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Zacarías

Zacarías

El cuento «Zacarías» es de autoría de Rosa María Fajardo. Síguela en Twitter: @RosaMFajardoG

En el fondo del jardín, detrás de la vieja casona de Pordenone, junto a un inmenso árbol de fulgurantes magnolias, hay un pequeño pozo antiguo, que llamo el Pozo de los Deseos; aunque hasta entonces no había osado lanzar una moneda, para no correr el riesgo de desprestigiarlo si no me concedía el deseo. Ahí, en el borde de mi pozo, cada domingo, si el clima lo permite, me gusta tomar el café de la mañana. 

Y aquel domingo veintiuno de marzo, a las seis en punto, recibí la fatal noticia de la muerte de un poeta, gran amigo mío, conocido en México y a quien no veía desde hace varios años. Sentí un puñal en el corazón. Salí de la cama y corrí las venecianas para dejar entrar la buena luz del sol. Era ya primavera, pero ese amanecer era frío y con una extraña niebla; igualmente me encontraba ahí, cumpliendo mi ritual. Sentada en el Pozo de los Deseos y envuelta en el perfume de magnolias, bebía lento ese café que me calentaba el alma y me daba sosiego. El cielo amenazaba lluvia, era como si quisiera llorar la muerte del poeta. Soplaba un viento húmedo, percibí el olor a musgo y tierra mojada de la montaña como un bálsamo.

Tomé mi paltó y mi impermeable, aferré una botella de Friulano, el Canzoniere della morte del poeta maldito Salvatore Toma y, derrapando en mi Spider Alfa Romeo, salí rumbo a las montañas. Esa fue mi forma de duelo. Luego de una hora llegué a las imponentes Dolomitas friulanas. Paré en una cascada que había visto muchas veces, pero ahora las aguas estaba furiosas, realmente encabronadas; corrían impetuosas, lamentándose y estrellándose contra las piedras. Me arrodillé en la orilla del río junto a la cascada y escribí el nombre del poeta en la arena oscura. Abrí el Friulano y, de cara a las Dolomitas, mientras leía con voz cristalizada los poemas más dañados, disolutos y descarnados de Toma, bebía el vino directo de la botella, pensando en todos los brindis del mundo y del tiempo no hechos y, ¡anatema sea! Después de una hora los poemas se acabaron, el espíritu del vino se evaporó y yo me fui, dejando ahí su nombre grabado, custodiado por la impetuosidad de las montañas enardecidas que crujían, doliéndose desde sus entrañas.

Entré en el túnel Cellina, que atraviesa las vísceras de la montaña, 3964 metros de oscuridad; y en el auto la voz hombruna de Jim Morrison comenzó a cantar a todo volumen, lo que yo misma me había cuestionado en voz baja y en secreto en su tumba del Père-Lachaise, en la que hace pocos días había estado: «Have you Heard? Have you Heard? Have you Heard? Have you Heard the word?… Under waterfall». En París, sin dudarlo, me di una pronta respuesta: «I’m talkin’ about love! I’m talkin’ about love!»… «Yeah!», imaginé exclamar a Jim. Pero en ese momento dentro del Cellina no encontré más respuesta a la pregunta, y sólo pude completar: «And one morning, you awoke (our love’s in jeopardy)». Entonces volví a hablar con Jim, a contarle de la muerte del poeta. «And one morning, you awoke…», pareció repetir él con voz cavernosa. Se ve que no era lo que Jimbo esperaba saber luego de la «Feast of friends» de París, pues creí oír el eco de su voz decirme: «Girl… I’m really pissed off!».

Luego seguí los caminos hasta el fondo del corazón, mío y de las montañas. Y fue ahí, en la parte más baja y sombría del bosque, por donde apenas se filtran leves rayos de sol entre el ramal, como dagas de luz que, en un sendero tupido de hojarasca, al lado de un manso riachuelo, encontré al misterioso ermitaño. Estaba recolectando hongos en una canasta. Caminaba solitario, como yo, y cuando nuestras miradas se cruzaron quedó inmóvil. El gesto del hombre fue indescriptible, su rostro reflejaba una mezcla de sorpresa y miedo por haber sido descubierto. Y ante tal reacción de desconcierto también yo me paralicé, creí haber visto un gnomo, elfo, espectro, espíritu o fantasma del boque.

Pronto el miedo se disipó pues, con una dulce y serena sonrisa, me ofreció el consueto saludo de la montaña: «Buongiorno, signorina!«, agregando una inusitada pregunta: «¿De dónde viene y a dónde va?». Respondí con otra sonrisa. Nos acercamos titubeantes y nos sentamos a conversar bajo la sombra gentil de los abedules. Hablamos de esto y aquello, un poco de todo y, entre tanto, también a él le conté de la muerte del poeta. La paz y confianza que me trasmitió el ermitaño fueron inmediatas. Era como si lo conociera de toda la vida. Nos hicimos amigos y, desde ese día, algunos domingos regresé a las montañas a buscarlo.

Su nombre es Zacarías. Es un hombre viejo y sabio. Tiene una barba montaraz, larga cabellera indómita, feroces arrugas en los pómulos y manos aladas. Es muy reservado, no permite que lleve a nadie conmigo cuando lo visito. Sé muy pocas cosas sobre su vida, sólo las que él me ha querido contar. A los veinte años salió a recolectar leña que le encargaron sus padres y le dio curiosidad por ver qué había detrás de las montañas. Nunca más regresó a casa. Se convirtió en vagabundo y llegó hasta el mar. Deambuló diez años por la playa de Lignano, dice que seguía los pasos de Ernest Hemingway, quien ahí vivió en los cincuenta. Luego abandonó Italia y se volvió viajero, un trotamundos que vive en otra dimensión. Asegura haber estado con los Dakotas y los Iowa de los Sioux, tiene dos pipas que ellos le regalaron. En su solitaria vida siempre lo ha acompañado un perro, ahora vive con Cherokee, un labrador; en el pasado ha tenido un pastor alemán, un dálmata y otras tantas razas pues, cuando alguno muere, Zacarías va a la perrera y adopta otro.

