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Trabajo no remunerado en México

por Leticia Cano/ Pedro de la Cruz

Cintillo

 Es importante contextualizar social y culturalmente el fenómeno del trabajo no remunerado en el marco de las desigualdades sociales, en tanto epicentro de las categorías sociales más dominadas, más excluidas y marginadas, en tanto sus rostros y vidas son fundamentalmente de niñas, jóvenes, mujeres


En diversas obras fundamentales del tema, como en el libro “El trabajo no remunerado en la economía global”, de María Ángeles Durán Heras, Doctora Honoris Causa por la Universidad Autónoma de Madrid, se han planteado las dimensiones críticas que nos ofrecen una cosmovisión de este fenómeno que sustenta miles de millones de hogares o espacios productivos ininterrumpidos en servicios y las diversas respuestas y transformaciones que las sociedades, Estado y mercado están construyendo frente al mismo. Veamos algunas dimensiones diagnósticas, contextuales y prospectivas con énfasis en la realidad mexicana:

I .Dimensión conceptual

La desigualdad en la distribución del trabajo y la riqueza es la fuente misma de la diversidad de concepciones que gravitan en torno al empleo, el trabajo y la vida en sociedad: ¿cómo denominar las fronteras intermedias múltiples en torno al empleo, desempleo, trabajo informal?

De esta manera, el empleo no remunerado carece, por definición, de remuneración. Eso no significa que carezca de valor económico ni que quienes lo desempeñan no contribuyen a la economía de los hogares, sino que no se traduce en la contrapartida de un pago inmediato y directo a la persona que lo realiza. La contribución económica real del trabajo no remunerado puede ser en muchos casos más alta de la que lograría el trabajador incorporándose al mercado de trabajo, pero lo que nunca conlleva es la inmediatez, la individualización y el sentido de disponibilidad y periodicidad que son característicos del salario (Durán, 2012: 80)

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Es importante subrayar que el trabajo no remunerado implica sustancialmente un amplio y asimétrico grado de especialización y potencial de segregación y delegación de tareas en otros trabajadores. Así, de acuerdo con el Programa de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas y el Institute of Political Studies of Paris (UNDP 2005), “las estadísticas tradicionales infraestiman el trabajo real de hombres y mujeres al no incluir el trabajo no remunerado (…) que se realiza (incluso) en días festivos, en horarios posteriores y anteriores al horario laboral, y lo realizan pensionistas, jubilados, y en muchas ocasiones, niños, ancianos y enfermos” (Durán, 2012: 29).

Debe señalarse la ausencia de valoración global del trabajo no remunerado (en tanto no da lugar a transacciones monetarias inmediatas o a la existencia de un pago directo) respecto del tiempo dedicado a cuidados primarios, así como de las jornadas extenuantes de quienes realizan a la vez trabajo no remunerado y trabajo remunerado.

En otra vertiente reflexiva, las organizaciones de la sociedad civil vinculadas a la promoción de derechos sociales que permitan superar las desventajas sociales y competitivas del trabajo remunerado han incluso presentado iniciativas para erradicar los nombres despectivos hacia las mujeres que se emplean en el servicio doméstico, considerándose importante que sean denominadas empleadas del hogar, en lugar de trabajadores domésticas (Chávez, 2005: 54).

II. Dimensión subjetiva y cultural

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Los procesos de cohesión social, la posibilidad de potenciar derechos sociales y prevenir vulnerabilidades sociales respecto a esta realidad tan compleja del trabajo no remunerado implica por definición repensar a la mujer, no como víctima, sino como un crisol de proyectos, capaces de construirse a sí mismo, centrado en su interior, capaz de poner en conjunto lo que no está; mujeres que se asumen a sí mismas como empresa de autonomía y libertad, que buscan responder a la vez a su vida privada y a la vida pública. Esta es la transformación cultural que se nos advierte en el texto “El mundo de las mujeres”: estamos ante un nuevo modelo de sociedad y de relaciones sociales tejidos por una progresiva dependencia cultural de los hombres hacia las mujeres, parece estar abriéndose camino en nuestra era (Touraine, 2006). Por otro lado, el recurso tiempo, por definición limitado, implica la reducción de posibilidades de incorporación al empleo formal, educación y a otras actividades: sacrificándose el desarrollo de la persona, su tiempo de ocio y de los propios hijos, con los correspondientes permisos no retribuidos y riesgos de enfermedad y muerte.

