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Un recorrido histórico por la desigualdad en Rusia, a 100 años de la revolución

por Laila Porras Musalem

Hace 100 años el orden mundial se dislocaba por completo y una nueva era comenzaba, periodo que duraría simbólicamente hasta la caída del muro de Berlín en noviembre de 1989. Por primera vez en la historia, los trabajadores tomaban el poder (exceptuando 1871, por supuesto) y emprendían la construcción del sistema socialista


El impacto internacional de este evento fue enorme, ya que transformó el curso de la historia mundial y, más específicamente, cambió el rumbo de vida de millones de personas que nacieron, crecieron y vivieron en un sistema económico muy distinto al sistema capitalista.

Este espacio no permite tratar en general toda la historia ni toda la especificidad del sistema socialista, por lo que me centraré en un aspecto fundamental del sistema socialista, y obviamente capitalista, que es la desigualdad.

Finalmente, si tuvo lugar la revolución rusa y se construyó el socialismo en la Unión Soviética, no podemos no recordar que el objetivo de cambiar y buscar un nuevo sistema económico y social se basó en primer lugar en los ideales de justicia, y en el reclamo de una mayor igualdad. El tema de la desigualdad en Rusia, en la Unión Soviética y, más generalmente, en el bloque soviético es por ende un tema fundamental.

Antecedentes históricos

El itinerario socioeconómico de Rusia está marcado por disparidades muy profundas. Las condiciones en las que se encontraba el país después de la revolución bolchevique eran aquellas de una gran desigualdad. Hay que recordar que a mediados del siglo XIX Rusia era el único país en Europa que mantenía una situación de servidumbre con más de 40 millones de siervos. En esa época no existía realmente una clase media fuera de la nobleza y burocracia y de una pequeña burguesía embrionaria.

El campo ruso había conocido grandes transformaciones con la abolición de la servidumbre en1861. Esto había dado la libertad personal a los campesinos, pero sin por ello darles la tierra. Al final del siglo XIX la sociedad rural se encontraba fuertemente polarizada: por un lado, con una minoría de propietarios, y, por otro lado, una mayoría de campesinos pobres o sin tierra.

Un desarrollo industrial había comenzado, pero los obreros vivían generalmente en la miseria y en la precariedad. Un pequeño porcentaje de artesanos trabajaba en pequeños talleres de la Rusia “urbana”. La revolución de 1917 hizo entrar al país en un sistema económico completamente diferente.

Ciertas medidas comenzaron a cambiar la estructura social y el funcionamiento del sistema económico a partir de esta fecha. El decreto sobre la tierra, adoptado en 1917 abolió la propiedad nobiliaria, canceló las deudas de los campesinos y dio una legitimidad del reparto de tierras a los campesinos. En total, 40% de las tierras cultivables serían redistribuidas entre 1917 y 1927. En diciembre de 1917 todos los bancos privados fueron nacionalizados.

La conferencia número 15 del partido comunista (octubre 1926) anunció un “refuerzo de la hegemonía económica del sector socialista a gran escala sobre toda la economía del país” y proclama la necesidad de alcanzar y rebasar a los países capitalistas más avanzados “en un periodo histórico mínimo”.

Estos objetivos van a imponer los procesos de transformación más importantes en la consolidación del sistema soviético: la planificación, la industrialización y la colectivización. Los planes quinquenales se tradujeron por una transformación radical y profunda de la sociedad soviética.

En efecto, la economía entera quedó sometida a un plan quinquenal: la naturaleza y las cantidades de la producción eran determinadas por el plan. El tránsito hacia una economía planificada se tradujo esencialmente por la prioridad a la industria pesada.

La producción quedó bajo control de los ministerios de producción. Medir el crecimiento económico de la producción soviética ha representado siempre un desafío para los economistas. Sin embargo, no hay duda del crecimiento importante de la producción durante los primeros planes quinquenales.

La otra cara de este éxito fue el proceso de colectivización, como señaló Alec Nove: “Los eventos de 1929-1934 constituyen uno de los grandes dramas de la humanidad”. No existe ambigüedad sobre lo que significaron las políticas estalinistas de transformación de una economía agrícola a una sociedad urbana e industrial en un lapso de tiempo muy corto.

