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SARA

por Anna Canzian / Traducción: Rosa María Fajardo

Quita la sábana, siéntate en la orilla de la cama. Quita el Rolex, pósalo con la carátula hacia arriba entre el despertador y el abat-jour. Controla el despertador, cuatro veces el botón al centro, los números verdes que señalan 06.30. Otra vez el botón a la derecha. Haz crujir las vértebras del cuello primero a la derecha y luego a la izquierda, levanta las sábanas y métete abajo


Constanza en su mitad de la cama está durmiendo el sueño de los justos. Después de veintitrés años de matrimonio probablemente no necesita la maníaca seguridad  de estas rutinas, el teatrito de cartón que ha construido para mover su vida se le debe haber radicado a tal grado de tal grado de parecerle la vida real. ¿Su recompensa? Noches de sueño sereno como una niña, con la boca entreabierta y la expresión de la cara finalmente relajada. Me hace enojar aún más cuando la veo así.

¿Yo, que no duermo una noche entera… desde hace años? No sabría yo ni siquiera cuando me sucedió por última vez despertarme con la sensación de haber descansado. No recuerdo ni siquiera como sea la sensación de estar descansado. En compensación he memorizado cada mínimo detalle del techo de la recámara.

Una ducha, quizá me puede ayudar una ducha caliente es tarde. Me meto en el baño del piso de abajo, para no despertar a Constanza, enciendo la luz y la estufa eléctrica. Me quito la playera dela pijama y me encuentro cara a cara con el espejo. No estoy nada mal, lo digo con toda honestidad. Cincuenta y seis años muy bien llevados. Cabello muy corto, aún más bien oscuro, delgado pero con pocas arrugas. Sólo aluna línea de expresión alrededor de los ojos cuando sonrío. Ojos claros, espalda ancha, la panza bueno, ok, no se puede tener todo. Panza un poco flácida. Considerando que el poco ejercicio físico que hago es un partido de futbol rápido, algunas veces sí y otras no cada quince días, nada mal diría, agregando que no tengo algún régimen alimenticio específico y que no hago un trabajo de fatiga. No física, eso, pero en fondo también el estrés hace adelgazar, ¿no? Me lo reprocha cada vez Constanza, cuando se queja del hecho que yo me limito a manejar –para usar una palabra que le gusta tanto– la empresa familiar mientras ella maneja la casa, una hija adolescente, la señora de la limpieza, el floricultor que nos arregla el jardín, el guardarropa de toda la familia, los compromisos con el círculo de beneficencia, con la asociación nacional de empresarios y con un grupo de amigas de quienes me esfuerzo en no recordar el nombre. Prácticamente todo lo que sirve para construirse un remedo de identidad social aceptable.

Sí, en síntesis, si me miro desde afuera no hay nada, nada que pueda dejar entre ver  la podredumbre que hay dentro. No se ha dado cuenta ni siquiera Constanza, o no lo quiere ver. Quizá conserva secretamente en algún lugar una imagen mía que se está deteriorando  inevitablemente…no, no creo.  Ella es el tipo de mujer dispuesta a negar incluso la evidencia con tal de no hacer mella en sus certezas. Quién sabe si es feliz, así.

Cierro sin motivo los ojos. ¿Qué clase de preguntas me hago? ¿Desde hace cuánto no pienso en Constanza? No sabría, en los últimos dos meses la única imagen recurrente que tengo son aquellas colitas rubio-castaño, el sostén con fresas y esos ojitos de corderito que dicen a clara luz una sola palabra: Có-ge-me.

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Dios mío, basta, basta, basta. Abro los ojos. La luz neón, el espejo que me restituye impío mi rostro. Total, a la chingada, ¿por qué resistirse? Abro el agua de la ducha calientísima, vuelvo la espalda al tipo en el espejo y me meto en la cabina llena de vapor con las imágenes de esta quinceañera demasiado despierta para su edad. Quince años, un estómago plano plano y un sostén con fresas. Y el juego lo ha guiado ella, o quizá no, yo no sabía hacer otra cosa que fijar sus labios color cereza y seguirle el juego.

