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El proceso alfabetizador

por Sylvia Schmelkes

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La educación es un derecho humano que no prescribe. El Estado mexicano debe garantizar la atención educativa de las personas analfabetas, incluso más allá de la alfabetización, para asegurar la educación básica obligatoria


Los datos

En el año 2010, de acuerdo con el Censo Nacional de Población y Vivienda, existían en México 5.4 millones de analfabetas: el 6.9% de la población de 15 años y más. De esta población, el 61% son mujeres; el 50.3% vive en zonas rurales; y el 27% habla una lengua indígena.

Asimismo, el 64% se encuentra entre las edades de 15 y 64 años, es decir, en edad productiva, si bien sólo el 35% forma parte de la población ocupada. El 46% son personas mayores de 60 años. El 70% no percibe ingresos y el 20% percibe ingresos menores a dos salarios mínimos.

Lo anterior plantea un panorama difícil para un programa de alfabetización, pues es complejo llegar con una oferta educativa significativa, relevante y efectiva a la población que concentra el analfabetismo: adultos mayores; indígenas, mujeres monolingües en proporción importante; y personas que habitan en zonas rurales y muchas veces en comunidades muy dispersas.

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Las metas de la administración actual

A fin de garantizar el derecho a la educación de toda la población, México se ha propuesto llevar a cabo una campaña de alfabetización y de educación básica para la población adulta del país. Además de los 5.4 millones de analfabetas, entre la población de 15 años y más el 10.2% no cuenta con la primaria completa, y el 16.4% no cuenta con la educación secundaria completa. Esto da un total de 31.9 millones de personas de 15 años y más entre quienes no ha sido posible hacer realidad el derecho a la educación básica, dos de cada cinco habitantes del país.

Así, la administración actual, a través del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos, se propone como meta para el año 2018 decretar a México país libre de analfabetismo, alfabetizando a 2.2 millones de personas, a fin de llegar a cifras residuales de analfabetismo (inferiores al 4%) para esa fecha. Esta campaña, que movilizará a un millón de voluntarios, se propone atender a 2.2 millones a fin de que terminen la educación primaria, y a 3.1 millones a fin de que alcancen certificar la secundaria.

Las metas son ambiciosas, sobre todo tomando en cuenta las dificultades de acceder a la población analfabeta con una oferta atractiva, relevante y eficaz. El planteamiento, sin embargo, es adecuado y necesario, y amerita el apoyo de la sociedad en general.

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Lo que sigue pretende ofrecer como síntesis algunos hallazgos de la investigación educativa sobre la alfabetización que deben tomarse en cuenta para hacer de este esfuerzo alfabetizador y educativo un esfuerzo exitoso.

La calidad como condición

Para que sea efectiva una campaña de alfabetización y de educación básica como la que se está proponiendo, es necesario ante todo asegurar su calidad, pues ésta se convierte en condición incluso para el logro cuantitativo de las metas.

Una de las características de la calidad del trabajo educativo con poblaciones adultas es que éstas puedan vincular la educación que reciben con una mejora en su calidad de vida, es decir, con la satisfacción de necesidades básicas y de necesidades superiores a las básicas: la salud, la nutrición, y el acceso al agua, al vestido y a la vivienda son ejemplos de las necesidades básicas cuya satisfacción debiera verse mejorada mediante al acceso a la educación. La educación también deberá mostrar su capacidad de mejorar la satisfacción de necesidades económicas, sociales, ambientales y comunitarias. Estos son los propósitos instrumentales de la educación de adultos.

Los propósitos, sin embargo, no son sólo instrumentales. La alfabetización y la educación básica tendrían que poder impactar en el desarrollo integral de sus educandos: el fortalecimiento del sentido de pertenencia a una cultura; el aumento de la autoestima y el afianzamiento de la identidad; la posibilidad de visualizar y planear el futuro; la expansión de los horizontes y de las posibilidades de elegir son, entre muchos otros, resultados constatados y esperables de la actividad educativa.

Todo lo anterior depende de la capacidad que se tenga de ofrecer una alfabetización, en su concepción ampliada, de calidad.

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La concepción ampliada de la alfabetización

En un mundo letrado como en que actualmente vivimos resulta difícil mejorar la calidad de vida, desde cualquier perspectiva cultural, es necesario ser alfabeta en sentido amplio. La alfabetización no es un código, sino una función.

Alfabetizar significa introducir la función de la alfabetización, hacerla funcional al entorno, mostrar su capacidad de responder a necesidades comunicativas diversas; alfabetizar no es enseñar a descifrar un código.

La concepción ampliada de la alfabetización incluye no solamente el dominio de la lengua escrita, sino también de las cuatro operaciones matemáticas; el alfabetismo tecnológico; el dominio de la lengua propia y de la de la sociedad más amplia, en el caso de poblaciones indígenas; y la adquisición de las habilidades necesarias para seguir aprendiendo a lo largo de la vida.

Desde esta perspectiva, la alfabetización no es dicotómica, sino que representa un continuo, al mismo tiempo que una diversificación de sus ámbitos de aplicación. La alfabetización es el inicio de la educación letrada a lo largo de la vida, sin que exista entre ella y lo que le sigue una ruptura de continuidad.