Estos eventos dramáticos afectaron prácticamente todos los aspectos de la vida soviética. El terror y las purgas diezmaron una parte importante de los burócratas ejecutivos, técnicos, estadísticos y planificadores. En este contexto uno de los periodos más dramáticos de la historia rusa comenzaría: la invasión alemana durante la segunda guerra mundial.

Es difícil, incluso imposible, determinar la pobreza y la desigualdad en el periodo que se abre en los años 1920 y que se termina con el fin de la segunda guerra mundial pues el establecimiento y consolidación del régimen comunista no pueden disociarse de la guerra y la devastación.

A pesar de un crecimiento importante y una recuperación impresionante, los años posteriores a la guerra estuvieron marcados por la dificultad y las penurias. Una nueva era comienza sin embargo en los años cincuenta para el ciudadano soviético.

La transformación de la estratificación social

El ciudadano soviético se encontraba substancialmente mejor vestido, alimentado y alojado en 1991 que en 1917. Este progreso material generalizado no puede disociarse del proceso hacia una igualdad social y del cambio en la estratificación social.

Sin embargo, las diferencias económicas y sociales no desaparecieron por completo. Nuevas formas de desigualdad surgieron bajo el sistema socialista. La nueva estructura social de la Unión Soviética es el resultado de dos transformaciones fundamentales: el cambio en la composición urbana y rural de la población y la transformación de la estructura socio-profesional.

Estos dos fenómenos están ligados al tránsito de una sociedad preindustrial a una sociedad industrial pero también al cambio hacia un sistema de planificación socialista. Además del crecimiento sostenido de la población urbana y empleada en el sector industrial, el hecho más destacado es el cambio drástico de la composición social de la población soviética.

La causa es evidentemente la “estalinización” de la sociedad soviética con la puesta en marcha del primer plan quinquenal y la colectivización de la agricultura. La industrialización del país llevó a transformaciones en las escalas de la jerarquía profesional.

Esta evolución estuvo doblemente estimulada por la voluntad de industrialización rápida y por la voluntad de un progreso técnico comparable a las potencias occidentales. Esto explica la importancia acordada a las ciencias y técnicas en la estimulación y la orientación del progreso económico. Esto va a posicionar en un lugar particular a la nueva intelligentsia científica y técnica cuyo prestigio e ingresos se van a diferenciar del resto de la población.

La desigualdad salarial

Durante el periodo estalinista con la colectivización y el periodo de terror, las desigualdades aumentaron. La política salarial fue esencialmente coercitiva. La diversificación de salarios fue la regla, cada categoría tenía un mínimo muy bajo que podía ser aumentado con primas al rendimiento.

Stalin critica la igualdad de salarios e introduce una escala salarial para diferenciar el trabajo manual y el trabajo calificado; alienta los salarios elevados para los miembros del partido comunista y favorece los privilegios a ciertos ejecutivos en la industria; también abandona una regla establecida por Lenin que no permitía a los miembros del partido ganar más que un trabajador calificado.

Una disminución de la desigualdad de salarios y remuneraciones se observó de manera más clara a partir de los años cincuenta. Esto fue el resultado de una serie de innovaciones mayores en lo que se refiere a la política salarial, sobre todo la estructura de salarios y el alza del salario mínimo.

La dispersión salarial alcanzó su nivel más igualitario a finales de los años sesenta. En los años setenta la desigualdad salarial comienza a aumentar de nuevo. Diferencias substanciales persistían en cuanto a los salarios: en el proceso de igualdad salarial fueron las categorías obreras las que más ganaron, mientras que los empleados en general perdieron sensiblemente.

Por ejemplo, en 1940 el salario mensual de un obrero representaba menos de 50% del de un ingeniero, para 1976 representaba más del 70%  y este porcentaje aumentó a 90% al final del periodo soviético. En la industria pesada los salarios eran más elevados que en la industria ligera (textil, por ejemplo). En la agricultura los salarios eran más bajos, así como en el sector de servicios. En la construcción, debido a la dureza del trabajo y a la falta de mano de obra, los salarios eran más elevados que en la industria.