La niebla en la ducha, el perfume del jabón líquido, sus labios de cereza. Al final es casi por mucho el mejor momento del día, si no fuera porque cuando me decido a salir me percato que de nuevo está llegando. No es la niebla en el espejo, son mis ojos que inician a ver extraños juegos al lado del campo visual, que me nausean. He ahí de nuevo, arrancado de una maravillosa realidad de miel me seco y me pongo la pijama de prisa, me deslizo del baño al piso de arriba y hurgo en el botiquín. No es que los analgésicos me hagan un gran efecto, si es por esto ni siquiera los triptanos, las comodiablosellaman y aquella otra cosa que me han hecho probar, es más un rito per evitar lo peor del ataque, y visto que al parecer tendré que pasar el día de mañana en compañía de mi amiga, al menos no me agarran desprevenido.

Mi amiga se llama migraña con aura, un jodidísimo mal de cabeza que me noquea por cerca veinticuatro horas, veinticuatro horas de puro dolor en que no puedo hacer nada, ni comer, ni hablar, incluso ver la luz es doloroso. Veinticuatro horas como vampiro recostado en la cama. Inicia así, con extrañas visiones oculares, y en pocas horas me aniquila definitivamente.

Mañana además tengo seis potenciales clientes rusos de visita en el establecimiento. Será mejor mandar de inmediato un par de correos. Cambia todo, pospón, discúlpate inmensamente, cusas de fuerza mayor, arriesga perder un buen negocio… a mi amiga no le importa nada de lo que está sucediendo, es muy democrática, que sean vencimientos de trabajo inaplazables, aniversarios o citas con el peluquero, ella simplemente  pone en pausa todo, y se roba mi vida por días enteros.

Son al menos veinte años que le hago frente a estos episodios, pero en los últimos dos meses los ataques no me dan tregua. Me pregunto cuánto podré seguir adelante así, haciéndome condicionar la vida por un dolor. Arreglo un par de cosas y regreso a recostarme a la cama. Off.

Cuando logro enfocar la hora la carátula del despertador señala las cinco. Veinticuatro horas exactas. Junto al despertador un vaso de agua. Me dan ganas de sonreír. Constanza en es esta ocasiones e trata como haría un carcelero con un reo peligroso: me lleva el agua y las medicinas dos veces al día evitando rigurosamente hablarme, para lo demás espía desde la caseta de vigilancia. Me levanto, salgo de la recámara, paseo un poco por la casa y me siento en la cocina: todo parece en orden, regresé a la vida. Me preparo un café, le echo el guante a un par de galletas y me meto a la computadora tratando de replegar las filas de todo lo sucedido ayer en el trabajo. Me cuesta concentrarme, desde hace dos meses mis pensamientos se distraen siempre con las mismas visiones, con la misa vocecita que me recuerda que ella tiene  quince años, y yo podría ser su padre. Peor, soy el padre de una compañera de clase. Y me encuentro en una situación de mierda.

Me interrumpo solo cuando empiezo a oír voces por la casa, la misma letanía de cada mañana que termina inevitablemente en una violenta discusión  entre Constanza y la pequeña. Que ya no es pequeña, tiene quince años, pero Constanza no quiere darse cuenta y pretende tener el control total sobre ella y cualquier otra cosa. Desde cómo se viste, y este es el resultado cada mañana.

Voy arriba a prepararme, bajo justo a tiempo para evitar que lleguen a las manos, probablemente. Ambas me miran con hostilidad, como si al final la culpa fuera mía. Bueno, es algo más que la indiferencia glacial que en general suscita mi presencia en la casa.  Y en todo caso no pretendo mínimamente entrar en detalle de lo sucedido, me atengo a mi parte con un »buenos días amor» dirigido a Constanza y un »vamos Lucy, que es tarde» que pone fin a la discusión entre las dos.

Hoy es jueves, me toca a mí acompañarla  a la escuela porque Constanza tiene la acostumbrada cita con el estilista. A las ocho de la mañana, Cristo, el estilista a las ocho de cada bendito jueves. ¿Cómo es posible? He renunciado a entender también esto.

