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Y LA LLAMARON DEPRESIÓN

por Chiara Perissinotti / Traducción: Rosa María Fajardo

»No me deje aquí doctor, le ruego, le suplico, lléveme a casa, me esperan los niños, no me puedo quedar en lo absoluto y, además, aquí está lleno de locos: ¿no los ve escondidos en las escaleras que nos miran, allá atrás? Tengo miedo, lléveme de aquí»


Se arrastraba sujeta con todas sus fuerzas a la pierna del médico que la había acompañada a la Clínica: él sabía toda la historia, pero no podía hacer nada más que llamar a los enfermeros que, en pocos instantes, con una jeringa a sorpresa, la habrían sedada y ella habría caído en un sueño profundo.

Durmió por un tiempo que le pareció infinito y al despertar, con la vista nubada por los fármacos, se percató de estar bloqueada en la cama.

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Las ventanas tenían barrotes. La puerta cerrada, seguramente a llave. No tenía fuerza para hacer ningún movimiento, tenía que ir al baño, pero ninguno se asomaba en el horizonte. Se orinó en la ropa, llorando. La vergüenza y la impotencia eran tales, que no le quedaba otra que volverse a dormir para no pensar.

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– »¿Dios mío, pero desde hace cuánto que está aquí esta pobre cristiana?».

La voz alterada del enfermero que había apenas entrado la hizo saltar. Levantada con fuerza, fue llevada al baño: tenía aún encima la ropa del día anterior, sucios de tierra y sangre.

Limpiada, cambiada y hecha incluso la cama, había sido puesta a dormir con otra dosis. Por días no sabía y no entendía dónde estaba, sus ritmos eran sólo guiados por horarios de las pastillas y las comidas. Cuando entraban los médicos a revisarla, pocas preguntas y una sola recomendación del Director: »Señora, deje de hacerse la guerrera», dándole con el expediente clínico en la cabeza. Que humillación.

Poco a poco Elisabetta retomaba aquel sutil hilo de memoria que le impedía no enloquecer realmente: iniciaba a recordar. La carta del abogado –con honorarios exorbitantes que pagar dentro de quince días– la carrera desesperada en auto, un mensaje a su médico donde decía que no podía más, que estaba cansada de luchar, de mandar a sus padres a recoger a los niños en la escuela, luego el bosque, las ideas que se encimaban confusas en la mente, la película de su vida y al final el back-out, el cuchillo, la sangre, los carabineros y la carrera al hospital.

Podía ser dada de alta de inmediato de urgencias con un curita en la herida. Todos estaban de acuerdo de aquello había sido solo un acto demostrativo, como se presentan tantos para llamar la atención. Un mensaje para decir basta, ayúdenme, hagan algo. La única opinión contraria fue de la madre: »No pueden mandármela a la casa, necesita cuidados, tienen que llevarla absolutamente a la Clínica». Asombrados, tuvieron que secundar a aquella mujer que hablaba de su hija como de una incapaz.

Los días transcurrían. Elisabetta se sentía en jaula, humillad y sin dignidad. Podía sólo salir al jardín a pasear con los otros huéspedes, internados con las patologías más terribles, fijándose con aquellos ojos ausentes, redondos, típicos de quien engulle psicofármacos.

Mientras tanto el Tribunal, asignada la custodia de los hijos al padre, había nombrado una comisión para someterla a una pericia: médicos, psiquiatras, peritos, jueces y abogados, todos contra ella, listos para juzgarla y castigarla por cada falta y debilidad suyas. El dolor de Elisabetta había sido tan fuerte como para romperle el corazón y ocasionarle una crisis cardiaca. Inició así a pensar a qué sentido tenía todo aquello que estaba pasando: rebelarse o imprecar pidiendo justicia inmediata no le habría servido a salir de ahí y recuperar a sus hijos perdidos. Tenía que encontrar una estrategia y la única era aceptar todas las reglas del juego. Finalmente, luego de un mes fue dada de alta.

Regresó a su casa vacía. No podía aún tener a los niños: todo era tan absurdo y, sin embargo, tremendamente cierto. La obligaron a proseguir el tratamiento durante algunos meses y a presentarse regularmente  controles médicos. Mientras tanto el auto de las trabajadoras sociales iba y venía locamente, entrevistas, juicios, audiencias y, todo esto, »sólo por una cortadita», repetía Elisabetta como un mantra.

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No era así que había de seguro imaginado su vida. Recuperados los hijos gracias a aquel certificado de idoneidad, que ella llamaba »hoja de salida», retomó la vida de siempre, pero convivir con la depresión y las propias imperfecciones no era empresa fácil. Siguieron años de tratamiento, a cada recaída se reponía hasta que un día, luego de saber de un Monasterio en las montañas a una hora de distancia de la casa, inició un camino de fe que la llevó  a tomar una decisión drástica y resolutiva sobre el caso judicial.