Cuando lo conocí me hospedó en su cabaña algunos días, fuera del mundo y del tiempo, y así sanó mi herida. Por las noches Zacarías encendía su fogata y me hablaba de «El Gran Espíritu», me curó el alma con sus palabras y sus hierbas. Bebimos y fumamos tabaco alrededor del fuego que danzaba con la noche. Él cantaba en dialecto ertano. Yo miraba la infinita bóveda celeste tatuada de estrellas. Las cenizas y las palabras se elevaban con el viento.

Un Domingo de Pascua fui a las montañas a visitar a Zacarías. Como hombre brujo que es, me sintió llegar; lo encontré cocinando para dos: frico con polenta y hongos, la típica comida del norte de Italia. Le llevé la botella de grappa que a él tanto le gusta. Zacarías a veces habla poco y otras nada, pero dice tanto. Luego de comer brindamos fuera de su cabaña y sucedió algo muy divertido: tan espontáneo como es, sentado en un tronco, forjando un cigarro, de la nada me pidió oír a todo volumen una canción que tuviera en mi “artilugio del diablo”, dijo refiriéndose al celular; la primera que me viniera a la mente, precisó, y le puse con los audífonos ¡Inertiatic ESP de The Mars Volta! Zacarías no perdió la compostura. Soportó estoico hasta el final, sin alterarse su aire místico. Cuando la canción terminó, él, tomando aire, como si hubiera estado más de cuatro minutos en apnea, imprecó: «Boia ladro!«, que significa Verdugo ladrón– frase despreciativa hacia el ejecutor que cobrada por asesinar, empleada para expresar que algo inesperado, que causa estupor, no debió suceder–. Reímos mucho. Luego se fue a tomar su siesta y yo, armada con mi impermeable, me fui a caminar por el bosque, hasta llegar a un área despejada junto a un arroyo, no muy lejos de ahí. Caía una lluvia fina, como de atomizador.

Cuarenta minutos después regresé a la cabaña y Zacarías había ya preparado el café en la moka, corretto con la grappa. Sobre la mesa tenía una antigua caja de lata de galletas Mellin, ¡pero adentro no había galletas!, sino muchas fotografías amarillentas que, una a una, me mostró. Por su expresión nostálgica comprendí que eran algo muy importante y las miré con calma, casi sin pronunciar palabra, porque él no decía mucho y yo tampoco quise preguntar más. Pero creo haber visto a la mujer que amó, porque ella aparece en muchas de las fotos y cuando se lo pregunté con la mirada, los ojos ámbar de Zacarías me dieron la respuesta. Luego de un tiempo infinito en que con el silencio nos dijimos todo, él salió a despedirme y me puso una mano en la cabeza –fue un gesto entre caricia y bendición–. Se quedó ahí parado mientras yo me alejaba. En ese instante comenzó a llover muy fuerte y llegué al auto empapada. Puse Riders on the storm de The Doors y, manejando en la tormenta, tomé la carretera.

Zacarías
Foto-Arte de Cristina Guillén. Instagram: ardillita.gg

Llegué a casa al anochecer. Me dirigí al fondo del jardín y, cerrando los ojos, lancé la primera moneda en el Pozo de los Deseos. Nunca sabré qué tan ciertas son las extraordinarias anécdotas del hombre de la montaña. A veces incluso me preguntó si existe, si es un fantasma del bosque o un piadoso regalo de la imaginación. Pero siempre que regreso luego de haberlo visto, si acaso me asalta la duda, basta que mire mis botas de trekking llenas de fango para saber que acabo de bajar de las Dolomitas y que en verdad estuve ahí, en la guarida del viejo Zacarías.

*Publicado originalmente en Premio Ariadna de Cuento 2019. Ed. Ariadna. México, 2019.  Col. Premios Ariadna. pp 19-24. p. 176. Se publica con autorización de la autora y de la editorial.

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Sobre la autora

Rosa María Fajardo González @RosaMFajardoG Es escritora y periodista. Estudió Ciencias de la Comunicación en la FCPyS de la UNAM, con equivalencia de grado por la Università degli Studi di Trieste en Italia, Máster en Escritura Creativa en la Università degli Studi Suor Orsola Benincasa de Nápoles y Maestría en Literatura y Creación Literaria en la Casa Lamm. Fue catedrática en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, docente en el Tecnológico de Monterrey y correctora de estilo del suplemento Sábado de Unomásuno. En Italia ha sido diseñadora de cursos de capacitación empresarial, profesora de español, traductora e intérprete. Es coautora de la revista I seminatori di storie (2012) y los libros de cuento Anchora spero di meglio (2013) e Impaziente attesa (2013), publicados en Italia con el grupo literario Trattolibero. Ha colaborado en medios mexicanos como Sábado y la revista Generación, y en Italia en la revista literaria Lìnfera y el suplemento cultural INK del periódico universitario Inchiostro. Finalista del Premio Ariadna de Cuento 2018 y 2019 (con mención honorífica en esta última edición).

La imagen principal es de Cristina Guillen: Instagram: ardillita.gg

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