La repartición de los ingresos y la política social

Las condiciones materiales del pueblo soviético mejoraron después de la segunda guerra mundial. Esto es el resultado de cambios mayores en la política económica de Jrushchov en lo que se refiere a los niveles de vida de la población y al aumento de los ingresos y el consumo de los hogares, como la estimulación agrícola, la reforma salarial y el aumento del salario mínimo, así como la construcción de viviendas.

Durante el periodo de Brézhnev una mejora en el nivel de vida de los soviéticos se observó, y esto hasta 1970. El consumo de artículos vestimentarios, electrodomésticos, etcétera, aumentó. Es importante mencionar que el mundo agrícola fue una de las grandes prioridades del periodo. Este progreso coloca al ciudadano soviético en delantera de los pueblos de los países pobres o subdesarrollados, pero todavía lejos de los niveles de los países ricos occidentales.

Sin embargo, a partir de la mitad de los años setenta, las dificultades económicas y el peso del gasto de la industria militar frenaron la evolución del consumo. Se observa una reducción de la desigualdad que corresponde a la disminución de la desigualdad salarial y al aumento de los ingresos de los campesinos.

El nivel de desigualdad que se observa al final del periodo soviético, es decir a finales de los años ochenta, es un nivel moderado o incluso menor en relación con los países ricos occidentales, pero es más elevada que varios países de Europa central que eran parte del bloque soviético, como Checoslovaquia o Hungría.

Podemos concluir que el “modelo general” de la repartición de los ingresos en el bloque soviético se caracterizaba por una relativa igualdad a finales de los años ochenta si lo comparamos con los países capitalistas avanzados. Sin embargo, existía una diversidad importante de trayectorias de desigualdad y esto a pesar de las determinaciones institucionales comunes del sistema socialista.

Para sintetizar el sistema social soviético en su último periodo, podemos evocar la descripción de la realidad socialista que hace el gran historiador húngaro de los países del Este, Ivan Berend[1]:

“La gente en el sistema socialista se acostumbró a vivir con seguridad. No se ganaba mucho, pero se ganaba para vivir. La población sabía que sería hospitalizada si era necesario, y que recibiría medicinas de manera gratuita o semi-gratuita. Sus hijos podían ir a la escuela y a la universidad sin pagar y a los 55-60 años, se podían jubilar con una pensión modesta pero segura y que permitía vivir. Casi todo estaba garantizado por el Estado socialista, los salarios y los ingresos eran bajos pero relativamente igualitarios. Las penurias generalizadas limitaban e igualaban el consumo. Como la gran mayoría sufría de las mismas penurias de vivienda y de bienes, era más fácil tolerarlo. Nadie podía ser muy rico pero el sistema de seguridad social no permitía que la sociedad marginara una parte de la población”.

Así estaban las cosas a finales de los años ochenta cuando comienza la transformación de las sociedades soviéticas hacia el capitalismo. En efecto, una nueva transformación en la misma región cimbró al mundo al final del siglo pasado: se trata de lo que hoy comúnmente se llama “la transformación post-socialista”.

Es importante mencionar que, en esta nueva transformación económica, la antigua Unión Soviética, y en general todo el bloque postsoviético, se volvieron más desiguales en los primeros años de la década de los noventa. El aumento en la desigualdad de ingresos de los antiguos países socialistas en los años 1990 no fue un hecho aislado, sino parte de la tendencia a una mayor desigualdad en el mundo.

Es importante señalar que, al inicio de los años 90, los arquitectos de la transformación habían ignorado el problema de la desigualdad y de manera más general, el ámbito social, esto principalmente por dos razones: la primera es que la ideología neoliberal dominante en los programas de transformación, con la participación ineludible del Fondo monetario internacional y del Banco mundial, ignoraba la desigualdad como un factor importante.

De hecho, la noción de un arbitraje (trade off) entre eficiencia e igualdad, influenciaba de manera importante el debate. El alejarse de la igualdad social y económica que caracterizaba al periodo socialista, produciría un sistema de motivación y promovería el crecimiento económico.

Una vez que el crecimiento económico comenzara, el efecto conocido como “trickle down” debería comenzar: es decir, las repercusiones económicas positivas espontáneas y graduales de los frutos del crecimiento se dirigirían a toda la sociedad, de la cima hacia las bases.

