la mayoría de los espacios de elección popular, sino ante todo, en su capacidad de generar confianza y representación de las aspiraciones y demandas de la ciudadanía. Frente a ese escenario, las consultas impulsadas por el Presidente electo abren una serie de preguntas que permiten imaginar el futuro posible y deseable en torno a lo que nuestra democracia debe ser

La primera de ellas es cuál es la mejor ruta para pasar de una democracia procedimental, eficaz como la que hemos construido, a otra forma más intensa y profunda, que se sustente en la participación, pero ante todo, en la organización ciudadana y su involucramiento en los asuntos públicos.

El mandato constitucional contenido en el artículo 3º establece que el estado debe impartir una educación de calidad, que promueva a la democracia como: “Un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo”.

Hacia allá estamos obligados a avanzar: hacia una nueva etapa de nuestra democracia; que nos permita que se los cuenten de manera eficaz; que los partidos políticos sean genuinos representantes de la pluralidad política y que nos lleve a convertirnos en el país de justicia y dignidad que nos merecemos ser.

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