En tanto la mayor parte del trabajo doméstico no remunerado era realizado fundamentalmente por mujeres, en las sociedades actuales se abre un nuevo horizonte para superar la división sexual del trabajo que predominaba paradigmáticamente en el mundo, modificando a su vez la ecuación entre hogares, empresa y Estado; entre hombres y mujeres: la autonomía individual se vincula a la obtención de reconocimiento y sustancialmente a la posibilidad de obtención de ingresos laborales.

III. Dimensión socioeconómica y de política pública

Julia Chávez Carapia ha planteado la importancia de vincular el trabajo no remunerado con el proceso de reproducción social y productivo: “es precisamente en la reproducción de la fuerza de trabajo, en las condiciones de vida del trabajador, donde las mujeres juegan un papel muy importante, puesto que tradicionalmente ellas son las que organizan el hogar donde se alimenta, viste, descansa y se reproduce la fuerza de trabajo” (Chávez, 2005:5).

Por otro lado, se ha contrastado en diversas investigaciones el nivel de costo que significaría para el mercado laboral el que cesen las actividades que se realizan desde el trabajo doméstico, así como (el no suficientemente valorado en su magnitud) aporte transversal que significa a la vida cotidiana, socio familiar, socio médica y socio comunitaria, que conlleva en sí mismo y en servicios y cuidados primarios en hogares (con mayor impacto en mujeres y mano de obra femenina) y para con grupos socialmente vulnerables. En efecto, “el trabajo no remunerado contribuye a la cohesión social más que cualquier otro programa de políticas públicas” (Durán, 2012:30)

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En México, 85 de cada 100 personas mayores de 12 años dedican tiempo para hacer alguna actividad de trabajo doméstico en los hogares: INEGI, organismo para el que el trabajo no remunerado y el remunerado son considerados como “una labor invisible, sin reconocimiento social, con jornadas largas y desvalorizado” (INEGI/INMUJERES, 2014) ha logrado hacer visible una parte sustancial para reflejar la realidad inherente al trabajo no remunerado: el promedio de horas a la semana dedicadas al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado en la población mayor de 12 años es de 33.4 horas, siendo el más alto para las mujeres al destinar 47.9 horas a esta labor a la semana, en tanto que los hombres sólo dedican 16.5 horas semanales: “El papel de las mujeres en el trabajo doméstico no remunerado consiste en producir servicios para mantener en buen estado la fuerza de trabajo y su reproducción. Si los hombres tuvieran que pagar todos los requerimientos mínimos para cubrir sus necesidades de manutención y reproducción, su ingreso sería más insuficiente de lo que ya es” (Chávez, 2005: 105).

El trabajo no remunerado rubrica el que se hace a temprana edad, particularmente por niñas y adolescentes (quienes empiezan a trabajar más temprano, reciben menos dinero por el mismo trabajo y trabajan más horas, además de asumir obligaciones domésticas a corta edad), los trabajos duros y penosos de los hogares que carecen de las infraestructuras materiales mínimas (agua potable, energía, red sanitaria y alcantarillado) hasta los trabajos de patrimonial y representación social que se realizan en los hogares de casas acomodadas.

“La escisión entre el mundo público y el privado no sólo excluyó a las mujeres de una inmensa cantidad de actividades profesionales, económicas, culturales y sociales, sino que invisibilizó todo el sistema a través del cual el mundo público se sostenía. Porque en el mundo privado no sólo se lleva a cabo la reproducción de la especie, se lleva a cabo la reproducción de la fuerza de trabajo. Cuando los hombres tenían las condiciones para asumirse como proveedores de tiempo completo era gracias a que existían mujeres que resolvían el 100% de sus necesidades privadas: compras realizadas; comida preparada; ropa lavada y planchada; casa limpia y organizada; y un largo etcétera que les permitía a los hombres proveedores alimentarse sanamente; recrearse; descansar; y estar saludables y en condiciones de enfrentar otro día laboral. Además, eran las mujeres las que se ocupaban del cuidado y la educación de los hijos. Pocas eran las personas que se cuestionaban ¿cuánto costaría esto si se pagara cada uno de los servicios? Todo esto parecía gratis, pero no lo es. Todo esto parecía que no era trabajo, pero sí lo es. El costo ha sido muy alto en el nivel individual para cada una de las mujeres que sostenía el mundo privado, y en el nivel social, económico y cultural, el costo lo ha pagado toda la sociedad. Aun a pesar de que actualmente las mujeres no están dedicadas de tiempo completo a las labores domésticas y al cuidado y educación de los hijos por su participación en el mercado laboral, dichas tareas siguen siendo su responsabilidad” (Buquet, 2008)