La segunda razón por la cual los responsables políticos y los economistas de las grandes instituciones internacionales, no se interesaron en la pobreza y en la desigualdad es que en esa época, nadie podía imaginar la magnitud de la convulsión social a la cual estaría confrontada esa región del mundo. La desigualdad y la pobreza eran percibidas como fenómenos secundarios.

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Las políticas de transformación ampliamente inspiradas de las políticas conocidas como el Consenso de Washington aplicadas en América latina en los años 80, tuvieron consecuencias económicas generales en todos los países ex socialistas.

Desde el inicio de la primera década de los años 1990 se observó una caída drástica y generalizada de la producción y del ingreso real por habitante. En ciertos casos esta caída fue espectacular: en Rusia entre 1988 y 1995 la caída del ingreso real por habitante fue de 42%. La disminución drástica del PIB se acompañó de un aumento generalizado de la desigualdad de una envergadura inesperada.

Por primera vez en la historia económica moderna, países considerados hasta esa fecha como “igualitarios” pasaron al otro extremo en un lapso de tiempo muy corto. Tal es el caso de Rusia y varios países de la antigua Unión Soviética.

Tomando el umbral del Banco mundial de cuatro dólares per cápita al día, el porcentaje de pobreza en Rusia en 1988 era de 2%; para los años 1993-1995, este porcentaje había aumentado a 50%. Durante los primeros años de transformación, el dogma de “Menos Estado” bien arraigado en las recomendaciones de los arquitectos neoliberales terminó por producir una verdadera renuncia del Estado en Rusia, que se tradujo por cortes drásticos en el gasto público.

Esto debilitó la administración y las instituciones públicas. El resultado fue la degradación del sistema de la recaudación de impuestos. El Estado completamente desposeído de sus habituales fuentes de ingreso, comenzó a cortar de manera drástica los subsidios, los salarios, las pensiones, los pagos en las empresas públicas etc. Trabajadores y pensionados vieron disminuir sus ingresos de manera dramática.

La crisis presupuestaria, contribuyó entonces a aumentar la desigualdad de salarios y de ingresos. Consecuentemente, la evolución del mercado de trabajo y de la política social no se puede disociar de la opción ideológica de la terapia de choque[3] y más generalmente de las políticas neoliberales aplicadas en Rusia.

El programa de privatización ruso representa la reforma de propiedad más grande y ambiciosa jamás conocida en la historia moderna. En 1992 existían en Rusia 70 empresas privadas y en julio de 1994 el país contaba con 110 mil empresas privadas. El sentimiento general predominante es que el proceso de privatización a gran escala había sido bastante corrompido. Este sentimiento se confirmó a la época de la privatización de las grandes empresas públicas.

En efecto, durante la segunda fase de privatización entre 1994 y 1996 los recursos de la nación que deberían haber sido consagrados a facilitar la transformación y disminuir las repercusiones adversas del proceso, en realidad fueron acaparados por un puñado de oligarcas que se volvieron en dos o tres años escandalosamente ricos.

Este proceso se llamó la “préstamos contra acciones” y que ligó a los hombres de negocios y a responsables políticos corruptos sobre la base de una colusión cada vez más evidente entre los intereses privados y los gobernantes. Nombres como Potanin, Abramovitch y Khodorosky, comenzaron a ser conocidos a nivel mundial por las impresionantes fortunas que amasaron en el periodo de Yeltsin.

En Rusia, las instituciones del mercado de trabajo fueron incapaces de garantizar un salario mínimo para limitar la explosión de la desigualdad salarial y el sufrimiento social. De manera más general, se puede decir que los trabajadores sufrieron las consecuencias de una crisis económica e institucional sin precedente como el fenómeno de la expansión del retraso del pago de los salarios y de las pensiones, así como el desarrollo de la actividad informal.

Por otro lado, el nivel mínimo de protección social a través de políticas públicas no fue asegurado, con consecuencias catastróficas para la población. La crisis demográfica de los años noventa sin precedente en la historia moderna de un país en paz, es la manifestación más concreta de esta deriva social. Ahí donde el papel del Estado se preservó, la crisis económica y el aumento en la desigualdad y en la pobreza pudieron ser limitados (como, por ejemplo, en República Checa o Hungría).