En el auto el mismo tranquilizador silencio, reina imperativa sólo la voz del noticiero radiofónico. Inició a llover terriblemente, entro por el callejón atrás de la escuela para estacionarme bajo el pórtico del colegio. Lucía me avisa que hoy sale antes, a las once »al cabo que luego hay asamblea». Tiene el mismo tono que mi secretaria cuando me recuerda las citas, articula las palabras de manera evidente, como si yo fuera un extranjero al que le cuesta entender la lengua. O quizá sólo para asegurarse que la esté escuchando. Luego abre la portezuela para bajar y se gira de nuevo hacia mí, con otro tono. »Pa’, el sábado es la fiesta de cumpleaños de Sara, la organiza en la discoteca. Me dijo que pidiera permiso a mi padre, dice que tú seguramente  me dejarás ir. Creo que tú le simpatizas». Se gira y sale sin esperar una respuesta, lo hizo sólo para ver qué sacaba.

Se me hiela la sangre. Sara, labios-de-cereza. ¿Qué quieren decir estas palabras? ¿Le ha contado algo de lo sucedido? ¿Qué diablos quiere decir con »creo que tú le simpatizas»? Estoy paralizado en el auto, en medio de un ir y venir de paraguas, mochilas y vehículos que se abren paso de modo salvaje, miro afuera sin poder controlar mis pensamientos. Cuando bajo la ventanilla han quedado poquísimos autos y algún paraguas que corre hacia la entrada, debe haber ya sonado la campana. En qué situación de mierda me he medido.

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Respiro profundamente, con los ojos cerrados, cuando los abro se abre la portezuela e mi encuentro con Sara en el asiento de al lado, con las colitas empapadas de lluvia, la bolsa con los libros sobre las rodillas y una falda tan corta que desaparece bajo la chaqueta.

–»Hola», me dice haciendo resbalar la bolsa sobre los pies. «¿Qué haces aquí solo? ».

Me alta el aire. Miro alrededor, nadie parece percatarse de nosotros.

–»¿Qué haces tú aquí? ¿No deberías estar en clase?».

Me sonríe con complicidad, y contra mi voluntad ya siento una erección tocar a mis pantalones.

–»¿Te enojaste sólo porque quería saludarte?», lánguida, con la cara a pocos centímetros de mi oreja. Siento su aliento en el cuello y mi mano está ya sobre sobre esos muslitos lisos demasiado descubiertos para la estación.

¿Qué carajos estoy haciendo? Estoy en el estacionamiento de la escuela, podría verme cualquiera, podría salir Lucía, podría…

–»Yo tengo que irme ahora, ¿cuándo nos vemos? Podría llamarte  si tuviera tu número y dinero en el celular».

–»Sabes que no puedo darte mi número y no es conveniente llamarnos», al parecer me queda un brillo de lucidez.

–»Sí, pero mi teléfono de todos modos está sin dinero, y necesito recargarlo. Basta con cincuenta». Se desliza fuera del auto rápido como entró, se aleja sin volverse.

Vaya con la muchachita. Esto tiene un nombre bien preciso. Inicio de verdad a pensar que esta situación sea cada vez más peligrosa. Ahora quiere también dinero. Estaciono el auto y camino un poco, llueve pero en verdad necesito aclararme las ideas, no ir a trabajar así. Además tengo el pretexto  de pasar a recoger a Lucía a las once.

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Lástima que estos juegos arrebatados siempre duren tan poco. Entro en el primer bar y me hago ayudar en mis reflexiones por un café, un licor de sambuca y un croissant. No hay mucho sobre qué reflexionar, admito que nunca he estado presente en la familia, he siempre dejado que las cosas pasaran. Sí, hay que decirlo, siempre me valió. Me gustan las mujeres y me agrada gustarles a ellas, pero he siempre logrado mantenerme alejado de los problemas. Es simple: si quieres a una mujer, haz que no tenga ninguna posibilidad de contacto con tu vida. Y además a cincuenta y seis años me hago enredar por una quinceañera, compañera de la escuela de mi hija, que una tarde me pide un aventón y antes de bajar del auto ha ya metido la mano en mis pantalones. Ahora me pide también dinero. Y lo peor es que no logro mantenerme alejado de este problema. Es incorrecto, es asqueroso, si pienso en un hombre de mi edad en la cama con mi hija me hierve la sangre, pero no puedo salirme de esto, me hace sentir nuevo. Peor que una ratón con la flauta de Hamelín.

