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SWISS MADE

por Gianfranco Corsini/ Traducción: Rosa María Fajardo

Cuando esa mañana sonó el teléfono miré instintivamente el reloj porque me parecía aún temprano para recibir llamadas; de hecho, no eran ni siquiera las ocho.

Una vocecita interna me decía: «no respondas, a esta hora pueden ser sólo molestias, deja ese teléfono».


La curiosidad de saber a quién correspondía ese número que no conocía pero que en ese momento centellaba en la carátula fue más fuerte que toda precaución y naturalmente respondí.

La vocecita tenía razón, en el otro lado estaba un querido amigo de infancia, pero me llamaba por una especie de SOS. El diálogo fue así:

–»Diga».

–»Diga».

–»Ah, ciao».

–»Ciao un carajo, pero si no sabes ni siquiera quién habla».

–»Quién habla no lo sabrás tú que eres el mismo apendejado precoz, pero yo lo sé».

–»¿Ah sí? No te creo, dime quién soy».

–»Tú eres el estúpido de Lele y no te insulto más sólo porque son años que no tengo el disgusto de oírte, pero dime, ¿por qué me llamas a esta hora? ¡Espero sea algo importante!».

–»Tienes razón, estoy realmente aturdido y te llamo por una cuestión de vida o muerte».

Aquí inició la parte más difícil de la telefoneada, Raffaele, Lele para los amigos, se había divorciado de la esposa hace tiempo, peleando con los dos hijos que por lo tanto se habían alejado de él.

Ahora estaba así, desesperadamente solo y gravemente enfermo, entonces como último recurso me había llamado a mí, el único soltero del grupo de amigos de la infancia y también el único que no trabajaba ya; le había llegado la voz, cierta, de que había vendido mi fabriquita a una multinacional a quien molestaba y que había sacado tanto como para no tener que trabajar tres o cuatro vidas; en síntesis, quería que fuera con él para acompañarlo en esos últimos días o meses de vida que una enfermedad incurable le concedería.

No tuve dudas, yo también estaba solo en aquel período, no obstante mi fama de tombeur de femmes y de soltero empedernido de oro, ninguna mujer al horizonte. Además, la idea de Lele solo y enfermo había despertado en mí un poco de altruismo y entonces lo tranquilicé diciéndole que, arreglado algún asuntillo pendiente, de ahí a dos días lo habría alcanzado en la ciudad donde actualmente vivía.

Les ahorro todos los detalles del viaje y del encuentro arranca lágrimas con mi viejo y querido amigo, para llegar al día sucesivo, cuando me pidió acompañarlo a su consueta sesión de terapia del dolor en el hospital de la ciudad.

Era el último paciente de la mañana; cuando lo llamaron para las curas del caso, yo me quedé solo en la sala de espera a mirar en torno haciendo observaciones halagadoras sobre ese ambiente, donde se tenía una impresión de serena tranquilidad, sea por los colores pastel de las paredes, insólitos para un hospital, sea por el mobiliario que resaltaba por limpieza y comodidad.

Terminando de curiosear alrededor, tomé el periódico local para darle una hojeada, cuando me sentí observado, alcé los ojos y he ahí una aparición.

No, no me malentiendan, nada de religioso, el hecho es que no esperaba absolutamente ver una mujer tan espléndida en aquel lugar donde habita el dolor.

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Era el tipo de mujer un poco opulenta como me gusta a mí, botticelliana para entendernos, y así cuando se me apareció delante me quedé con la boca abierta del estupor como un papanatas cualquiera y sin palabras.

Ella me miró como se mira un objeto fuera de lugar, casi casi esperaba que llamara a alguien para que me sacaran, pero era yo que ya enloquecía por ella, cuando con voz dulce y flautada, que acentuó mi babbeite aguda, dijo:

–»Esta mañana no tenemos programados otros pacientes, entonces dígame que puedo hacer por usted».

A ese punto yo logré recobrarme un poco y casi balbuceando respondí:

–»He acompañado a Lele«.

–»Creo haber entendido; usted está aquí con Raffaele Mattioli, que es el último paciente, a quien se adapta el diminutivo de Lele. Bravo, me congratulo con usted porque esa que está haciendo es una buena obra; ese hombre, además de verdaderamente solo, está gravemente enfermo».

–»Sí, creo que sí».

Me sentí sonrojar como un niño que ha sido elogiado por la maestra, pero inmediatamente después osé preguntar aún un poco avergonzado:

–»¿Pero yo con quién tengo el placer de hablar?».

–»Yo soy Aurora Albertelli, la doctora responsable de este departamento».

–»Un placer, yo soy Fabio Maria Prandoni, un amigo de infancia de Lele«.

Luego de eso logré desbloquearme del todo y tratar de meter en campo todo mi proverbial encanto.

Aquella mujer me gustaba de verdad, con una mirada había notado que en las manos no llevaba anillos que hicieran pensar en algún compromiso amoroso, aunque francamente, hoy en día, los anillos en los dedos no son muy significativos, tanto en las mujeres como en los hombres.

Le conté así de dónde venía, porque me lo podía permitir; en pocas palabras le di a entender que no tenía compromiso ni con el trabajo ni con el género femenino y que no tenía problemas financieros; pero ella no se inmutó, aunque sí al irse se despidió muy cordial, dejándome ahí esperando al amigo y añorando la aparición desvanecida.