En Rusia, al contrario, el debilitamiento del Estado tuvo consecuencias sociales devastadoras. Los rusos hombres perdieron en solamente un periodo de cinco años, más de seis años de esperanza de vida, ésta pasó de 64.2 a 57.6 entre 1989 y 1994.

La enorme concentración del aumento de la mortalidad del hombre ruso en edad de trabajar, entre 1992 y 1994 explica este fenómeno, y se dio precisamente en los años de la aplicación de la terapia de choque, y de la política de estabilización económica, llamando la atención sobre el rol que jugó la crisis transformacional.

Según varios autores, la “tensión social” de la población rusa y particularmente de los hombres rusos, es un factor clave para comprender la crisis de mortalidad en la Rusia. Pues, en efecto, los problemas de hipertensión, de enfermedades cardiovasculares, de problemas ligados al alcohol, de suicidios, de muertes accidentales y por violencia explicarían en gran parte este fenómeno.

Esta situación, caracterizada como “tensión social” se crea cuando los individuos están expuestos a situaciones desesperadas, cuando las estrategias de sobrevivencia no ayudan a poder manejar nuevas situaciones, cuando un sistema de salud no es capaz de responder a nuevas patologías sociales.

Dentro de estas situaciones de “estrés social” podemos mencionar los profundos cambios en el mercado de trabajo donde la característica predominante en el sistema soviético era la seguridad de tener un empleo de por vida, remunerado, una pensión segura, así como un sistema de protección social general para toda la población y para todos los casos.

Esta situación cambió hacia una nueva situación caracterizada por la explosión del desempleo, la caída vertiginosa de los salarios reales, la aparición de retrasos en los pagos de salarios y pensiones, la deterioración del sistema de salud y una política restrictiva de la parte del Estado.

El extraordinario aumento de la violencia fue testimonio de la criminalización rápida de la sociedad entera, de la erosión de la ley y del orden, de un déficit de control social: los problemas y el desorden en los servicios sociales, en la policía y en las instituciones de salud, son la prueba y la manifestación del debilitamiento del Estado.

Podemos decir que, si la causa directa del aumento de la mortalidad fue el sufrimiento de los individuos delante del derrumbamiento del marco social y las dificultades para encarar las circunstancias cambiantes en condiciones de ingresos reducidos, la causa última es el proceso de colapso y fallo del Estado ruso durante los años 1990.

Esta terrible crisis demográfica llevó a interesarse a varios investigadores sobre las causas. Y la respuesta la escribieron en un artículo en la prestigiosa revista de medicina The Lancet[4] y más adelante en un libro llamado Porqué la Austeridad mata. El costo humano de las políticas de recorte[5], donde un capítulo está dedicado precisamente a la crisis demográfica rusa. Los doctores explican que detrás de esta terrible crisis demográfica de la cual Rusia y los rusos no salieron indemnes, está la política económica aplicada al inicio de la transformación y conocida como “terapia de choque”.

De manera más general, las políticas de austeridad que buscan finanzas sanas olvidando el objetivo primordial de un Estado: garantizar la seguridad, la salud y la felicidad de la población. De nada sirve tener finanzas sanas pero una sociedad enferma.

El regreso al crecimiento económico a partir de 1999 acompañado de mejores condiciones institucionales, del regreso del Estado y de una política social importante marcó una disminución importante de la pobreza en Rusia. Efectivamente, la tasa de crecimiento del PIB entre 2000 y 2013 fue en promedio mayor a 5% esta tendencia positiva se vio solamente interrumpida durante los años de crisis 2007-2008. El PIB per cápita dobló entre 2000 y 2012 teniendo como efecto una disminución substancial de la pobreza.

Si tomamos en cuenta el umbral de pobreza nacional, la pobreza disminuyó de 30% en 2000 a 13% en 2009 y 10% en 2013 (sin embargo, un ligero aumento se observó para 2014). La protección social se volvió una de las prioridades del gobierno ruso. La desigualdad salarial se redujo de manera importante durante la primera década del siglo XXI, el aumento en los salarios en la parte más baja de la distribución contribuyó a esta disminución general de la desigualdad de los salarios.

Una mejoría radical en el crecimiento económico del país tuvo lugar, como lo dijimos anteriormente, pero a esta evolución se suman otros factores institucionales que disminuyeron la desigualdad, como un aumento muy importante en el salario mínimo real, y en general una evolución positiva del salario medio.