Así, en otro ejemplo, en el ámbito agropecuario abarca sectores como el de la agricultura, ganadería, silvicultura, caza y pesca, y es considerado como uno de los más peligrosos (INEGI, 2012), pues existe una mayor probabilidad de tener accidentes relacionados con el trabajo, además de prácticas violentas y de abuso laborales y al hecho de que, como las mujeres de todas las edades, habitualmente no reciben remuneración o contribución diferenciada.

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IV. Dimensión desregulatoria en la economía global

El guion de especialización y flexibilidad laboral que trae consigo la globalización, conlleva procesos críticos para lograr insertarse a temprana edad a dinámicas laborales, pero sin beneficios de ingreso estable, contratación colectiva, protección y seguridad sociales (que se vuelve lastimero sobre todo en edad avanzada, en sectores depreciados en el nivel de salarios y productividad como trabajadores a domicilio; vendedoras y vendedores ambulantes; y a quienes están en condiciones críticas de salud y discapacidad, sin demérito de los hogares que destinan ingentes esfuerzos para la producción de servicios dirigidos al autoconsumo).

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V. Dimensiones sociales

De bienestar y riqueza nacional

 Es clave su papel en la vida productiva, de la familia y de la naturaleza del tejido social. Esto se trasmina incluso en la dimensión (tras)nacional asociada a procesos (in)migratorios y remesas. Resulta así fundamental la articulación interregional e internacional entre trabajo remunerado y trabajo no remunerado; la posibilidad de incentivar esquemas intercomunitarios de ahorro familiar; y la búsqueda de alternativas a circunstancias de apremios: “en los hogares de trabajadores inmigrantes el trabajo no remunerado significa incluso subsistencia con recursos muy bajos, que serían insuficientes si los bienes y servicios hubiesen de adquirirse a precios de mercado” (Durán, 2012: 324).

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De la economía del cuidado

Cuidadoras y cuidadores no remunerados de niñas y niños, así como de enfermos, lenta pero progresivamente es un espacio y fenómeno que está dejando de ser visibilizado para la atención social profesional multidisciplinar en las perspectivas económicas, legales y sociales, en el diseño de nuevas políticas públicas, en la esfera corresponsable entre sociedad, Estado y mercado; todo ello expone a salarios precarios en sectores de baja productividad, así como a dependencias mayores en escenarios de carestía en los hogares, desempleo y crisis económica.

Crisis económicas, redes afectivas y de apoyo que sostienen a los hogares

Estas redes y decisiones sociofamiliares son fundamentales para preservar la estabilidad, en el nivel precario o no de ingreso, que coadyuva a sostener a las familias que viven y dependen del trabajo no remunerado. Sin embargo, “en los hogares de estricta división del trabajo y de dedicación plena y exclusiva por uno de los familiares al trabajo no remunerado del hogar, la ruptura de las relaciones matrimoniales, la viudez o la emancipación de los hijos puede equivaler a una pérdida de empleo. De hecho, en las épocas de expansión económica son más probables estos acontecimientos que el desempleo” (Durán, 2012:79).

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CONSIDERACIONES FINALES

Es importante recuperar la capacidad de interacción con las diversas realidades socioeconómicas por parte del Estado mexicano. El trabajo no remunerado como un fenómeno aun no integralmente medido, no valorado, desregulado en esencia, se ha consolidado en sus causas y efectos contradictorios, en diversos procesos socioculturales, socioeconómicos y sociofamiliares. Es fundamental la existencia de estadísticas nacionales que permitan avanzar en la valoración de las escalas, intensidades y cohortes generacionales sobre la realidad social de la desigualdad estructural vinculada al trabajo no remunerado: esto permitirá establecer estrategias y modelos de intervención y de política acorde a contextos, realidades comunitarias y prospectiva de productividades local-regionales, articuladas con procesos de capacitación laboral y en oficios, vocaciones profesionales y laborales identificadas desde temprana edad, y procesos de aculturación en perspectiva de equidad de género, particularmente con empresarios, mandos medios y altos del sector público, social y privado, y por supuesto, la previsión del crecimiento de la población económicamente activa, además de la importancia de contar con un sistema de incentivos para apoyar la escolarización y potencial formación profesional de mujeres de todas las edades empleadas en el hogar, y de adolescentes y hombres en condición de precariedad remunerativa.

