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Dafne y Apolo

Dafne y Apolo

Una propuesta de interpretación

En la Teogonía, Hesíodo presenta a Eros como hijo de Afrodita y de Ares. La primera, es junto con Atenea, la única diosa del Olimpo que nació siendo adulta. Atenea fue extraída por Zeus de su propio cerebro. La segunda nació de la espuma marina que brotaba de los genitales de Urano, arrojados al mar por Cronos, el padre de Zeus.

En una de las versiones del mito, Afrodita fue entregada en matrimonio a Hermes por orden de Zeus; pero aquel era un dios feo, cojo; Afrodita, en cambio, sentía una pasión irrefrenada por Ares, por su violencia y por su audacia guerrera. Así, del amorío de Afrodita y Ares, nació Eros, pero también de esa unión nacieron los gemelos Terror y Miedo.Este es el antecedente que permite pensar en el mito de Dafne y Apolo.

En el Libro Primero de La Metamorfosis de Ovidio, obra escrita según el propio autor para narrar “las transformaciones de los cuerpos en nuevas formas”, se incluye el mito de Dafne y Apolo. Dafne es una ninfa, hija de Peneo, nombre de un Río cuyas aguas llegaban directamente a las aguas Estigias, pero también considerado, en la mitología romana, como el dios de los afluentes y los ríos.

Narra Ovidio que durante una cacería, Apolo, el poderoso dios del arco y la flecha, intentó humillar a Eros, diciéndole que el manejo del arco no era propio de un niño como él, sino de los valientes y fuertes. En efecto, narra Ovidio que, después de haber dado muerte a la enorme serpiente, Apolo se comportó orgulloso ante Cupido (nombre romano dado a Eros).

Dice Ovidio: “Orgulloso de su victoria sobre la serpiente, en el momento en que el otro (Cupido) doblaba los extremos de su arco tirando de la cuerda, le dijo: ‘¿Qué tienes tú que ver, niño retozón, con las armas de los valientes? ’ Llevar esa carga me cuadra a mí, que sé dirigir golpes infalibles a una fiera o a un enemigo, que hace poco he tenido por tierra, hinchada de mis innumerables flechas, a Pitón, la alimaña que con su vientre venenoso oprimía tantas yugadas de tierra”[1].

En venganza por esta humillación, Eros prometió vengarse, y le dijo a Apolo: “Aunque tu arco atraviese todo lo demás, el mío te va a atravesar a ti, y en la misma medida en que todos los animales son inferiores a la divinidad, otro tanto es menor tu gloria a la mía”[2].

La venganza de Eros se cumplió: lanzó dos flechas, una, con punta de oro, que tenía el efecto de provocar el amor a quien hería. La otra, con punta de plomo, que tenía el efecto completamente contrario, es decir, provocaba la imposibilidad de tener deseo y sentimientos amorosos.

Al respecto, es interesante observar que, en su narración sobre la creación del mundo, Ovidio sostiene que hubo varias etapas. La más elevada y perfecta era precisamente la de oro; mientras que, a partir de ella, el mundo entró en un proceso de degeneración (en esto nos recuerda a Platón), siguiendo las etapas de plata y bronce, para llegar finalmente a la era la del “duro hierro”, en la cual lo más vil y perverso se despliega sobre el mundo: la guerra y la violencia, como fuente de ellos.

En esto es importante volver al punto inicial, pues Eros es hijo de Afrodita y de Ares, y es preciso decir también que la persecución de Apolo a Dafne se da en la era de los engaños, las traiciones y la guerra. Dice de ella Ovidio: “La piedad yace derrotada, y la Virgen Astrea (la Justicia) ha abandonado, la última en hacerlo, esta tierra empapada en sangre”.

Herido por las flechas de Eros, Apolo se dedica afanosamente a buscar a Dafne, quien bajo el influjo de la flecha con punta plúmbea, no solo rechaza el amor del dios, sino el de todo aquel que la pretendía, llegando a suplicar a su padre, Peneo, dejarle ser virgen y mantenerse en castidad por siempre.

Desesperado por la indiferencia de Dafne, Apolo se dedica a perseguirla, literalmente corre incansable detrás de ella por el bosque, hasta que Dafne, exhausta y desesperada le ruega a su padre convertirla en algo distinto a lo que es, para que al fin cese la persecución; terminado su ruego, de inmediato comenzó su metamorfosis.

Dice Ovidio: “Apenas acabó su plegaria cuando un pesado entorpecimiento se apodera de sus miembros; sus suaves formas van siendo envueltas por una delgada corteza, sus cabellos transformándose en hojas, en ramas sus brazos; sus pies un momento antes tan veloces, quedan inmovilizados en raíces fijas; una arbórea capa posee el lugar de sus cabellos, su esplendente belleza es lo único que de ella queda”[3].

