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Tele, teléfono y telera

por Israel Banegas

En años recientes se ha incorporado al debate sobre el desarrollo la idea de que el crecimiento de las clases medias de un país no solamente traerá consigo un ciclo virtuoso de crecimiento económico, sino que también será un mecanismo para mantener la estabilidad política; sin embargo, antes de dar por cierta esta afirmación es necesario explicitar los supuestos que están detrás de lo que se entiende por clases medias y cómo está insertado este concepto en un esquema más amplio de estratificación social


Estabilidad política y clases medias

Un primer referente proviene de la explicación funcionalista del surgimiento de las clases medias en las sociedades industrializadas. En un contexto de modernización y avances tecnológicos, en la “época de oro del capitalismo”, se asoció el crecimiento de las clases medias con el crecimiento económico, el bienestar de los trabajadores y con una menor polarización social. La expansión de las clases medias por medio de la modernización y el crecimiento económico debería traer consigo una menor conflictividad social y una mayor estabilidad política al activarse dos mecanismos que implicaban mayor bienestar. A medida que se requería de más puestos técnicos y calificados, se creaban nuevos estratos con mejores recompensas (Benza 2012). Mientras que, por el lado de la asignación de individuos a las ocupaciones, la masificación de la educación se veía como el factor más importante para lograr una mayor movilidad social. Bajo la ideología del liberalismo clásico, las desigualdades existentes serían entonces sólo producto del mérito individual (Amable 2011).

Esta argumentación es retomada en la actualidad como una agenda política, donde se acentúan los efectos positivos de su crecimiento en términos económicos, sociales y políticos (Stiglitz 2012). En este sentido, se le atribuye un papel como motor de la economía, ya que privilegian el ahorro y la inversión en capital humano, como factor en la cohesión social y de estabilidad política. El acceso generalizado a productos de consumo coadyuva al «desvanecimiento» de las clases sociales.

Sin embargo, el discurso sobre las virtudes de convertirse en «país de clase media» proviene de un trasfondo político e histórico particular donde se buscaba neutralizar la idea marxista de la lucha de clases. Ahora, en pos de apoyar la agenda política que busca justificar el modelo neoliberal, se comete una simplificación histórica que no toma en cuenta la concentración de bienes (plata, prestigio y poder), y los obstáculos institucionalizados para acceder a las posiciones más recompensadas.

Sin entrar en el aún vigente debate sobre el supuesto crecimiento de las clases medias en América Latina y en particular en México, al referirnos a la clase media desde una perspectiva unidimensional (sea el ingreso o el consumo) se deja de lado un grupo de factores importantes que estructuran a la sociedad. Esta concepción de las clases medias no puede ser trasladada sin más a sociedades post-industriales y economías en desarrollo. La misma promoción de las pautas de consumo de las clases medias en sociedades con poca movilidad social puede traducirse en una mayor polarización social e inestabilidad política. Máxime cuando esto sucede en contextos donde el crecimiento económico es poco sostenido y sus beneficios no tienden a distribuirse equitativamente.

Lo que entenderemos como clase media, como concepto, importa en la medida que podemos identificar qué se incluye y qué queda fuera de este. Al definir clase media debemos preguntarnos cómo este ejercicio académico es entendido por los individuos. Es decir, si los individuos se identifican como clase media, si están consientes de su pertenencia y si actúan en conjunto en beneficio de su clase.

Creer que el crecimiento de las clases medias tendrá un efecto de estabilidad política es no tomar en cuenta las diferencias que existen entre el concepto de clase con el concepto de estatus. El concepto de estatus aporta a la discusión una mirada a la sociedad que se visualiza como una comunidad: individuos con un estilo de vida similar y que interactúan entre ellos como iguales; más que como un agregado de individuos con una situación similar de mercado.

Más allá de los mensajes mercadotécnicos que nos invitan a «comprar para pertenecer» a la clase «exitosa», la creación de comunidad y pertenencia a un grupo es mucho más compleja. De ahí que en el debate sobre las virtudes que pueda tener el crecimiento de la clase media faltaría agregar al análisis el papel que jugaría en la creación de un sentido de comunidad en los miembros de ésta, la pertenencia o adscripción de otros grupos sociales, sea la adscripción de grupos étnicos, como la adscripción de los nuevos grupos de jóvenes que comparten gustos y pautas culturales particulares.

Los traslapes entre estatus y clase pueden llevar a mayor estrés y radicalización política. Las inconsistencias entre logros y estatus llevan a que los individuos se ubiquen como destituidos del sistema y apoyen movimientos que alteren el status quo político. Es decir, se debe estudiar la premisa de si realmente estamos experimentando la construcción de un grupo homogéneo de individuos con valores y actitudes compartidas que sean más propensos a buscar el cambio por medio de las vías institucionales, o si la forma actual de estratificación y de la desigualdad en la asignación de bienes en la sociedad podría ser la madera que prenda movimientos radicales, como han discutido varios autores (Stiglitz 2012, Grusky 2001, Lipset 1959, Lenski 1954).

En la sociedad hay más en juego que la distribución de bienes económicos. A lo largo de la historia, la distribución de lo que la sociedad considera valioso va cambiando. Si bien la distribución de bienes económicos es muy importante en la ecuación, debe considerarse también cómo se distribuye el poder, el prestigio, los bienes culturales y los mecanismos que asignan a los individuos en estratos con recompensas diferenciadas.