Las consecuencias directas e indirectas de las crisis económicas, los ajustes presupuestales nacionales, los niveles de desempleo crecientes y la flexibilización de la economía laboral impactan directamente en los entornos y realidades (acceso a los servicios y apoyos en mujeres que se dedican a la provisión de cuidados sociales, por ejemplo) de quienes dependen del trabajo no remunerado.

No obstante, las múltiples dificultades que eventualmente implica llegar a un consenso plausible entre expertos en la temática y tomadores de decisión en políticas públicas para dimensionar, desde la experiencia internacional, el valor del universo global de propinas y pagos en especie que discurren en el sector de educación, la construcción y los hogares –o incluso en actividades ligadas al comercio, la reparación de automóviles y artículos electrodomésticos, así como actividades secundarias, como comida hecha en casa y vendida, por ejemplo-, es importante reflexionar sobre la necesidad de contar con un sistema de conocimientos a los que sea posible dar seguimiento y organización permanente, con perspectiva transdisciplinaria, además de que estén contextualizados a nivel sociocomunitario e individual, para que el país pueda asirse de estimaciones estadísticas nacionales de la economía y la sociedad no observada en tanto implican al trabajo no remunerado.

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Con base en ello, será posible avanzar en el diseño de políticas públicas que logren tener capacidad de convocatoria e incidencia en quienes realizan trabajo no remunerado, sobre todo al nivel de capacitación para el empleo productivo e innovación en esquemas de protección social temporales diferenciados, potencialmente, por niveles de exposición a riesgos; articular junto a organizaciones de la sociedad civil, estrategias de disuasión y de reducción drástica de episodios de violencia de género en hogares y espacios de trabajo evitando la movilidad laboral asociada al abandono por maltrato y salario insuficiente, por violencia o acoso sexual; que contribuyan además a la creación de expectativas de promoción en el empleo donde no existen actualmente, así como al ejercicio y el reconocimiento de derechos sociales a personas económicas, fiscales y legalmente desprotegidas, y la prevención de nuevas vulnerabilidades sociales.

REFERENCIAS:

I. Buquet, A. (2008) “Políticas de igualdad” en Debate Feminista, Año 19, Vol. 17, 34-48pp. Consultado en http://www.debatefeminista.com/PDF/Articulos/145.pdf

II. CEPAL (2010) Tiempo total de trabajo: remunerado y no remunerado. División de Asuntos de Género.

III. Chávez, J. del C. (2005) Trabajo doméstico. Centro de Estudios de la Mujer. ENTS UNAM.

IV. Durán Heras, M. A. (2012) El trabajo no remunerado en la economía global. BBVA. España

V. INEGI/INMUJERES (2014) Encuesta nacional sobre el uso del tiempo (ENUT). Consultada el 7 de febrero de 2016 http://www.inegi.org.mx/saladeprensa/ boletines/2015/especiales/especiales2015_07_2.pdf

VI. Pedrero, M (2005). Trabajo doméstico no remunerado en México. Una estimación de su valor económico a través de la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo 2002. Consultada el 29 de enerod e 2016 http://www.inegi.org.mx/ inegi/contenidos/espanol/eventos/vigenero/dia28/panel3_mesas_pdf/Trabajo/ Trabajo-ENUT-y-Trabajo-doméstico-no-remunerado.pdf

VII. Reynaud, E. (2013) (Coord.) Protección social y trabajo decente. Ed La Ley/ Grupo Wolters Kluwer

VIII. Touraine, A. 8 (2007) El mundo de las mujeres. Paidós, Ibérica. España

IX. United Nations Development Programme (UNDP) (2005). Three case studies of time of Use Survey Aplication in lower and middle-income countries. Science- Po, París, junio. Consultado el 15 de febrero de 2016 http://www.levyinstitute.org/ undp-levy-conference/papers/paper_Vacarr.pdf

Leticia Cano
Directora y Profesora de Carrera de la Escuela Nacional de Trabajo Social.

Pedro de la Cruz
Doctor en Ciencias Políticas y Sociales y Coordinador de Investigación de la ENTS. 

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