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Una nueva mentalidad

por Susan Pick / Martha Givaudan

Cuando hablamos de un “cambio de mentalidad” podría estar implícito que percibimos nuestra cultura, valores y hasta nuestra esencia como algo negativo y por lo tanto algo que debemos cambiar… no va por ahí el asunto. Veamos.


Recuento de nuestro México

Somos el lugar 50 de 65 países en educación, y sólo 16 de cada 10 mil habitantes estudian algún tipo de posgrado. Por otro lado, ocupamos el segundo lugar en corrupción, a unos pasos de Haití, con el primero. Asimismo, somos el 12° lugar en salario mínimo, en comparación con 20 países de América Latina, por debajo de Guatemala, Haití y Honduras.

En lo que se refiere a productividad, de acuerdo con un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), México ocupaba en 2010 el lugar 16 de una lista de 42 países con los peores niveles de productividad en el mundo respecto de Estados Unidos, lo cual no ha cambiado en los últimos años.

Además, en materia de salud resulta que 8 de cada 10 niños tienen obesidad o sobrepeso; una de cada tres mujeres embarazadas es menor de 20 años de edad y cada dos horas muere una mujer por cáncer de mama. Y así podemos seguir y seguir…

¿Qué tienen en común estas problemáticas?

Durante casi 30 años Yo quiero Yo puedo (IMIFAP), una organización civil mexicana, ha trabajado de manera innovadora en educación, salud, ciudadanía y productividad, y hemos encontrado que en la medida en la que se educa y se comunica esperando que las personas queden bien con las demás, obedezcan ciegamente sin reflexionar o sigan normas que obstaculizan el desarrollo personal, tanto en casa, en la escuela, en la comunidad o en el trabajo, lo que se está haciendo es favorecer una cultura donde la responsabilidad personal no es de cada persona sino “de los otros” o de factores externos.

Algunos ejemplos son las conocidas frases “me equivoqué por tu culpa”; “pobre de ti, vas a ver con tu papá ahorita que llegue”; “si Dios quiere consigo trabajo”; “se cayó”; “a ver si te gusta lo que hice”; “no pregunté porque me dio pena”; “me estás haciendo quedar mal”; “lo haces porque digo yo y punto”.

¿Y qué mensaje nos dan estas frases?

Que el control de tu vida lo tiene alguien fuera de ti, y que lo que motiva a hacer o no ciertas cosas, no es el deseo de superación o el desarrollo del país, es la culpa, el miedo o la pena. Que las personas son aceptadas en la familia, en la escuela o en el trabajo en la medida en que quedan bien con otras aun cuando actúen de manera contraria a lo que desean o piensan. Es mejor huir del conflicto, no pensar, no enfrentar los problemas y responsabilidades y resolverlas de manera fácil y rápida, aceptando soluciones que no nos convencen, recurriendo a la corrupción y manteniéndose en lo que se espera (o crees que se espera) de ti.

Cuando se educa para obedecer a través de memorizar, en vez de analizar y reflexionar, se logra justo eso: personas que son sujetos de las decisiones, gustos, necesidades, deseos y hasta caprichos de otros, por lo cual no se responsabilizan de sus decisiones y acciones. Lo que se está haciendo es formar algo parecido a “borreguitos domados”, en vez de a ciudadanos que piensan, analizan, resuelven, comunican, negocian y se hacen cargo de las consecuencias de sus acciones.

Por otro lado, cuando se trata a las personas con ese enfoque, es difícil crear las condiciones de confianza, derechos e interacción necesarias para que desarrollen plenamente su potencial. No se la creen… ¿y cómo se la van a creer, si nadie les ha dado el beneficio de la duda, las herramientas para desarrollarse, para ser autónomas, para tomar decisiones informadas y actuar sobre éstas?

Si en cambio la educación y la visión se centra en formar ciudadanos en los que se confía, y a quienes se busca que participen, que se responsabilicen, que piensen, y a los cuales se quiere apoyar para que se desarrollen en plenitud, el tipo de formación y de interacción en los diferentes ambientes debería ser a través de un enfoque de competencias, que incluya el desarrollo de habilidades y la adquisición de conocimientos a través de aprender a pensar y de disfrutar el aprendizaje.

