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Sobre el desprecio a la democracia

El discurso liberal democrático sostiene —no sin cierto aire de orgullo— que la democracia es el peor sistema de gobierno existente, excepto todos los demás. Lo que se quiere resumir con esta frase es que la democracia puede tener muchos defectos, pero comparada con otras formas de gobierno, resulta ser la menos perniciosa… hasta ahora


Pese a lo atractivo de la idea, en realidad es fácilmente controvertible, y hace evidente la necesidad de comenzar a construir mejores argumentos para su defensa, pues de acuerdo con el Latinobarómetro y otros instrumentos de medición de la opinión pública, en México se tiene el menor nivel de respaldo a la democracia en el continente.

La explicación histórica al respecto se encuentra en los elevados niveles de corrupción, impunidad, inseguridad, desigualdad y pobreza que aquejan a la mayoría de la población. Sólo 22 de cada 100 personas son consideradas como no pobres y no vulnerables por el Coneval, y esto con estándares de medición francamente bajos: la línea del bienestar se ubica en 2,666 pesos mensuales.

La explicación teórica sobre por qué ha fracasado nuestra democracia está todavía por escribirse. Tal ejercicio deberá desarrollar un conjunto de argumentos que permitan comprender cómo ocurrió que el Estado y su entramado institucional fue reducido a un mero gestor de intereses particulares.

Este problema fue visto desde hace 2,400 años por Platón, quien sostenía que otro de los problemas para la democracia, se encuentra en cómo evitar convertirse en un sistema de mercaderías retóricas y de comercio de las opiniones.

Tanto Platón como Aristóteles vieron con acierto que un sistema en el que todos podemos ser elegidos, abre la posibilidad de que una persona que no es capaz de distinguir entre su opinión personal (tanto en contenido como en grado de certeza), y la verdad (comprensión de las causas fundamentales de la realidad histórica), constituía un verdadero peligro para la República.

En nuestro contexto habría que agregar que a la mercadería de las opiniones se suma la mercadería de las imágenes. ¿Cómo explicar, si no, la feria de los “Spots” como renuncia a la construcción de ideas y de debate serio? ¿Y cómo explicar también el grado frívolo de la democracia al que hemos llegado, en el que verse “guapa” o “guapo” es asumido como un activo electoral?

Así las cosas, a la pretendida idea de una “democracia sin adjetivos”, deberíamos confrontarla con la exigencia de una democracia social, bajo la línea argumental desarrollada por el Dr. Jorge Carpizo: la democracia, o es social, o no es democracia; es decir: o es un régimen de gobierno útil para garantizar una buena vida a toda la ciudadanía, o es un régimen que no sirve para nada.

Una democracia social debe ser entendida como un sistema de gobierno que se sustenta en una vocación histórica; y que en consecuencia defiende y hace valer sus mejores tradiciones. Por ejemplo, en el caso mexicano, una propuesta socialdemócrata debería partir de la vocación social del Constituyente del 17, y reivindicar las exigencias, hasta el máximo de lo posible, respecto del cumplimiento pleno de los derechos consagrados en el texto constitucional.

Es un hecho que no podemos seguir viviendo bajo un régimen que es incapaz de poner límite a la ambición de los privados; que no es capaz de garantizar seguridad personal y patrimonial a las personas; que renuncia a la construcción de límites y diques a la acumulación grosera de la riqueza; y que se define como “neutral” ante los dilemas más profundos de la existencia humana.

Así, frente a la mercadería de las frases huecas de las campañas políticas, y de la frivolidad y frialdad de la estricta racionalidad económica, es irrenunciable exigir la reivindicación de un Estado socialmente comprometido, y un Estado capaz de recobrar la noción de lo colectivo, de la solidaridad y de la fraternidad, sobre el egoísmo y la depredación.

@saularellano

Artículo publicado originalmente en «la La Crónica de Hoy» el 16 de junio del 2016

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