Es una llamada de Constanza a hacerme retomar contacto con la realidad y con el reloj. Son ya las diez y media. La novedad es que me han dado otra cita por mi dolor de cabeza. La misma escena ya vista al menos cincuenta y seis veces. Parece preocupada por como estoy en los últimos dos meses, no se puede imaginar que el dolor de cabeza es para mí el problema menor. Me jura que en este departamento de terapia del dolor hacen milagros, que una amiga suya ha resuelto problemas milenarios y demás. Ya he escuchado también esto. He girado más o menos medio mundo buscando una solución. Cierto que terapia del dolor… parece algo para gente realmente mal, he ahí. Tranquilizo a Constanza con el tono acostumbrado, iré, gracias amor, adiós y buen día.

Regreso al auto, ha dejado de llover pero igualmente me acerco al pórtico, justo a tiempo para oír la campana. Luego de diez minutos aparece Lucía y detrás de Lucía está ella. Mierda. Lucía sube al auto y me da un beso en la mejilla, algo inaudito. Me lleva unos segundos entender el motivo: la portezuela de atrás se cierra sonoramente y en el asiento posterior ahora está Sara labios-de-cereza. Sentada atrás de mi hija. Y ahora, ¿de qué se trata?

–»Papá, ¿la podemos acompañar a su casa, verdad? Vive a medio camino de calle Aosta, justo antes de la panadería».

Por desgracia sé bien donde vive. Quince minutos de viaje en la situación más incómoda de toda mi vida. Una pesadilla. Por fortuna ellas parecen ocuparse de mí y chismorrean de tareas,  profesores y compañeras de los que ignoro el nombre y la existencia. Cuando entro en la calle Aosta Sara se apresura a darme indicaciones. No sé si esta acción me haya dado más alivio o aún más incomodidad.

Cuando me detengo delante del portón de la casa no puedo no notar una rubia de unos cuarenta años en un ajustado traje sastre gris del otro lado de la calle. Está platicando con una señora anciana afuera de la puerta de la casa de enfrente. Sara baja, agradece como buena niña educada y mi pesadilla parece haber terminado. Parto inmediatamente, no sin echar un último vistazo a la rubia del retrovisor.

–»Papá, ¿estás barriendo a la mamá de Sara?» – Lucía tiene un tono entre severo y escandalizado.

–»¿Qué…?», tardé un poco en entender el nexo. La rubia en traje sastre, su madre. Un calosfrío que me baja del cuello por toda la espalda. Lo logro articular palabra. A Lucía le parece todo normal, imagino. Dios mío, non había calculado este riesgo. La he acompañado a casa con su madre en el otro lado de la calla. ¿Me habrá visto? Me da ansia la sola idea de tener que mirar a los ojos a aquella mujer. Hay momentos en que seriamente no tengo ganas de vivir. Creo que éste sea uno de ellos.

Esperar es algo que siempre he odiado. Debe ser porque no estoy acostumbrado. Agrégale esperar en un pasillo que apesta a hospital, lleno de personas que te miran tratando de que no lo notes y bueno, todo el cuadro me altera los nervios más que toda esta situación. Todo por hacerle caso a Constanza, todo por disimular el desastre de estos meses escondiéndome detrás del problema de los ataques cada vez más frecuentes de mi amiga. Como si no hubiera ya tenido un millón de citas como esta, como si no hubiera intentado conseguir cualquier forma de analgésico legal en circulación. Probablemente me falta solo un anestésico para caballos.

Un mastín en bata blanca y peinado de crepé se me acerca con intenciones que no parecen nada buenas. ¿La orden del médico, el carnet, qué quiere ésta? Me pongo en pie y me dirijo hacia ella antes que pronuncie nombre, apellido y asuntos míos a ciento veinte decibeles en medio del pasillo, para deleite de los presente que me miran de pies a cabeza disimuladamente.

–»¿Vino para la consulta con la doctora Contini?», la sigo detrás de una de las primeras puertas del pasillo.

Quiere la orden del médico, quiere saber un montón de cosas sobre mí que transcribe en la computadora con una lentitud exasperante. Autocontrol. Le respondo con tono profesional y casi gentil, pero ella no se suaviza, sólo me falta que empiece a gruñir. Pero en cambio me entrega los documentos y me dice mandona que espere de nuevo en el pasillo.