El control en sus manos

Es así como las personas van mejorando su rendimiento en la escuela, siendo mucho más productivas en sus trabajos y desarrollándose en un ambiente que contribuye a la protección de riesgos para la salud. De esta manera previenen efectivamente embarazos no intencionados, preguntan dudas al personal de salud, se responsabilizan de hábitos de nutrición, se relacionan con otras personas de manera asertiva y no violenta y generan modelos de conductas responsables en diferentes ámbitos; es decir, cada persona, cada ciudadano es un agente de cambio, no tan sólo un sujeto del mismo.

Esto significa que ya no esperan que otras les den, les resuelvan y les regalen, sino que cada persona asume el control de su vida, de su participación y de su responsabilidad en diferentes ámbitos. Se encarga y responde por las consecuencias positivas o negativas de sus tareas, de informarse y cuidar su salud; de preguntar, cuestionar y aclarar en casa, en el salón de clases; de ir más allá de lo esperado en su trabajo; de demandar mejor atención en los centros de salud; de denunciar delitos y violencia; y de cuidar su medio ambiente.

Lo que sucede cuando se forma a las personas, desde la infancia o en cualquier época de su vida, para analizar, solucionar, decidir de manera informada y responsable; y comunicarse clara y directamente, es que pasan de ser meros sujetos que siguen con la misma inercia de varias generaciones a ser personas que toman el control de sus vidas en sus manos.

Son seres capaces de exigir sus derechos y ejercer sus obligaciones, y, lo que es más, se comprometen a ello, logrando una participación personal y social que logra mejoras continuas en su calidad de vida y el desarrollo de su comunidad.

Yo quiero Yo puedo (IMIFAP) ha logrado resultados significativos en este sentido, en diferentes grupos de la población a través de la implementación de talleres vivenciales basados en habilidades y competencias. Entre los principales resultados está en tan sólo un año el incremento de más de 20% en pensamiento crítico en niños, lo que significa que niños y niñas aprenden a reflexionar y a pensar; se incrementa la motivación para el estudio, aumenta en más de 20% el interés científico y disminuye en 24% de deserción escolar.

En adolescentes se incrementa el ejercicio responsable de su sexualidad y la toma de decisiones informada; por ejemplo, se ha registrado un aumento de 21% en conductas de prevención de VIH/SIDA. Los padres y madres de familia que participan en los talleres aprenden a prevenir desde la muerte de cuna en los bebés, hasta la obesidad en los niños escolares y el embarazo en la adolescencia, al contar con información y estrategias de comunicación efectivas sobre temas “difíciles”.

Respecto a la productividad, las personas que participan en los talleres Yo quiero Yo puedo adquieren herramientas para ahorrar, iniciar sus empresas, trabajar en equipo y tener una tasa de devolución de préstamos del 98%. Y, más allá de estos resultados en cambios de conductas, su capacidad de agencia personal y de empoderamiento intrínseco aumenta también de manera significativa. Esto significa que pasan a ser agentes de cambio, que se ven a sí mismos y actúan a partir de un proceso de empoderamiento que es parte de ellos mismos; es decir, que es intrínseco, y por lo tanto sostenible y no transitorio como lo es aquel que se origina a partir de alguna retribución, aplauso o regalo externo.

En diversos escenarios se ha comprobado que la enseñanza basada en competencias, que combina conocimientos objetivos y habilidades en un contexto de aprendizaje participativo logra cambios estructurales en las personas que apuntan hacia un desarrollo humano, social y económico que lleva al tan esperado cambio de mentalidad en beneficio del desarrollo social de nuestro país.

Implementar una estrategia con este enfoque requiere de múltiples voluntades políticas para invertir en la formación de promotores, de líderes comunitarios, maestros, padres de familia y personal de las instituciones gubernamentales.

Se requiere crear una sinergia donde se termine con el círculo vicioso de obediencia y de “esta vida me tocó” y “así somos los mexicanos” para perpetuar el círculo virtuoso de transmisión de contenidos y de formación dirigida al empoderamiento intrínseco de las personas desde la infancia hasta la edad adulta. Se requiere de un movimiento que logre fortalecer el tejido social y de preparar a las nuevas generaciones para ser ciudadanos del mundo con todo lo que ello implica.•

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