El alfabetismo no se consolida sin la posibilidad de prolongar la experiencia educativa hacia los propósitos propios de la educación básica. De ahí el acierto de no limitar una campaña a la mera alfabetización, sino de vincular este primer paso con la posibilidad de la continuidad educativa. La alfabetización solamente puede mantenerse mediante su uso continuado, por eso ha de vincularse con las prácticas sociales de la lengua escrita, así como desarrollar la necesidad social de la práctica de la lengua escrita donde ésta no esté presente.

Lo anterior tiene relación con la relevancia de los procesos de alfabetización. Los adultos deben poder relacionar lo que están aprendiendo con lo que ya sabían, así como con su vida cotidiana.

La importancia del ambiente letrado

Las campañas de alfabetización han sido objeto de estudio en varias latitudes, y en muchos casos se ha podido constatar su fracaso. Las dificultades de muchas de las campañas emprendidas en la historia para mantener la motivación de los adultos durante el proceso de alfabetización y, más adelante, para asegurar que se conserven las habilidades adquiridas cuando el ambiente que no demanda el uso de las mismas no ha sido modificado explican este fracaso, y el analfabetismo funcional como consecuencia.

Para evitar el riesgo del analfabetismo funcional es conveniente privilegiar la actividad alfabetizadora en los sitios en donde están ocurriendo o pueden ocurrir procesos de modificación del ambiente que supongan la presencia de exigencias sociales sobre el uso de la lengua escrita. Procesos de urbanización; de expansión del empleo; de modernización agrícola; de mejoramiento de las condiciones de vida; o de participación ciudadana son los ambientes especialmente privilegiados para despertar y mantener la motivación de los adultos por alfabetizarse y para asegurar las demandas de uso continuo e intenso de las habilidades adquiridas. Letrar los ambientes es otro requisito para evitar el riesgo del analfabetismo por desuso, lo que se vuelve especialmente importante en zonas rurales que están más desprovistos de prácticas sociales que exigen el uso de la lengua escrita.

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Esto significa acompañar las actividades de alfabetización con las oportunidades de continuidad educativa, pero también con la producción de material escrito como libros, periódicos, revistas y otros portadores de texto relevantes a la realidad de los entornos específicos.

Valoración necesaria de los adultos

Los alfabetizadores requieren partir de la convicción de la valía de los adultos con los cuales trabajan. Estos adultos saben muchas cosas, son personas cultas, que han sido capaces de sobrevivir a pesar de la ausencia de dominio de la lengua escrita. No pueden ser tratados como niños, sino como personas capaces de participar en las decisiones acerca del propio proceso alfabetizador.

Las relaciones respetuosas entre los estudiantes y entre el agente alfabetizador son esenciales para asegurar la motivación y para promover la autoestima. Los alfabetizadores deben estar convencidos de la capacidad de sus estudiantes de aprender y de ayudar a aprender a otros.

Diversidad de los adultos

Las personas analfabetas y las que no cuentan con la educación básica concluida son sumamente diversas. Las hay jóvenes y mayores, hombres y mujeres, habitantes del medio rural y del medio urbano, indígenas y no indígenas. Viven en contextos con diferentes condiciones y exigencias. Un mismo modelo educativo, contenidos iguales y procedimientos uniformes no funcionarán ante esta diversidad.

Es necesario reconocer dicha diversidad y atenderla, en el entendido de que una educación relevante, que es la única que puede ofrecer condiciones de éxito, sólo lo será en la medida en que el proceso educativo tenga la capacidad de diversificarse también y de adaptarse a las diferentes exigencias y condiciones de los grupos de jóvenes y adultos que se desea atender.

Alfabetización de adultos indígenas

Las personas se alfabetizan mejor en la lengua que dominan. La alfabetización de la población indígena debe ser en su propia lengua, como de hecho se está planteando en la campaña que ahora inicia, para después propiciar la transferencia de estas habilidades al español.

También se hace necesario letrar los ambientes bilingües con portadores de texto bilingües como tarea paralela a la alfabetización.

El proceso alfabetizador con adultos indígenas debe de contribuir a fortalecer las lenguas y las culturas que hacen que México sea un país cultural y lingüísticamente diverso.

Colofón

La reforma educativa recientemente emprendida reconoce que al Estado le corresponde asegurar el derecho de todas y todos a una educación de calidad. En el entendido de que este derecho no prescribe, el número aún alarmante de personas jóvenes y adultas que no han podido a la fecha ejercer este derecho debe también tener la oportunidad de hacerlo desde la actividad que desempeña y en los contextos en los que se desenvuelve.

La campaña que se lanza en estos días tanto de alfabetización como de educación básica destinada a la población joven y adulta es la forma de concretar la voluntad de extender esta necesaria oportunidad a todos los mexicanos.

La sociedad también habrá de verse beneficiada a través de una educación de calidad proporcionada a los adultos, pues de ella depende un aumento de las capacidades ciudadanas; del capital social; de la empleabilidad; de la convivencia respetuosa; junto con una mayor permeabilidad social.

Sylvia Schmelkes
Consejera Presidenta del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación. Es Socióloga, con Maestría en Investigación y Desarrollo Educativo por la Universidad Iberoamericana. Ha publicado más de 150 trabajos, entre libros y artículos, sobre los temas de calidad de la educación, educación de adultos, formación en valores y educación intercultural. Es Investigadora Nacional nivel III.

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