Qué tan desacopladas están las prácticas de consumo del concepto de clase ha sido estudiado desde hace treinta años en los estudios de estratificación social (Davis 1982). Definir la clase media, privilegiando sólo el acceso a bienes de consumo, como proxy de un mayor ingreso, tiene como supuesto que el resto de lo que la sociedad identifica como valioso será distribuido de la misma manera. Es decir, que a mayores ingresos, mayor poder tendrán las clases medias para cambiar los arreglos institucionales que les afectan o que atentan contra su calidad de vida. Sin embargo, cabría preguntarse si un mayor acceso a artículos de consumo acerca más a la sociedad, en términos de valores y aspiraciones, al diputado plurinominal que en el Congreso aboga por los intereses del grupo económico que representa.

Hablar de clases medias es perder de vista las formas disfuncionales de la estratificación social. Es necesario hacer la distinción entre la distribución de recompensas sociales y la distribución de oportunidades para asegurar esas recompensas. De ahí que es necesario incorporar a la discusión cómo entiende la sociedad los acuerdos implícitos y explícitos de movilidad social.

Que las desigualdades sean «tolerables» por la sociedad requiere de un cierto entendido, un contrato social, de que existen mecanismos basados en el mérito personal para poder acceder a estratos con mayores recompensas. La explicación funcionalista de la desigualdad requería de cierta movilidad social para que el sistema siguiera asignando a los más capaces en los estratos con mayores recompensas. Sin embargo, la mayor crítica a esta visión señalaba que si estos mecanismos de movilidad son obstaculizados o acaparados no es posible justificar las desigualdades existentes. En un sistema de estratificación rígido es difícil sostener el argumento de que exista una «necesaria» desigualdad que coadyuva a la innovación y al esfuerzo personal (Grusky 2001: 13).

Un mayor acceso al consumo no implica que haya mayor movilidad social. Se argumenta que una mayor igualdad en una de las dimensiones que estructuran el sistema de estratificación −en este caso el consumo− traerá consigo mayor movilidad en la estructura social. Sin embargo, la gente quiere algo más que una televisión y un celular. En un sistema tan desigual como el nuestro, donde existen pocas posibilidades de movilidad, el estrés social y psicológico es tal que se generan aspiraciones que son frustradas y llevan a comportamientos lejanos de la pregonada estabilidad política (Wilkinson y Pickett 2009). Baste como ejemplo recordar los saqueos de ropa de marca y electrodomésticos en ciudades como Los Ángeles o Londres por miembros de la sociedad que, a pesar de su nivel de consumo, se sienten destituidos.

¿Cómo se han transformado las desigualdades y cómo se crean nuevas?

A medida que la sociedad avanza hacia una “sociedad de la información” (Bell [1973], 1994) se crean nuevas formas de propiedad y de capacidades. ¿Quién controla la información en nuestros días? Los bienes que la sociedad considera valiosos van cambiando, mas no la persistencia de las desigualdades. La información como bien valioso desplaza, en parte, al capital económico (leído estrechamente como capacidad de consumo). ¿Quién controla lo que ahora ven en sus nuevas televisiones las “nuevas y crecientes clases medias”?

Argumentar que el crecimiento de las clases medias traerá estabilidad política es una agenda política que requiere ser problematizada. Es necesario estudiar qué está en juego en la sociedad y cuáles son los nuevos bienes y valores que se distribuyen. Más importante aún, se debe estudiar cómo se identifican los individuos dentro de la sociedad para poder aseverar si la igualación en las pautas de consumo hará que la comunidad actúe en pos de sus intereses de grupo por una propuesta política que les asegure “estabilidad”. Ver en la estandarización de gustos y acceso a productos de consumo como el elemento principal que cohesionará a la sociedad hacia una mayor estabilidad política es hacer a un lado el complejo entramado de las desigualdades sociales, legitimando irreflexivamente un sistema de estratificación que dista de ser justo y equitativo.•

Referencias:

I. Amable, Bruno (2011), Morals and politics in the ideology of neo-liberalism, Socio-Economic Review 9, 3–30

II. Benza, G. (2012). Estructura de clases y movilidad intergeneracional en Buenos Aires: ¿el fin de una sociedad de “amplias clases medias”? (Tesis Doctorado), El Colegio de México, México D.F.

III. Bell, Daniel (1994), El advenimiento de la sociedad post-industrial : un intento de prognosis social, Madrid, Alianza Editorial.

IV. Davis, James (1982) «Achievement variables and class cultures: family, schooling, jobs, and forty-nine dependent variables in the cumulative GSS», American Sociological Review, vol 47, pp. 569-586.

V. Grusky, David B. (2008) «The Contours of Social Stratification.» Pp. 3-35 en: Social stratification class, race, and gender in sociological perspective, editado por D. B. Grusky (2ª. Ed.). Boulder, Colo: Westview Press.

VI. Lenski, Gerhard (1954) «Status cristallization: A non-vertical dimension of social status», American Sociological Review, vol. 19, pp. 405-413.

VII. Lipset, Seymour (1959), Political Man: The social basis of politics, Baltimore, John Hopkins University Press.

VIII. Stiglitz, Joseph (2012), The price of inequality, Nueva York, W.W. Norton & Co.

IX. Wilkinson, Richard y Kate Pickett (2009), Desigualdad: Un análisis de la (in)felicidad colectiva, Turner Publicaciones, Madrid.

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