Lele terminó su terapia y entonces nos fuimos juntos. De camino le pregunté si sabía algo de Aurora, él me respondió que no sabía nada más que el nombre, sólo había escuchado a alguno llamarla así, pero seguramente era muy buena en su trabajo porque todos, médicos y pacientes, lo afirmaban, además de muy muy linda; aunque no era su tipo, motivo por el cual no había tratado de conocerla a fondo.

A vuelta y vuelta, el siguiente día, a la misma hora, estaba sentado en la sala de espera de terapia del dolor, esperando naturalmente la aparición y en tanto pensaba: he ahí cómo y qué es un flechazo, por primera vez en mi vida soy víctima.

En tanto, el tiempo pasaba y de ella ningún rastro, estaba casi por renunciar a verla ese día cuando llegó; de hecho, para decirlo mejor, apareció y dijo con tono levemente burlón:

–»Buenos días, pero hoy su amigo no tiene terapia, entonces, ¿a qué debemos el placer de su presencia aquí?».

No traté de tergiversar, sino que fui directo al grano, le dije que estaba ahí por ella, porque la encontraba una mujer extremamente fascinante y que quería que nos conociéramos mejor invitándola a cenar.

La respuesta fue negativa, pero no del todo; de hecho, me respondió que en los próximos días era imposible, pero que quizá más adelante… Le tomé la palabra y dejando pasar algunos días comencé a presentarme regularmente siempre a la misma hora en la sala de espera de su departamento, hasta que cedió y finalmente una noche salimos a cenar juntos.

Estábamos sentados en un buen restaurante fuera de la ciudad. Aconsejado por Lele, que era considerado por todos nosotros sus amigos un verdadero gourmet y que seguía mi historia con Aurora con afectuosa atención.

Luego de algunos minutos se estableció entre ella y yo una suerte de interconexión, por lo que hablamos de todo un poco, de nuestro pasado, de estar ambos solos en el momento y por lo tanto vulnerables, del miedo de recaer en los mismos errores en lo que respecta a la relación de pareja; pero todo esto no nos impidió luego terminar la velada en casa de ella, y luego la noche entera y luego el día siguiente; en fin, aprovechando del hecho que ella tenía un largo fin de semana libre, resurgimos a la realidad el lunes por la mañana al alba cuando Aurora me despertó para despedirse con un beso y darme algunas instrucciones, ya que estaba saliendo de carrera para ir al trabajo.

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Regresé también yo a la realidad, considerándome un hombre tocado por la fortuna por haber encontrado una mujer como ella; ya pensaba a nuestro futuro juntos cuando por asociación de ideas me acordé de Lele, de quien no tenía noticias desde hace tres días y así, en un momento de gran felicidad, me mortificó el remordimiento de haberme completamente olvidado del amigo.

Entonces dejé la casa de Aurora a toda prisa para correr a la de Lele donde, para mi gran consternación, no encontré a nadie. Me quedé petrificado, pensando a dónde diablos hubiera podido ir aquel hombre tan enfermo, pero pronto tuve la respuesta.

Buscándolo por todas las habitaciones llegué a la cocina donde sobre la mesa encontré un gran sobre dirigido a mí. Lo abrí febrilmente y encontré estas pocas líneas de mi amigo:

«Queridísimo Fabio, si lees esta carta querrá decir que has conquistado a Aurora y por lo tanto les deseo toda la fortuna. En el otro sobre que encontrarás está mi última voluntad; te adelanto que, a pesar de todo, he dejado todos mis bienes a mis hijos, porque si he sido un mal padre en vida al menos me recuerden con un poco de afecto como herederos. En cuanto a ti, en el primer cajón del buró en la recámara, encontrarás mi reloj preferido que te dejo como recuerdo y que te podrá dar una pequeña pista de a dónde he ido y por qué. Gracias de corazón por haber venido a socorrerme, pero ahora no me busques: sería totalmente inútil y contraproducente. Un abrazo final, Lele«.

Fui a la recámara corriendo para encontrar aquella leve pista y, en efecto, en el cajón había un reloj de oro que tomé en mis manos de inmediato para resolver aquel misterio. Comencé a mirarlo con atención leyendo las varias palabras escritas: «Rolex» la marca, «Cellini» el modelo; pero ni la una ni la otra me sugirieron algo, «Swiss made«.

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Fue como un puño en el estómago, aquella Suiza me recordó de inmediato una noticia aparecida en el periódico local que daba gran resalto al gesto de un conciudadano exfuncionario del INPS, afecto de una enfermedad incurable, que se había dirigido a ese país donde Atropo corta el hilo de la vida a solicitud.

A este punto, todo me pareció claro, instintivamente, mientras algunas lágrimas corrían fugitivas, me hice la señal de la cruz. Amén.

Por Gianfranco Corsini Traducción de Rosa María Fajardo El autor invitado de este mes se presenta así: «Nunca es demasiado tarde para probar el placer de escribir, se los sugiere un escritor fuera de tiempo. Con un caluroso saludo». Gianfranco Corsini. *Publicado originalmente como «Swiss made«, en TRATTOLIBERO. Inpaziente Attesa. Raccolta di racconti, de la colección Quaderno di esercizi. Ed. Trattolibero. 2° edición. Italia. 2013. pp.77-823. Se publica con  autorización del autor.

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