Yo la veía agazapada y temblorosa de frío al fondo de la capilla, con las manos apoyadas en la mayólica para resguardarse del hielo: era uno de los inviernos más fríos de los últimos años, nevaba seguido pero ella, cada sábado del mes, subía a la hora del crepúsculo abandonándose a la oración y a los cantos en latín. Terminada la celebración se escabullía, para aparecer la siguiente vez, hasta que un día, para mi gran sorpresa se me acercó y me dijo:

– »Hermana, sé que tienen a una forastera encargada de hospedar a los viandantes, ¿cree que me podría quedar un par de días? ».

–»Ciertamente, le respondí».

Por dos días consecutivos dormía, comía y rezaba. El tercero, luego de la celebración de la tarde, me contó su vida. El cuarto se abrió y sonriéndome, me dijo: »Ahora soy bastante fuerte para afrontar de modo distinto la vida que me espera…».

Luego de su partida me escribió una carta de su puño y letra, donde me puso al corriente de las decisiones que había tomado al regreso. Había logrado perdonar y esto la ayudaba a perdonarse de haber sido y ser una mujer y una madre imperfecta. Respecto a su depresión, decía haber acudido a un médico, que ella llamaba su ángel de la guarda, en el Departamento de Terapia del Dolor de su ciudad y de haber logrado tirar todas las medicina a la basura el día en que había firmado el acuerdo, el 14 de julio, fecha que incluso se hizo tatuar en sánscrito en el pulso derecho.

»Mi querida Sor Anna» palabras de Elisabetta »pienso que nací con un defecto de fábrica y de tenerlo que cargar hasta la tumba, pero es justo esta imperfección, que tanto he temido y odiado, que me da una fuerza mayor y me hace no envidiar ni desear la vida de ninguno, sino la mía. Se llega al mundo sufriendo, se vive sufriendo, se muere sufriendo: el dolor y el sufrimiento han marcado cada uno de mis pensamientos, cada paso, cada acto desde la infancia. En la casa, la depresión era como el pan de cada día, siempre presente como uno de la familia: imposible no tropezarse. Como te he contado, en mis días oscuros allá abajo, fue diseccionada en todos estos años de diagnósticos, tratamientos y terapias, pero eso no me ha impedido ser feliz, casarme, tener hijos, amigos, una vida social satisfactoria y un trabajo que me hace independiente. Fundamentalmente m considero una persona normal; no es casual que tenga dos pericias psiquiátricas que lo certifican (¿quién entre las personas que conocemos ha hecho aunque sea una que demuestre su normalidad, eh?), pero mi digresión clínica me obliga a mantenerme monitoreada, ¡nunca se sabe! Esta bizarra patología que se experimenta en mil modos, pero que reúne a todos en unas desesperadas ganas de morir, si fuera un animal, sería una araña peluda que aguarda en paciente espera que tú caigas en su telaraña, pero te deja vivir a su modo y cuando piensas haber ganado, te ilude, te ilude, luego regresa. Pero a veces la telaraña es tan estrecha que realmente mueres. Mirando en el diccionario de mi hijo, en el término depresión está escrito: 1. En geografía, territorio que se encuentra abajo del nivel de mar, 2. En meteorología, zona de baja presión atmosférica, 3. En economía, fase de fuerte disminución de la producción y de la ocupación, 4. En medicina, estado de grave abatimiento psíquico, caracterizado por melancolía, pesimismo y desconfianza en sí mismos. Queridísima, perdóname, pero si quieres una definición más seria, la tienes que buscar en el DSM-IV porque ahora no quiero ya hablar de cosas tristes, quisiera contarte del matrimonio de Federica, sabes que me pidió que sea su testigo, ah, ah, me imaginas…».

Con los años, Elisabetta regresó a visitarme, una vez junto con sus dos muchachos, ya mayores de edad, diplomados y llenos de proyectos para su futuro. La enfermedad, que había sido devastadora para todos, les enseñó a ver las diversos matices de la vida, a saber tomar de las desgracias incluso el lado positivo, creciendo humildes, agradecidos y sobre todo orgullosos de su madre, sí diversamente perfecta, pero colma de amor, siempre capaz, no obstante todo, de sorprenderse y sorprender con si innata imaginación.

Siguiendo cursos, seminarios y tratamientos alternativos, Elisabetta ha hecho un grande regalo, además de a sí misma, también a mí: conociéndola y siguiendo junto a ella parte del transcurso de su enfermedad, con la colaboración de su médico, hoy puedo ayudar, con mis simples palabras, a todas aquellas almas atormentadas que vienen aquí arriba pidiendo ayuda para no morir.

Por Chiara Perissinotti Traducción de Rosa María Fajardo @RosaMFajardoG La autora invitada del mes se presenta así: «Como la Rosa de Jericó (o flor del desierto), a veces parezco muerta, pero bastan dos gotas de agua y vuelvo a florecer: en mis cuentos hay siempre un poco de mí, de mi vida, de mis aventuras y desaventuras; me gusta mezclar la realidad con la fantasía. Soy afortunada por poderme releer». Chiara Perissinotti. *Publicado originalmente como «E la chiamarono depressione«, en TRATTOLIBERO. Inpaziente Attesa. Raccolta di racconti, de la colección Quaderno di esercizi. Ed. Trattolibero. 2° edición. Italia. 2013. pp.35-39. Se publica con autorización de la autora.

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