En griego, Dafne significa Laurel, y en eso queda convertida, en un árbol sagrado de Apolo, quien, luego de tal transformación, resignado llora y exclama, en palabras de Ovidio: “Está bien, puesto que ya no puedes ser mi esposa, al menos serás mi árbol, siempre te tendrán mi cabellera, mi cítara, mi aljaba; tu acompañarás a los caudillos alegres cuando alegre voz entone el Triunfo y visiten el Capitolio los largos desfiles. También tú te erguirás ante la puerta de la mansión de Augusto, como guardián fedelísimo, protegiendo la corona de encina situada entre ambos quicios; y del mismo modo que mi cabeza permanece siempre juvenil con su cabellera intacta, lleva tú también perpetuamente el ornamento de las hojas[4].

Respecto a este canto de Apolo también es preciso recordar que en la narración de Ovidio, en la “era de oro” solo había una estación y el mundo vivía en una primavera eterna. Así, no es de extrañar que el autor piense en el Laurel como un árbol consagrado a la divinidad apolínea, la cual estaba directamente relacionada con la posibilidad de victoria en la guerra.

De ahí que los generales y emperadores fuesen honrados con coronas de laurel, un árbol perenne que nunca deja de producir hojas, y en el cual se simboliza la posibilidad del retorno a una era dorada.

Respecto de Dafne, hay que considerar, siguiendo la línea de interpretación de los mitos que propone René Girard[5], que se trata de una víctima por partida doble: es elegida al azar por Erospara ser flechada con la punta de bronce, convirtiendo a su belleza en la razón de su propia fatalidad, y, por el otro, la convierte además en el objeto del deseo de Apolo, quien de manera inevitable busca poseerla.

Dafne termina convertida en árbol para evitar la persecución carnal de Apolo, y, desde una perspectiva contemporánea, podría ser vista como una de las incontables víctimas propiciatorias de la violencia erótica ejercida históricamente en contra de las mujeres. Es de hacerse notar, al respecto, que en un primer momento la súplica de Apolo se da vía el intento de la seducción por las palabras, pero al fallar y al no poder evitar el impulso erótico, Apolo se da a la tarea de perseguir a Dafne.

En este mito se cifra una de las primeras metamorfosis narradas por Ovidio. No es casual que se dé como resultado de la tensión entre el amor y la discordia, tesis del origen del mundo planteada siglos atrás por Empédocles, quien le atribuía precisamente a Cipris (Afrodita) el origen de la unidad del mundo, y a la discordia (engendrada fundamentalmente por Ares), la división y la fragmentación de la realidad, cuando esta se presenta.

En efecto, para Empédocles todo surge de esa permanente tensión, hija del amor y la guerra, del deseo y la violencia, de las apariciones de Eros y de los otros hijos malditos de aquella pareja olímpica: Terror y Miedo. En Ovidio, la primera metamorfosis de la carne hacia la materia inerte se da así: en la inexplicable tensión entre el amor y el desamor (entendida como ausencia total del mismo).

La hibris se apodera del enamorado, y la indiferencia total lo hace de quien es condenada a nunca amar. Es en esa agonística en la que Ovidio parece cifrar su idea del mundo y los cambios que sobre él ocurren: el amor es dador de vida, pero también generador de muerte; es impulso y es quietud perpetua; es deseo y rechazo; es conservación y transformación. Es virtud y condena.

No es de extrañar por eso que el Soneto XII de Garcilaso de la Vega comience justo en el momento de la metamorfosis:

“A Dafne ya los brazos le crecían
y en luengos ramos vueltos se mostraban;
en verdes hojas vi que se tornaban
los cabellos qu’el oro escurecían;

Y más adelante, en el primer terceto del soneto:

Aquel que fue la causa de tal daño,
a fuerza de llorar, crecer hacía
este árbol, que con lágrimas regaba.

En estos versos, Garcilaso invoca precisamente la contradicción de la tragedia de Dafne: quien la ama, “la causa de tal daño”, es quien provoca su transmutación y, de algún modo, también su fin.

Esto es relevante porque el título de Ovidio no deja lugar a dudas: La Metamorfosis no solo es un cambio de forma en el sentido de la apariencia externa, sino que literalmente implica tornar de una cosa a otra; es la variación de las funciones y género de vida, es dejar de ser lo que se es para convertirse en otra cosa, que no necesariamente podría percibirse “en germen” en el estado original.

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Dafne es transmutada de ninfa a árbol, no por voluntad propia, sino obligada por el asedio, que termina en llanto, de Apolo. Se trata, parafraseando el bello título de Bataille, de un doloroso caso de Las lágrimas de Eros.

Cabe decir que en ello radica la sutil, pero radical, diferencia de la estructura del soneto de Elena Martín Vivaldi: aun cuando los dos están referidos a la tragedia de Dafne, en el poema de Martín Vivaldi la escritura se encuentra en primera persona, porque en este caso la denuncia es implícita: se trata de un canto que narra el drama de la transmutación desde la visión del yo. Y en ello va, al parecer, un reclamo ético ante la injusticia del destino de Dafne.


[1] Ovidio, Metamorfosis, Libro Primero, Gredos, España, 2016, p. 21.

[2] Ídem.

[3] Íbidem, p. 24

[4] Íbidem, p. 25

[5] Como referencia véase: Girard, René, La violencia y lo sagrado, Anagrama, España, 2009.

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