El sistema de transferencias sociales también mejoró: las pensiones aumentaron un 35% solamente en 2010, y nuevas transferencias sociales, regionales y federales aparecieron (por ejemplo, la ayuda a las madres solteras). A pesar de una retórica liberal del gobierno ruso, éste se puede caracterizar hoy en día como un Estado intervencionista que trata de desarrollar un modelo social; sin embargo, a pesar de una cierta disminución de la desigualdad, ésta continúa siendo muy elevada.

Por otro lado, los problemas no resueltos de la economía rusa, esencialmente ligados al modelo rentista exportador, con la preponderancia económica de los sectores de materias primas y de productos energéticos, hacen de Rusia una economía fuertemente dependiente de la coyuntura internacional. En efecto, Rusia exporta principalmente productos energéticos (gas y petróleo) y ha reforzado su peso en las exportaciones mundiales de productos primarios. Sin embargo, la crisis económica internacional y la disminución de precios internacionales del petróleo a partir de 2014 han puesto en evidencia esta fragilidad.

Conclusión

A 100 años de la revolución rusa, que estuvo cargada de esperanza de acabar con las grandes desigualdades sociales, no es inútil recordar, que más de 70 años del modelo soviético representaron mucho más que un episodio en la historia económica mundial.

En efecto, la industrialización soviética tuvo una influencia enorme en el desarrollo económico mundial; la capacidad del Estado soviético para producir un sistema económico dinámico tuvo una influencia significativa en el pensamiento económico occidental.

En efecto, las administraciones de planificación se expandieron en los países occidentales y en los países en desarrollo. El modelo soviético de transformación de un país rural a una potencia industrial en un lapso de tiempo corto marcó profundamente la concepción del desarrollo en los países subdesarrollados. En la historia económica mundial, el modelo soviético tuvo una influencia importante en la propagación de diferentes modelos de transformaciones económicas y sociales.

La Unión Soviética se volvió un referente en las discusiones sobre el desarrollo económico y el crecimiento. En los años noventa, la transformación postsocialista y sus “grandes sorpresas”; es decir, el aumento impresionante de la desigualdad y de la pobreza en ciertas regiones, como Rusia y otras repúblicas exsoviéticas, volvió a poner esta región del mundo en el centro de los debates sobre las transformaciones económicas, y fueron un factor clave para volcar de nuevo la atención de los economistas, de las instituciones internacionales y en general de la opinión pública, sobre la evolución de la desigualdad y sus determinantes.

Varias enseñanzas de este periodo deberían de servir para no volver a cometer errores del pasado, tales como ignorar el peso de la historia y el papel de las instituciones y más particularmente del Estado e ignorar la repartición de ingresos y la desigualdad como un componente esencial de las transformaciones económicas y del desarrollo. Podemos decir para concluir que el sistema soviético representa hoy en día una experiencia histórica inédita de una gran trascendencia que enriquece la reflexión teórica e histórica sobre los sistemas económicos, el desarrollo y la desigualdad.

Laila Porras Musalem  Investigadora asociada al Centro de Estudios de Modos de industrialización, Escuela de Estudios Superiores de Ciencias Sociales de París (CEMI-EHESS) y al laboratorio LADYSS-Universidad Paris Diderot, Paris 7. Autora del libro: Inegalités des revenus et pauvreté durant la transformation post-socialiste. Une analyse institutionnelle du cas tchèque, hongrois et russe, Ed. L’Harmattan, Paris, 2013.

[1] “Social shock in transforming Central and Eastern Europe”, Communist and Post-Communist Studies, 40 (2007), pp. 269-280.

[2] Este indicador es uno de los indicadores más utilizados para cuantificar los niveles de desigualdad de ingresos. Toma valores entre 0, cuando existe completa igualdad entre la distribución del ingreso y 1 cuando la desigualdad es completa.

[3] Terapia de choque se refiere a las políticas del Consenso de Washington aplicadas de la manera más extrema.

[4] Stuckler, D, King L., McKee M, (2009), “Mass privatisation and the post-communist mortality crisis: a cross-national analysis”, Jan 31, 373 (9661), pp. 399-407.

[5] David Stucker y Sajay Basu, Taurus, 2013.

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