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No apenas me dio tiempo para reapropiarme de la silla donde me había acomodado antes, que ya se abre la puerta de frente a la oficina de la enfermera-mastín. Logro sólo entrever  un instante de pared rosa. Pero ¿las paredes de los hospitales no eran verdes? ¿Qué, es el ambulatorio de Barbie? Esta doctora inicia de despertar mi curiosidad. Luego la puerta se abre y sale un hombre de cerca sesenta años, seguido por una rubia en bata blanca.

–»¡Doctora Contini!», increíble, la enfermera gruñe aun cuando habla con ella. Esta bendita se vuelve, y por un momento se me congela el sistema nervioso. El aire deja de entrar y salir de los pulmones y el corazón late en la orejas en vez que en el pecho. Pero es sólo un momento, luego los nervios se activan y me ponen a salvo hacia la única solución posible. No corro sólo para no darme a notar.

Mierda, es su madre. A la chingada con los ojos que me fijan mientras salgo del pasillo con la cabeza baja. ¡Su madre! Me detengo a recuperar el aliento detrás de la puerta anti fuego que da a las escaleras, y aunque si golpea en modo tan fuerte y definitivo como  si se hubiera cerrado un compartimiento estanco no me pasan las ganas de escapar. Vuelo abajo por las escaleras y afuera de la puerta de vidrio, hacia el aire libre.

El sol de mayo, los pájaros que trinan, los árboles en el vientecillo de la tarde, un perfecto pendejo en medio de la calla que no logra ni siquiera respirar. Tengo náuseas. Llego al estacionamiento en medio del arriba citado idilio primaveral y quisiera vomitar.

Me meto en el auto, debo inventar una excusa e irme a casa, en el único lugar donde no quisiera poner los pies. Es en el segundo semáforo que me percato. La placa del Ducato delante de mí. No logro leerla, las letras me parecen borrosas. Cristo, no puedo ni siquiera sentirme mal, de tan mal  que estoy. Su madre. Para librarme de esto estaba por recurrir a su madre. »Buenos días, yo soy el que se coge a su hija, el padre de su amiga. Estoy aquí por un problema de migraña…». Me dan calosfríos.

Luego los pensamientos se detienen. Me orillo en una explanada delante de un bar de la carretera estatal. Me viene un respiro hondo, visceral, desde la parte más profunda de mi estómago y de mi ser. Ahora entiendo. Claro que voy a casa. Y con gusto, sí, con gusto. Es ahí a donde debo ir. Con esta lúcida conciencia que acariciar cada vez que me asalta el tormento, cada noche insomne, cada minuto de dolor, cada pastilla deglutida, cada imagen refleja en el espejo, cada embuste construido, cada momento asqueroso: me-lo-merezco.

Esto es todo. Debo sólo abandonarme y dejar de poner resistencia. Porque este dolor no tiene nada de malo. Soy yo. Es toda la porquería que hay en mí. El hombre que soy. Me lo merezco. Es un pensamiento de alivio, de verdad capaz de infundirme una serenidad que creía haber olvidado. Me-lo-merezco.

Luego un reflejo, la imagen de Sara en el auto que me pide dinero, y algo más veloz que un pensamiento, una especie de flash, un imput rapidísimo pero no menos potente: yo acepto todo esto, pero en esta historia no soy el único que merece sufrir.

Por Anna Canzian  Traducción de Rosa María Fajardo @RosaMFajardoG La autora invitada del mes se presenta así: «Las cosas más bellas en la vida suceden y basta, sin planes, sin programas, a veces incluso sin fortuna. A parte la escritura. Un cuento es algo que meditas, que haces crecer, que acompañas y que luego dejas ir con una grande fuerza de voluntad, de paciencia, de constancia y premeditación. Y es una cosa que adoro hacer. Todo el resto, más o menos, me ha simplemente sucedido». Anna Canzian. *Publicado originalmente como «Sara«, en TRATTOLIBERO. Inpaziente Attesa. Raccolta di racconti, de la colección Quaderno di esercizi. Ed. Trattolibero. 2° edición. Italia. 2013. pp.23-32. Se publica con autorización de la autora.

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